“Vi: Una mujer minúscula”, de Kim Thúy

Por: Kim Thúy
@HJCKradio Cortesía: Impedimenta

Lanzamiento

Esta es una novela sobre la vida de una mujer joven que nació en un antiquísimo Vietnam, en rotunda transformación, y que creció en un Occidente de emigrantes atados a tabúes y contradicciones sin fin. Editada por Impedimenta presentamos un adelanto de la reciente obra de Kim Thúy,

 

 

Mekong | C uu long | nueve dragones

Tenía ocho años cuando la casa se sumió en el silencio. Bajo el pequeño ventilador colocado en la pared blanco marfil del comedor había un gran cartón de color rojo vivo que soportaba el peso de trescientas sesenta y cinco hojas. Cada hoja indicaba el año, el mes, el día de la semana y dos fechas: una según el calendario solar y otra según el calendario lunar. Desde que fui capaz de encaramarme a una silla se me reservó el placer de arrancar una hoja al despertar. Era la guardiana del tiempo. Dicho privilegio me fue arrebatado cuando mis hermanos mayores, Long y Locc, cumplieron diecisiete años. A partir del día de su cumpleaños, que no celebramos, mi madre lloraba cada mañana delante del calendario. Me daba la impresión de que se desgarraba al mismo tiempo que arrancaba la hoja del día. El tictac del reloj, que normalmente nos arrullaba a la hora de la siesta, sonaba de repente como una bomba de relojería. Yo era la pequeñita, la única hermana de mis tres hermanos mayores, a la que todo el mundo protegía como a las preciadas botellas de perfume tras las vitrinas. Aunque por edad se me mantenía al margen de las preocupaciones familiares, sabía que los dos mayores tendrían que marcharse al campo de batalla el día en que cumplieran dieciocho años. Podían mandarlos a Camboya a combatir contra Pol Pot o a la frontera con China: los dos destinos les reservaban la misma suerte, la misma muerte.

Hanói | Hànnôi | río interior

Mi abuelo paterno se había licenciado en la Facultad de Derecho de la Universidad de Hanói en calidad de «indígena». Francia se ocupaba de la instrucción de sus súbditos, pero no otorgaba el mismo valor a los títulos obtenidos en las colonias. Quizá tuviese razón, ya que la realidad de la vida en Indochina no tenía nada en común con la francesa. Por el contrario, las exigencias escolares y las preguntas de los exámenes eran las mismas. Mi abuelo nos repetía a menudo que tras la etapa de los exámenes escritos había una serie de pruebas orales para obtener el bachillerato. Para la clase de idioma tenía que traducir delante de sus profesores un poema vietnamita al francés, y otro en sentido inverso. También había que resolver oralmente los problemas de matemáticas. La prueba definitiva era enfrentarse, sin perder la sangre fría, a la hostilidad de quienes decidirían su futuro. La intransigencia de los profesores no sorprendía a los estudiantes, ya que la jerarquía social colocaba a los intelectuales en la cúspide de la pirámide. Ejercían de sabios y ostentaban toda la vida el título de «profesores» respecto a los alumnos. Era impensable poner en cuestión sus palabras porque tenían en sus manos la verdad universal.  Por eso mi abuelo nunca protestaba cuando sus docentes le asignaban un nombre francés. Sus padres, bien por falta de conocimientos o como acto de resistencia, no le habían puesto ninguno. Así pues, en las clases tenía un nombre nuevo cada año, con cada profesor. Henri Lê Va˘n An, Philippe Lê Van An, Pascal Lê Van An… De entre todos esos nombres, conservó Antoine y transformó «Lê Van An» en apellido.

 

Saigón | Sài Gòn | ciudad del bosque, árbol de algodón

De regreso a Saigón con su título en mano, mi abuelo paterno se convirtió en juez prestigioso y riquísimo terrateniente. Expresaba el orgullo de haber creado a la vez un imperio y una reputación envidiables repitiendo su nombre en cada uno de sus hijos: Thérèse Lê Van An, Jeanne Lê Van An, Marie Lê Van An… y mi padre, Jean Lê Van An. Al contrario que yo, mi padre era el único niño en una familia que tenía seis hijas. Como yo, mi padre llegó el último, cuando ya nadie esperaba al portaestandarte. Su nacimiento transformó la vida de mi abuela, que hasta entonces tuvo que sufrir a diario los comentarios de las malas lenguas sobre su incapacidad para engendrar un heredero. Se había visto dividida entre el deseo de ser la única mujer de su marido y el deber de elegir una segunda esposa. Afortunadamente para ella, su marido era de los que habían adoptado el modelo monógamo francés. O quizá simplemente estuviese enamorado de mi abuela, mujer famosa en toda la Cochinchina por su belleza y su voluptuosidad. Cái Bè | haz, ramillete de tallos

Mi abuela paterna se cruzó con mi abuelo una mañana, a primera hora, en el mercado flotante de Cái Bè, barrio mitad terrestre mitad acuático que se extiende sobre uno de los brazos del Mekong. Desde 1732, los mercaderes transportan cada día sus cosechas de frutas y verduras hasta ese lugar del delta para venderlas a los mayoristas. De lejos, el color de la madera se mezcla con el marrón del agua arcillosa para dar la impresión de que los melones, las piñas, los pomelos, las coles y las calabazas flotan por sí mismas hasta los hombres que esperan en el muelle desde el alba para poder atraparlos al vuelo. Aun hoy en día, trasportan las frutas y las verduras a mano, como si se les confiasen las cosechas, no como si las estuviesen vendiendo. Mi abuela, de pie sobre el muelle del ferry, se hallaba hipnotizada por aquellos gestos repetitivos y sincronizados cuando mi abuelo se fijó en ella. Primero lo deslumbró el sol, luego aquella joven de curvas particularmente pronunciadas; los pliegues del vestido vietnamita no hacían más que realzarlas, dado que no tolera ningún exceso en los gestos y, sobre todo, ninguna indiscreción en las intenciones. Los corchetes que bordean el costado derecho mantienen el vestido abrochado sin llegar a cerrarlo del todo. De este modo, un único movimiento amplio o brusco provoca que la túnica se abra por completo. Por esta razón, las colegialas debían llevar una camisola debajo, para evitar las indecencias accidentales. Sin embargo, nada puede impedir que los dos largos faldones del vestido respondan al soplo del viento y atrapen los corazones que no ofrecen suficiente resistencia al imperio de la belleza. Mi abuelo cayó en la trampa. Cegado por el movimiento suave y errático de los faldones del vestido, le confió a su compañero que no se marcharía de Cái Bè sin aquella mujer. Tuvo que humillar a otra joven que le habían prometido y alejarse de sus mayores antes de poder tocar las manos de mi abuela. Algunos creían que se había enamorado de aquellos ojos almendrados de largas pestañas; otros, de aquellos labios carnosos; y muchos estaban convencidos de que eran aquellas rotundas caderas las que lo habían seducido. Nadie se fijó en los afilados dedos que sujetaban un cuaderno de notas contra el pecho, salvo mi abuelo, que los describió durante decenios. Siguió evocándolos mucho tiempo después de que el envejecimiento de la piel hubiese transformado aquellos dedos finos y lisos en un mito fabuloso o en un cuento de enamorados.



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