Música

En la década de los 60, los oídos de todo un continente estuvieron dispuestos a la voz de Mercedes Sosa. Hoy, todavía, seguimos cantando sus canciones como plegarias.

El 9 de julio de 1935, el sol alumbró más fuerte que de costumbre. La mañana se abría paso y con ella latía un nuevo corazón, el de Haydée Mercedes Sosa. En medio de un hogar lleno de carencias, aprendió que donde hay música y comida, se construye una familia porque nada perdura tanto en el tiempo como lo que se convierte en canción.

Esa lección, acompañada de los sueños de un futuro más suave con los suyos forjó gran parte de su carácter: una mujer decididamente dulce. Tucumán, la provincia más pequeña de Argentina, la vio crecer y expandir los límites del lugar y de su voz. Con los años y la juventud, se avivó el fuego que Mercedes Sosa traía en la garganta y solo pudo tomar forma cuando supo qué decir, al convertir su voz en un reclamo de dignidad y libertad.

“Cantora antes que cantante, porque cantante es el que puede cantar y cantor el que debe hacerlo”, es la frase con la que rompía el primer silencio de un escenario o la respuesta a la incógnita ¿quién es Mercedes Sosa? A pesar de la timidez que la acompañó desde la adolescencia, encontró en la música una forma de habitar el mundo y de contribuir, desde su orilla, al reclamo de una vida justa.

Los sesenta fueron la época definitiva para su proyecto musical que se convertiría en el espíritu de una generación de artistas. A través del Movimiento del Nuevo Cancionero, diferentes artistas defendieron el folklore y reclamaron un lugar de respeto en la cultura del país. Junto a Armando Tejada Gómez, Manuel Oscar Matus y Tito Francia propusieron dejar de exotizar estas músicas y llevarlas a la cotidianidad.

Paralelo a esa puesta en comunidad, Sosa publicó Canciones con fundamento, su primer álbum. Luego de esto, todos los oídos del continente parecían abiertos a su voz, dispuestos a parar y subir el volumen para escucharla. Algo resonaba en los oyentes que coreaban y se secaban lágrimas en todos los conciertos de “La Negra”, como fue nombrada.

Con el tiempo, Mercedes Sosa fue haciendo de su corazón una pluma y de sus palabras, un rayo. Cada frase de sus canciones era más precisa -y preciosa- que la anterior. Todas parecían merecer un lugar privilegiado en las listas y en la memoria de ciudadanos atravesados por la injusticia y la guerra, no solo en Argentina, sino a lo largo de Latinoamérica.

Ese eco se convirtió en amenaza y su verdad convertida en canción, fue la sentencia de su exilio. Llegaron los años 70 lejos de casa y ese sentimiento de ausencia, desarraigo y pena quedó registrado en Serenata para la tierra de uno, publicado en 1979. La Guerra aún no terminaba, aunque permanecía agónica. En el 82, Sosa regresó a su tierra y el dolor de saber que cientos de jóvenes perdían la vida en Malvinas, la llevó a convertir su voz en un aliento, una luz de esperanza que se encendía con canciones como La Maza, Solo le pido a Dios, Zamba para olvidar y algunas canciones de sus amigos como Violeta Parra y Silvio Rodríguez.


Canción actual
Title
Artist