Afganistán: los retazos de las guerras

Por: Víctor de Currea-Lugo
@DeCurreaLugo Fotos: AFP

Crónica

Un recorrido por un pueblo legendario del que hemos recibido apenas pinceladas a través de medios occidentales. Afganistán apareció en el vocabulario de muchos en 2001, después del 9/11, pero ¿qué hay más allá de los titulares?

Afganistán apareció en el vocabulario de muchos en 2001, asociado con los talibán (que significa “estudiantes islámicos” en pastún), con el burka (que aquí le llaman “chaderí”) y con el terrorismo. Hace 18 años, Al-Qaeda atacó a Estados Unidos, los talibán eran gobierno en Afganistán y protectores de Al-Qaeda. Estados Unidos y sus aliados ocuparon el país destruyendo parte de lo poco que quedaba después de 22 años de conflicto entre la ocupación soviética, los “señores de la guerra” y el control talibán.

Por fin aterrizamos en Afganistán, que significa “la tierra de los pastún”, su etnia más numerosa. En 1919 salieron de aquí derrotados los ingleses, en 1989 los soviéticos y en 2014 saldrán los estadounidenses sin haber controlado el país. Algunas cosas no han cambiado en los últimos años: la pobreza, la discriminación contra las mujeres, la muerte de civiles. A pesar de esto, hay, sorprendentemente, espacio para el optimismo.

Niños afganos juegan fútbol en el cementerio Kart-e-Sakhi en Kabul el 30 de diciembre de 2018. / Foto: Wakil Kohsar / AFP

Dice un refrán local que Afganistán fue hecho con lo que quedó de los demás países y tiene razón: es un retazo de pastunes, hazaras, tayicos, uzbekos y otras tribus. Allí pudimos hablar con Mohamad Hussein, delegado de la minoría hazara. Más que hablar de tribus o etnias, los afganos definen sus comunidades, literalmente, como naciones.

Durante el período talibán los hazara fueron duramente perseguidos. Muchos de ellos huyeron a Pakistán. Hoy se sienten seguros. Los hazara apoyan la negociación entre el gobierno y los talibán pues como víctimas que fueron saben muy bien el precio de la guerra.

Tienen un partido político, pero su forma de entender la política –como las otras naciones afganas– es a través de cuotas de poder para su comunidad. Por eso aspiran que su líder, Halil, entre a los círculos de poder en las elecciones de 2014, sin que importe mucho quien gane.

Las agendas de las naciones se imponen sobre la idea de una agenda nacional. Por eso el presidente Karzai ha tenido éxito en dar cuotas de poder a líderes tribales y regionales, lo que favorece la unidad pero pospone la idea de ciudadanía en aras de un clientelismo tribal.

No entender la cultura local ha sido un gran error de ingleses, soviéticos y estadounidenses. La rabia hacia Estados Unidos está asociada, además del asesinato de civiles, del allanamiento de hogares en las noches, que los afganos perciben como una terrible ofensa a su intimidad, y un gran irrespeto a su cultura. Se sienten, literalmente, violados.

Los talibán

Para la mayoría de entrevistados (políticos, abogados, periodistas) los talibán no podrían existir sin el apoyo que tienen desde Pakistán. Los talibán, en su mayoría pastunes, sacan provecho del poder de esta comunidad a ambos lados de la frontera, pues los de Pakistán se sienten responsables por el futuro de Afganistán. También es una constante decir, sin mucho argumento, que detrás de los talibán “está Estados Unidos”.

En algunas zonas los talibán se nutren de cobrar “impuesto” a los transportadores y de “vender seguridad a las pocas empresas locales”, pero la principal fuente de recursos es la misma que para buena parte del mundo rural: el cultivo de amapola. En 2006 el opio representaba 53% del PIB.

El gobierno controla Kabul, pero más allá de ciertas áreas, los talibán controlan todo. “En 2002, en la ruta Kabul-Khandahar no había controles, ahora ellos controlan toda la ruta” nos decía un líder de una organización juvenil que habló de varias “clases de talibán”.

Un político de Kabul nos decía “acabar con los talibán significaría borrar una parte del país y eso no lo queremos”. Los afganos me insisten en distinguir entre los talibán y Al-Qaeda, aunque aceptan que hay zonas donde se unen para combatir al gobierno.

Los talibán son tan diversos que en Helmand patrullan junto con el ejército afgano. En muchas zonas imparten justicia, en otras cultivan opio. Para otros, los talibán son el caballo de Troya pakistaní en Afganistán. La respuesta sobre qué piensan los afganos de los talibán cambia según a quien se le pregunte y en qué zona del país.

Las viudas de la guerra

En las afueras de Kabul nos recibe Azisa, una mujer de 30 años. En 2007, ella vivía con su familia en Badajshán, cuando los talibán atacaron su poblado. Su esposo de 34 años fue asesinado y “su cuerpo estuvo tres días abandonado a la intemperie”.

Después de aquel ataque, ella huyó a Kabul, embarazada y con sus dos hijos mayores. Trabajó en lo que pudo: limpiando casas, pidiendo limosna, lavando ropa ajena. La suerte mejoró cuando conoció a Zulima, una profesora que buscaba ayuda con las tareas de la casa a cambio de un cuarto y comida. En ese cuarto, viven hoy los cuatro, acomodados en no más de veinte metros.

Azisa solo sonrió una vez como reflejo a la risa de su hija, luego bajó la mirada y retomó su dolor. Sus hijos parecieran imitar ese rostro recio. Dos de ellos van a la escuela gracias a la ayuda de Zulima. En medio del diálogo, llega su salvadora.

Zulima es mucho más jovial, dedicada a su gran pasión, la enseñanza. En la época de control talibán “tuvo una escuela clandestina, pues era prohibido enseñar a las niñas”. En los años noventa enviudó: su esposo murió por un rocket en Kabul. Ella empezó su vida de cabeza de familia haciendo tapetes con una organización de caridad. Ahora trabaja con 350 estudiantes, la mitad mujeres.

En 2005, había un registro de 1,5 millones de huérfanos y un millón de viudas por la guerra. Zulima era una de ellas, Azisa enviudó después. ¿Qué tienen diferente a otras viudas de otras guerras? Tal vez nada. El dolor es algo universal.

Las dos mujeres nos ofrecen té. No saben mucho de los temas políticos, poco les importa el acuerdo de seguridad que negocia el presidente Karzai con Estados Unidos, ni los alcances de la propuesta de paz entre el gobierno y los talibán. Pero saben que sus maridos están muertos, que hoy es viernes y pueden descansar un poco antes de ir a la mezquita a rezar.

Un vendedor de frutas afgano empuja su carrito a lo largo de un camino cerca de la Mezquita Eid Gah en Kabul el 6 de enero de 2019. /Foto: Shakib Rahmani / AFP.

Las drogas

Afganistán produce el 90% del opio mundial. “El negocio no depende de Khandahar ni de Helmand (dos regiones del sur de Afganistán) sino de los agentes internacionales. Las ganancias son para ellos”, me dice un joven político afgano, que luego acepta que sin cultivos ilegales muchas familias no podrían sobrevivir.

A finales de los años noventa, los grandes erradicadores de la amapola fueron los talibán, pero “en el gobierno de Karzai hay permisividad con el negocio”, dice el mismo político. Cuando la ofensiva de 2001 cortó el flujo entre el dinero de Al-Qaeda y los talibán, éstos optaron pragmáticamente por meterse de lleno al negocio. Otro entrevistado afirma que “si un campesino de Helmand no puede producir ni vender otras cosa, ¿qué podemos esperar que haga?”.

El problema no es sólo la exportación. Hay un mercado interno que crece en un país con pocos sueños y con mucha población joven desempleada. Se calcula que hay más de un millón de drogadictos. Otro hombre nos dice que “los desplazados desesperados encuentran consuelo en las drogas”.

En 2013 se dio la mayor cosecha de opio en Afganistán. En Nangarhar se pasó en el último año de 3.000 a 16.000 hectáreas. Según el coronel jefe del departamento de investigaciones criminales, Sayed Mohamad Aqa “la policía no cuenta con personal experimentado, que nos permita siquiera hacerle frente al problema de las drogas”. En Herat el Azafrán fue un cultivo alternativo que floreció porque tenía un mercado internacional.

“Tomar el futuro en nuestras manos”

Es difícil ser mujer en Afganistán pero más aún haberlo sido en el pasado, sin que esto sea un consuelo. Ser mujer aquí es doloroso: violencia sexual asociada a la guerra, prácticas discriminatorias asociadas a la cultura, matrimonios forzados hasta de niñas, rechazo social a las víctimas, crímenes de honor, etc.

Durante los años noventa no pudieron ir a la escuela, estuvieron confinadas a sus casas y no podían salir sin el burka ni acompañadas de un familiar. La educación de niñas desapareció. Por eso ver un colegio femenino, con todas las deficiencias que tenga, es un logro.

La profesora Fatimá Mahmudí nos recibe en su oficina. Nos cuenta que su mayor reto es que “las familias permitan a las niñas venir a estudiar”. La gente muy vieja, explica, no entiende la importancia del conocimiento, del saber, han sobrevivido sin saber leer ni escribir, y no lo ven como una necesidad. Para muchos viejos “una mujer se casa y no le sirve para nada lo que estudió”. Lo que más recalca de las niñas de la escuela es su pasión por aprender, sus sueños de ser médicas o profesoras.

Al salir de hablar con la profesora, nos topamos con dos niñas de 14 años, Shiomui y Azma, que nacieron bajo el régimen talibán. Accedieron a hablar con nosotros y no hizo falta traductor. Con una excelente gramática inglesa respondieron fluídamente. Shiomui afirma que estudian porque “queremos tomar el futuro en nuestras manos”. Para Azma, que empezó usando la expresión “derechos de la mujer” nos dice que “no estudiar es ser como un árbol que no produce frutos”. La profesora nos despide diciendo: “puedo ver ya un poco de nuestro futuro en las caras de ellas”.

A más de dos horas de Kabul, capital de Afganistán, con dirección a Pakistán, queda la ciudad fronteriza de Jalalabad. Los niños de mi guía no querían viajar conmigo porque, para ellos, todos los extranjeros son americanos y todos tienen armas, pero cuando me vieron creyeron que era uzbeko.

Jalalabad está llena de comercio, legal e ilegal y está en la zona oriente del país donde más se cultiva amapola y representa un paso para mercancías y personas desde y hacia Pakistán. Es la ciudad más próxima de Tora-Bora, la zona donde los talibán resistieron a finales de 2001 el embate de Estados Unidos. Lugareños, como Sharif Alí, recuerdan con mucho dolor la situación de los civiles durante esa batalla.

Entre 2001 y 2004 casi no hubo actividad talibán, pero la falta de políticas sociales y los excesos estadounidenses garantizaron el renacer talibán. No estaban muertos, estaban entrenando. Un pastún local me dice que el error de Estados Unidos fue “haber apoyado a los señores de la guerra y no a la gente”.

El opio marca la economía de la región, tanto por ser fronteriza como por ser una de las más productoras de opio del oriente del país. Un local me decía que “Afganistán es un país agrícola sin agricultura”. Sólo el 12% de la tierra es cultivable y en 2007 sólo 0,2% de la tierra tenía cultivos permanentes.

En el mercado local conviven las fotos de Nayib, presidente impuesto por la Unión Soviética; Masud, el gran héroe contra los soviéticos, y Karzai, el presidente impuesto por Estados Unidos. El día de nuestra visita hubo dos ataques suicidas: uno hacia la frontera y el otro en el centro de la ciudad.

El doctor Mohamed Azim nos recibió en su modesta oficina del departamento de salud pública del “Hospital de Urgencias Ibni Sina”. Estamos en un hospital universitario de alto nivel, pero sus pasillos oscuros, sus habitaciones precarias y su falta de equipos demuestra que trabajan con las uñas.

En comparación con la época talibán hay dos diferencias: más equipos y más acceso para las mujeres. De hecho el doctor Azim luce una blusa médica con la bandera de Corea, señal de que “la salud depende más de la cooperación internacional que del gobierno”. Ahora las mujeres pueden ir fuera de casa sin compañía y eso les permite llegar a los hospitales, pero ese no es el único problema que tienen.

A pesar de que en los últimos años los logros para mostrar son en materia de salud y educación, el médico no tiene fe en el futuro. Como si supiera el tango, nos recita: “aquí cualquiera es un doctor: aquí la proliferación de facultades privadas de medicina está sacando médicos ineptos”. Como médico no ve futuro, no ve capacidades locales. El 20% de los niños mueren antes de cumplir los cinco años, lo que significa una de las peores tasas de mortalidad infantil del mundo.

Como ciudadano es igual de pesimista, nos dice que Estados Unidos, Pakistán, Europa, “todos ellos quieren imponer su agenda a Afganistán y nuestro gobierno es débil”. Visitamos el servicio de urgencias y los consultorios donde los afganos pacientemente esperan ser atendidos. “Ahora hay medicamentos, pero no siempre hay dinero para comprarlos” nos dice un paciente en urgencias.

Para el 70% de los afganos, el desempleo y la pobreza son las mayores causas del conflicto. Para otros, lo importante es que ahora hay más de 100 medios de comunicación, 8.000 kilómetros de carreteras asfaltadas, y cientos de centros educativos para niñas. La futura construcción de un oleoducto entre Turmekistán y Pakistán aumenta la esperanza. Para otros, la seguridad y el empleo siguen siendo lo más importante y, precisamente, lo que no tienen. El número de desplazados y refugiados se mantiene.

La corrupción es un asunto del que todos hablan pero a nadie juzgan. Un político de Kabul me decía “todos están untados, sin excepción. Desde el presidente hasta todas las autoridades judiciales”. El mismo coronel contaba las presiones que recibe “de arriba” y de los líderes de las etnias sobre las investigaciones en curso.

Ser periodista en un país donde tres de cada cuatro no sabe leer ni escribir es arar en el mar, “pero vale la pena el esfuerzo por esos pocos” nos dice el librero Ahmad Shah Wahdat. En la época talibán había solo una estación de radio y un periódico: Sharía (que significa: ley islámica). La persecución a la prensa en todo caso persiste, mediante amenazas telefónicas y presiones en Kabul, mediante ataques directos en las zonas rurales. Acceder a fuentes fiables es muy difícil. Las autoridades son muy paranoicas.

Las elecciones de 2014 son un aire de esperanza para muchos, pero la cultura política existente, basada en lealtades de etnias, solo permitirá reacomodos del poder sin grandes cambios. De hecho, uno de los grandes candidatos es el hermano del presidente.

En un ataque de pragmatismo económico temen caer bajo el control de algún país vecino o no poder sobrevivir sin los dólares que les llegan, los muertos poco cuentan a la hora de hacer cuentas. Hay dos agendas en pugna: las de las naciones dentro de Afganistán y la de los países que hacen presencia a través de sus ejércitos, a la que se suma la de sus vecinos.

Afganistán se queda allí, estancado en su guerra. Según la ONU, han aumentado un 23% las víctimas civiles, en comparación con 2012. El cierre progresivo de bases militares de las fuerzas extranjeras se ha visto acompañado de un aumento de las acciones militares. Los actores armados no son sólo los talibán, incluyen desde milicias locales y tribales, hasta grupos paramilitares, pasando por: la Red Taqqani, el Partido del Islam, el Movimiento Islámico de Uzbekistán, la Unión de la Jihad Islámica, y otros grupos que siguen en armas.

Atrás quedan los cientos de carteles con la cara de Masud, el héroe nacional que luchó contra los soviéticos y contra los talibán. Atrás quedan las embajadas convertidas en búnkeres y los mendigos que muestran sus prótesis. Atrás el hotel que, sin exagerar, tenía más seguridad que algunas cárceles. Finalmente no supe si son optimistas por convicción o por necesidad.

Atrás queda el gobierno de Karzai, que hace equilibrio entre sus lealtades cruzadas con los líderes locales (incluyendo señores de la guerra y talibán) y con Estados Unidos. Atrás las montañas que rodean Kabul habitadas por pobres y desplazados. Atrás las filas de jóvenes varones frente a los consulados pidiendo una visa para huir.

Allí queda el miedo de que con la salida de Estados Unidos el país pierda inversiones. Recientemente han hallado petróleo y gas, pero no hay capacidad local para extraerlo ni ganas extranjeras de arriesgar. Cocinar y calentarse en el invierno depende de la madera. Estados Unidos invadió un país en quiebra y ahora quiere irse como si nada. Un afgano me decía en un restaurante “aquí no hay ocupación, mire que los americanos viven encerrados, no salen de sus cuarteles, no controlan nada”.

Un profesor definía a Afganistán como “el lugar vacío” y tiene razón si nos atenemos a que dos tercios de sus montañas no tienen casi nada de vegetación. Pero, como diría el poeta sobre Ítaca: Afganistán me brindó un hermoso viaje. Sin él no habría emprendido el camino. Si no tiene nada que ofrecerme, no me ha engañado. Con esta experiencia, creo haber entendido qué significa Afganistán.



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