Literatura

En febrero de 1951 se publicó esta novela, considerada la obra cumbre de la escritora francesa de origen belga, Marguerite Yourcenar y una de las ficciones literarias más influyentes del mundo contemporáneo.

Hace 70 años, la escritora belga Marguerite Yourcenar publicó «Memorias de Adriano», una larga y reflexiva epístola escrita por este emperador romano a su nieto, Marco, que se nutre de la más insoslayable naturaleza del alma de un hombre solo que ahora hecho un anciano, empieza a percibir el perfil de su muerte y mira con nostalgia las proezas y desventuras de su inmóvil pasado. Una vez publicada en febrero de 1951, la novela acabó consagrándose como una obra maestra y dicho sea de paso, convirtió a Yourcenar como una de las letras más influyentes en la literatura contemporánea del último siglo.

Aunque Marguerite inició sus primeros manuscritos hacia 1924, con apenas 25 años de edad, acabaría destruyéndolos tiempo después y prácticamente dejando el proyecto suspendido en el tiempo durante una década, hasta que en 1934 volvió a emprender sus largas investigaciones con las que habría de nutrir los nuevos capítulos. Sin embargo, pese a que la obra había sido concebida originalmente como una serie de diálogos que constituían una ambición de Yourcenar por escuchar todas las voces del tiempo, acabaría por hacer de Adriano un hombre que se encuentra frente a su vida mientras nosotros somos los espectadores de ese excitante y eterno soliloquio.

Después de su primera visita a la Universidad de Yale en 1937 y tras su regreso a París, conoció a Grace Frick, una estudiante de doctorado que pronto habría de convertirse en su secretaria y en su compañera de vida, además de ser la única persona autorizada por ella para hacer las traducciones de sus obras al inglés. Pero lejos de saberlo, nuevamente acabaría por abandonar el proyecto hasta 1948. Ya le era indiferente; le resultaba una obra imposible. Durante estos años griegos, Yourcenar emprendió un largo peregrinaje por el mar Negro y el Mediterráneo acompañada por el poeta Andreas Embirikos, tiempo en el que publicó «Los sueños y las suertes» y «Cuentos orientales».

Para 1940, se instaló en Nueva York y en 1942 ingresó al Sarah Lawrence College, donde se dedicó a enseñar literatura francesa y cinco años más tarde, adoptó la ciudadanía estadounidense. Aunque la obra que le había producido tanto desaliento yacía olvidada en Europa, Yourcenar llevó consigo a los EE.UU. un mapa del Imperio Romano de los tiempos de Trajano y un perfil de Antínoo que había comprado en una de sus visitas al Museo Arqueológico de Florencia. Si bien la idea de relatar al moribundo emperador no la abandonaban, sobre ella aún se cernía un manto de dudas que le impedían continuar.

Marguerite Yourcenar en 1982

En diciembre de 1948, Yourcenar recibe un equipaje repleto de cartas y papeles que había dejado en Suiza durante la guerra. En una de esas frías noches, comenzó por deshacerse uno a uno de ese extenso inventario de cosas muertas. No obstante, dentro de su correspondencia, encontró un desvencijado papel amarillento con un fragmento que decía «Querido Marco…» en su encabezado. Luego de recordar quién era el misterioso hombre retratado en medio de esa pálida frase, no podía ser otro más que Marco Aurelio. Yourcenar tenía en sus manos un fragmento de un manuscrito que creía perdido y desde ese momento, se propuso reescribir ese libro a como diera lugar.

Finalmente, le tomó tres años en retratar la voz de Adriano a través de una impecable narrativa que resaltó un elemento casi fáustico de este emperador repleto de virtudes. Fue necesario sumergirse en los recovecos de la historia para descubrir las cosas más simples y así dotar de sustancia al agonizante hombre apasionado por el destino y la verdad, la filosofía y las artes y por los destellantes astros que tapizan el cielo nocturno. «Memorias de Adriano» constituye la condensación de los largos paseos imaginarios de Yourcenar por la intimidad de otras épocas, de meditaciones abstrusas y descripciones casi obscenas en un palaciego tiempo en el que al emperador solo le quedaba morir.

Yourcenar tomó dos fuentes principales para el estudio de la vida de su personaje: el capítulo de la «Historia Romana» que consagró Dion Casio a Adriano casi medio siglo después de su muerte, y la «Vita Hadriani» del cronista latino Esparciano, uno de los textos más completos de la Historia Augusta. Sin embargo, la obsesión de Marguerite era reconstruir desde adentro lo que la arqueología había hecho desde fuera. Y lo logró. Se mostró complacida en hacer y rehacer una y otra vez el retrato de un hombre sabio cuya vida transcurrió entre la erudición y la délfica magia, tan simpática y clarividente.

Desde 1951, año en que publicó esta obra, Marguerite trabajó de modo solitario y rehuyendo siempre las multitudes y el acoso al que suele someter la fama a las letras más célebres. Se radicó con Grace en un modesto cottage al sur de Bar Harbor, en la isla de Mount-Desert, lugar donde escribió la mayoría de sus obras. Fue laureada en 1977 con el Grand Prix de l’Académie Française, un reconocimiento a toda su obra; en 1980 se convirtió en la primera mujer elegida como miembro de la Academia Francesa y en 1983, recibió el premio Erasmus por su contribución a la literatura y la cultura europea.


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