Literatura

Conozca las obras finalistas del Premio Biblioteca de Narrativa Colombiana, libros de Piedad Bonnett, William Ospina y Juan Gabriel Vásquez.

Luego de que este jueves la Universidad EAFIT anunciara los tres libros finalistas del Premio Biblioteca de Narrativa Colombiana: Donde nadie me espere, de Piedad Bonnett; Guayacanal, de William Ospina, y Canciones para el incendio, de Juan Gabriel Vásquez, compartimos fragmentos y una breve sinopsis de cada obra.

El martes 28 de enero, durante el Hay Festival en Medellín, se conocerá el ganador de este premio, que entregan EAFIT, Caracol Televisión y Grupo Familia. Lea también: No coma cuento: los libros siguen exentos de IVA tras reforma tributaria

Para conocer más detalles del premio y un breve análisis de cada obra, entrevistamos al escritor Héctor Abad Faciolince, gestor del reconocimiento:

 

Donde nadie me espere – Piedad Bonnett

Precio: $47.000

Editorial: Alfaguara

Sinopsis:

Gabriel ha renunciado a la normalidad de la vida para perderse en una dolorosa búsqueda de su lugar en el mundo. A sus treintaiún años inicia esta narración en la que vuelve sobre sus pasos para intentar descifrar cómo ha llegado a convertirse en el hombre que es ahora.

Con una prosa tan hermosa como desgarradora, en esta novela Piedad Bonnett nos habla de la soledad, la angustia y la posibilidad de redención de un hombre que cae hasta tocar fondo.

Fragmento:

1

Cuando sentí que alguien me daba golpecitos en el hombro, abrí los ojos. Debía tenerlos llenos de miedo o de hostilidad o de rabia, porque el hombre que estaba en cuclillas se echó bruscamente hacia atrás, levantó su mano como para defenderse y luego se irguió. Mi mirada registró borrosamente un par de zapatos gastados y se ancló en ellos por un momento mientras mi cabeza llamaba desesperadamente a la conciencia. Traté de recordar dónde estaba, sintiendo que venían poco a poco a mis oídos los sonidos del mundo: primero el alboroto de la calle, el ruido de pasos y motores, el sonsonete de la lambada de un carro que retrocedía y luego el ronroneo de mi pecho, su silbido, su cascabeleo de culebra. Allí estaban otra vez, como prueba de que seguía vivo, el dolor en el tobillo, la tirantez de la piel del empeine, la cabeza embotada, la palpitación del ojo.

Mi mirada trepó con dificultad y se detuvo en los botones desproporcionados de un suéter beige. Entonces putié en voz baja: tal vez me había quedado dormido en la puerta de algún tendero que no demoraría en darme una patada en las costillas. Volví a cerrar los ojos, pero enseguida los abrí sobresaltado, seguro de que finalmente habían dado conmigo. Traté de sentarme, aterrado, sintiendo que cientos de agujas se me clavaban en las axilas, pero no pude moverme: yo era un muñeco de tela que habían rellenado de plomo. Fue entonces cuando oí mi nombre. Una, dos veces, mi lejanísimo nombre. Otro dentro de mí levantó la cabeza, se incorporó lentamente sobre el codo derecho. La luz acuosa de la mañana me hizo cerrar los ojos. El hombre del suéter beige volvió a acuclillarse y se presentó a sí mismo, en voz muy baja, como si le hablara a un enfermo grave, a un moribundo, cosa que de alguna forma yo era.

Aurelio.

Una burbuja enorme estalló en mi cerebro. Aurelio.

Sentí deseos de huir, de pegar, de salir gritando malparidos todos déjenme en paz. Pero no hice nada de eso. Me senté, afiebrado, tiritando como un convaleciente de tifo, y como tratando de protegerme del frío abracé mis rodillas y, con la cabeza baja, permanecí en silencio.

¿Aurelio?

Levántate y anda. Eso decía la voz, aunque no de ese modo.

Oí que me preguntaba si estaba bien. ¿Cómo contesté a esa pregunta estúpida? ¿Acaso riéndome a carcajadas o con la ironía de un hombre humillado? ¿Me deshice en maldiciones, escupí? No. Pero por primera vez me atreví a mirar a aquel hombre a los ojos. Había en ellos una mezcla de conmiseración, de bondad y de espanto. Oí que me invitaba a tomar un café. Su voz sonaba tembleque y tenía la respiración agitada. Quise contestar algo, pero mi lengua, seca y pesada, se resistía. Trastabillé al querer levantarme y caí una, dos veces. Aurelio no me ayudó a incorporarme.

Una vez en pie lo seguí como un perro, arrastrando mi pie adolorido, todavía con la visión un poco borrosa. Nos acercamos a la terraza de una cafetería. El mesero llegó dispuesto a espantarme de allí, pero Aurelio lo detuvo con un gesto, mientras corría una silla para que yo me sentara. Sin preguntarme qué quería pidió dos cafés. El mesero me lanzó una mirada desdeñosa, dio media vuelta y se fue. Aurelio lo llamó de nuevo y añadió: y tráiganos dos pandeyucas.

 

Guayacanal – William Ospina

Precio: $49.000

Editorial: Literatura Random House

Sinopsis:

En Guayacanal -el nombre de la finca de su familia, en torno a la cual ocurría la vida-, William Ospina cuenta la historia de sus bisabuelos, de sus abuelos y de Padua y sus contornos, el lugar en el que nació y donde pasó una infancia feliz y embrujadora que, comprueba él, nunca lo ha abandonado.

Con una prosa envolvente y cercana, sencilla y poética al mismo tiempo, conduce al lector, con la arbitrariedad con la que ocurren la vida y la memoria, del presente al pasado y del pasado al presente una y otra vez, y de los parajes de su niñez que en la actualidad recorre con nostalgia y emoción se va a un pasado múltiple: a la Conquista, a la Colonia y, sobre todo, a la primera mitad del siglo XX, cuando sus antepasados se asentaron en la zona y fueron testigos y protagonistas del nacimiento de un mundo maravilloso y complejo, que supo mantenerse al margen de una violencia que, por desgracia, al final llegó.

Fragmento:

1

La tarde en que volvimos de la selva de Florencia fue una sorpresa descubrir que esas montañas del oriente de Caldas todavía hoy son un inmenso manantial. La carretera que va de Samaná a Marquetalia está llena de pasos difíciles: hay cascadas, arroyos, chorros de agua que brotan de los barrancos, el agua es tanta que rompe el pavimento y ablanda la tierra. Por entre ese sonido de cascadas viajamos hacia el sur; en ciertos pasos tuvimos que bajarnos del automóvil para que el chasís no se rompiera contra las piedras, y yo pensaba en mis bisabuelos, que hicieron a lomo de mula ese mismo trayecto hace ciento treinta años, cruzando tierras casi impenetrables, guaduales inmensos por donde había que abrirse camino con hachas y machetes, cuando toda la cordillera Central era una sola selva, y la selva de Florencia era en realidad la selva de Colombia.

El país ha cambiado mucho en este siglo largo, y por eso es tan raro sentir que ciertos tramos del camino están intactos. Verlos me ayuda a entender los trabajos de esos bisabuelos que no alcancé a conocer, de quienes solo sé lo que dijeron sus hijos y sus nietos.

“Por aquí pasaron ellos”, le dije a Mario, que fue el que más insistió en que hiciéramos ese camino. “Lo importante es que después de visitar la selva de Florencia volvamos por la ruta de Samaná a Marquetalia, hasta Manzanares y Petaqueros”, me propuso días antes por teléfono desde su casa de Ginebra, en el Valle del Cauca.

Mario estaba vivo de milagro: a mediados de diciembre un síncope lo derribó junto a la ventana donde mira a los pájaros carpinteros hacer sus nidos en los troncos secos de las palmas, y cuando Darío y Calveto lo recogieron pensaron que estaba muerto, en la oscuridad antes del amanecer. Pasó dos semanas en el hospital de Palmira, mientras se indagaba si la causa del síncope era un episodio cerebral irreversible.

“La luz está más débil”, le dijo en la clínica del Valle del Lili Pastor Olaya, su cardiólogo, y no se refería al atardecer, que ya se borraba tras los farallones de Cali, sino al espesor de sus arterias. Eso había sido varios años antes del síncope, y cuando llegué a visitarlo el 24 de diciembre, su cumpleaños, advertido por Darío de la gravedad de la situación, lo vi de tal manera postrado por la fatiga y por la angustia, que temí que la luz se iba apagando.

Pero algo fuerte vino en su ayuda. Después de unos días tensos, los exámenes revelaron que no había ningún episodio cerebral: el síncope se debió a una crisis de azúcar. En pocos días empezó a recuperarse, y eso en el caso de Mario se mide por excesos. Si siente un poco de fuerza gasta el doble, si le prohíben las harinas empieza a sentir un deseo irresistible, si le recomiendan estar quieto no para de alimentar a los perros, que tienen cada uno su nombre y sus costumbres, a los gatos, que cumplen cada uno una función precisa en el mundo, a las gallinas, que están llenas de rituales y reverencias, a la gallineta, que oficia en los prados como una divinidad extranjera, y al pato recién nacido, que apareció un día como extraviado de su bandada verde y al cabo de un mes no solo estaba más grande que los gatos que lo acechaban al llegar, sino que había tomado posesión de la piscina, donde se comportaba como amo absoluto.

Y si le recomiendan estar sereno habla el día entero con medio país: con los muchachos del Catatumbo, que están sobreviviendo a todas las violencias, con los de Medellín, que discuten de filosofía y de política en las barriadas turbulentas, con Iván en Samaná, para enterarse de las actividades en la selva, con Fernando Tobón, que trabaja con los campesinos del Cocora y del volcán Machín, con los de Tumaco, con los de Buenaventura, con los de El Doncello, con María Elvira, que hoy está en Buenos Aires, mañana en La Habana y pasado mañana en Berlín, con Franco Vincenti, que está mediando en los conflictos de Nicaragua en nombre del Vaticano, y por supuesto conmigo, porque no solo tenemos línea directa entre el cañón de las Hermosas, a cuyos pies está la casa de Ginebra, y mi apartamento en la sabana, sino un debate permanente sobre todos los temas, incluida la actualidad de este país que tanto se le parece, que sin dejar de ser el mismo cada día cambia como el clima, que hoy agoniza y mañana se ilusiona, igual a ese personaje del Tuerto López que dice hace cien años:

Por la mañana tengo hipocondría

y por la noche bailo el rigodón.

Cuando Mario me propuso esa ruta, le dije otra vez que para mí era inútil intentar ir a Manzanares. “Ya te lo he dicho: llevo medio siglo tratando de ir a Manzanares y el plan siempre fracasa. Esta vez tampoco se podrá, algo va a pasar que lo impida”.

Era verdad. Manzanares queda a media hora de Guayacanal, la tierra de mis bisabuelos; todos en la familia no solo estuvieron allí cientos de veces, sino que hasta a pie iban desde la otra vertiente del río Guarinó. Cuántas veces no oí de niño a mi padre, a mi abuelo, a mis tíos, hablando del viaje a Manzanares: iban y venían sin tregua. Yo, en cambio, nunca pude. La primera vez el río se había llevado el puente, la segunda vez era un derrumbe en los pasos altos de la cordillera, la tercera, tengo el recuerdo nítido, íbamos a caballo, por alguna razón los mayores pararon a comer en una fonda y se encontraron con gentes que venían de otra parte, jinetes del otro lado del río, la reunión se alargó, cuando menos pensé estaban…

 

Canciones para el incendio – Juan Gabriel Vásquez

Precio: $47.000

Editorial: Alfaguara

Sinopsis.

Una fotógrafa comprende algo que hubiera preferido no comprender. Un veterano de la guerra de Corea se enfrenta a su pasado durante un encuentro que parecía inofensivo. Tras el hallazgo por internet de un libro de 1887, un escritor acaba descubriendo la vida de una mujer apasionante.

Los personajes de Canciones para el incendio son hombres y mujeres tocados por la violencia, de cerca o de lejos, de manera directa o sólo tangencial, cuyas vidas cambian para siempre por un encuentro fortuito o por la acción de fuerzas incomprensibles.

Fragmento:

I

Siempre he querido escribir la historia que me contó la fotógrafa, pero no hubiera podido hacerlo sin su permiso o su connivencia: las historias de los otros son territorio inviolable, o así me ha parecido siempre, porque muy a menudo hay en ellas algo que define o informa una vida, y robarlas para escribirlas es mucho peor que revelar un secreto. Ahora, por razones que no importan, ella me ha permitido esa usurpación, y sólo ha pedido a cambio que yo cuente la historia tal como ella me la contó esa noche: sin retoques, sin adornos, sin fuegos artificiales, pero también sin artificiales sordinas. «Comience donde comienzo yo», me dijo. «Comience con mi llegada al hato, cuando vi a la mujer.» Y eso me dispongo a hacer aquí, y lo haré con plena conciencia de que soy la forma que ella ha encontrado de ver su historia contada por otro y así entender, o tratar de entender, algo que se le ha escapado siempre.

La fotógrafa tenía un nombre largo y largos eran sus apellidos, pero todos le decían Jota. Se había convertido con los años en una suerte de leyenda, una de esas personas de las que se saben cosas: que siempre vestía de negro; que no se tomaría un aguardiente ni para salvar la vida. Se sabía que hablaba sin prisas con la gente antes de sacar la cámara del morral, y más de una vez los periodistas escribieron sus crónicas con el material de lo que ella recordaba, no con lo que ellos habían logrado averiguar; se sabía que los otros fotógrafos la seguían o la espiaban, creyendo que no se daba cuenta, y solían pararse detrás de ella en el intento vano de ver lo que ella veía. Había fotografiado la violencia con más asiduidad (y también con más empatía) que ningún otro reportero gráfico, y suyas eran las imágenes más desgarradoras de nuestra guerra: la de la iglesia destrozada por un cilindro de gas de la guerrilla entre cuyos escombros sin techo llora una anciana; la del brazo de una joven con las iniciales, marcadas a cuchillo y ya cicatrizadas, del grupo paramilitar que había asesinado a su hijo en su presencia. Ahora las cosas eran distintas en ciertas zonas afortunadas: la violencia estaba en retirada y la gente volvía a conocer algo parecido a la tranquilidad. A Jota le gustaba visitar esos lugares cuando podía: para descansar, para huir de su rutina o simplemente para ser testigo de primera mano de aquellas transformaciones que en otros tiempos habrían parecido ilusorias.

Así fue como llegó al hato Las Palmas. El hato era lo que había sobrevivido de las noventa mil hectáreas que alguna vez pertenecieron a sus anfitriones. Los Galán nunca habían salido de los Llanos ni tenían proyectos de rehacer la casa vieja, y vivían satisfechos allí, moviéndose descalzos por el suelo de tierra sin espantar a las gallinas. Jota los conocía porque había visitado la misma casa veinte años atrás. Por entonces, los Galán le habían alquilado la habitación de una de sus hijas, que ya se habían ido a estudiar Agronomía a Bogotá, y desde la ventana Jota veía el espejo de agua, que era como llamaban a un río de unos cien metros de ancho, tan tranquilo que más parecía una laguna; los chigüiros cruzaban el río sin que la corriente los desviara, y en medio del agua se asomaba a veces, flotando inmóvil, una babilla aburrida.

Ahora, en esta segunda visita, Jota no dormiría en esa habitación llena de cosas ajenas, sino en la cómoda neutralidad de un cuarto de huéspedes con dos camas y una mesita de noche entre ellas. (Pero ella sólo usaría una, y hasta le costó escoger cuál). Todo lo demás seguía igual que antes: ahí estaban los chigüiros y las babillas, y el agua tranquila, cuya quietud se había agravado por la sequía. Sobre todo, ahí estaba la gente: porque los Galán, tal vez por su renuencia a salir del hato más que para comprar insumos, se las habían ingeniado para que el mundo viniera a ellos. Su mesa, un tablón enorme al lado de la cocina de carbón, estaba invariablemente llena de gente de todas partes, visitantes de los hatos vecinos o de Yopal, amigos de sus hijas con o sin ellas, zoólogos o veterinarios o ganaderos que venían a hablar de sus problemas. Así era también esta vez. La gente manejaba dos o tres horas para venir a ver a los Galán; Jota había manejado siete, y lo había hecho con gusto, tomándose el tiempo de descansar cuando ponía gasolina, abriendo las ventanas de su campero viejo para disfrutar los cambios de olor de la carretera. Algunos lugares tenían cierto magnetismo, acaso injustificado (es decir, hecho con nuestras mitologías y nuestras supersticiones). Para Jota, Las Palmas era uno de ellos. Y esto buscaba: unos cuantos días de quietud entre pájaros con pico de cuchara e iguanas que bajaban de los árboles para comer mangos caídos, en un lugar que en otros tiempos había sido territorio de violencias.

De manera que allí estaba la noche de su llegada, comiendo carne con troncos de plátano debajo de un tubo de luz blanca y sentada junto a una docena de desconocidos que, visiblemente, eran desconocidos también entre ellos. Estaba hablando de cualquier cosa —de cómo esta zona se había pacificado, de cómo ya no había extorsiones y era raro que se robaran el ganado— cuando oyó el saludo de una mujer…


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