“Prestigio”, de Rachel Cusk

Por: Rachel Cusk
@HJCKradio Foto: AFP

Lanzamiento

Tras A contraluz y Tránsito, Prestigio cierra de manera brillante un ciclo narrativo que ha sido celebrado como una de las obras más originales y apasionantes de nuestro tiempo. Una traducción de Catalina Martínez Muñoz y editado por Libros del Asteroide.

El pasajero que iba a mi lado en el avión era tan alto que no cabía en el sitio. Se le salían los codos del reposabrazos y tenía las rodillas encajadas en el respaldo del asiento delantero, de manera que cada vez que intentaba moverse la persona que iba sentada delante se volvía a mirar con fastidio. Al retorcerse para cruzar y descruzar las piernas dio un puntapié sin querer al pasajero de su derecha.

—Perdón —se disculpó.

Se quedó un rato quieto, respirando profundamente por la nariz y con las manos apretadas encima de las ro- dillas, pero no tardó en impacientarse y, al mover las piernas de nuevo, sacudió toda la hilera de asientos de delante. Al final le pregunté si quería cambiar de sitio, porque el mío era el del pasillo, y aceptó a la primera, como si le hubiera ofrecido una oportunidad de negocio. —Normalmente viajo en primera —me explicó mientras nos levantábamos para cambiar de asiento—. Hay mucho más espacio para las piernas.

Estiró las piernas en el pasillo y reclinó la cabeza en el respaldo con un gesto de alivio.

—Muchas gracias —dijo.

El avión empezó a avanzar despacio por el asfalto. Mi vecino suspiró con satisfacción y pareció que se quedaba dormido casi al instante. Una azafata que venía por el pasillo se detuvo al encontrarse con sus piernas.

—¿Señor? —dijo—. ¿Señor?

Se despertó sobresaltado y recogió torpemente las piernas en el hueco estrecho para dejar paso a la azafata. Por la ventanilla se veía una cola de aviones que esperaba su turno. Mi vecino empezó a dar cabezadas y de nuevo volvió a estirar las piernas en el pasillo. La azafata apareció enseguida. —¿Señor? Tenemos que dejar el pasillo libre para el despegue.

El pasajero se irguió en el asiento.

—Lo siento —dijo.

La azafata se alejó y mi compañero empezó a cabecear poco a poco. La bruma suspendida sobre el paisaje plano y gris se fundía con el cielo nublado en bandas horizontales de variaciones tan sutiles que casi parecía el mar. Un hombre y una mujer iban hablando en los asientos delanteros. Es muy triste, dijo ella, y él respondió con un gruñido. Es tristísimo, repitió la mujer. Se oyeron pisadas fuertes en el pasillo alfombrado, y enseguida apareció la azafata. Puso la mano en el hombro de mi vecino y lo zarandeó.

—Me temo que tengo que pedirle que aparte las piernas.

—Lo siento. Parece que no puedo aguantar despierto.

—Pues voy a tener que pedirle que lo haga.

—Es que anoche no me acosté.

—Me temo que ese no es mi problema —contestó ella—. Si bloquea el pasillo, pone en peligro a los demás pasajeros.

Mi vecino se frotó la cara y cambió de posición. Sacó el móvil, le echó un vistazo y volvió a guardárselo en el bolsillo. La azafata esperó unos momentos, observándolo. Por fin decidió marcharse, convencida de que esta vez él obedecía de verdad. Mi vecino movió la cabeza y puso un gesto de incredulidad dirigido a un público invisible. Tenía algo más de cuarenta años, una cara atractiva y corriente al mismo tiempo, y vestía el atuendo limpio, bien planchado y neutro de un hombre de negocios en fin de semana. Llevaba un reloj de plata muy grande y unos zapatos de cuero como recién estrenados. Irradiaba una especie de masculinidad anónima y ligeramente provisional, como un soldado de uniforme. El avión había avanzado a trompicones en la cola y en ese momento se acercaba despacio a la pista de despegue, trazando un arco amplio. La bruma se había convertido en lluvia y las gotas resbalaban por el cristal de la ventanilla.

Mi vecino dirigió una mirada de agotamiento al asfalto reluciente. El clamor de los motores cobraba cada vez más fuerza, y el avión por fin aceleró vertiginosamente, levantó el morro para despegar y atravesó con estruendo las capas de nubes densas y acolchadas. La retícula verde oscura de los campos, con sus casas como bloques y sus árboles acurrucados, apareció unos momentos entre los esporádicos jirones grises antes de que estos se cerraran por completo. Mi vecino suspiró una vez más y pronto volvió a quedarse dormido, con la cabeza apoyada en el pecho. Las luces de la cabina parpadearon y un murmullo de actividad envolvió el avión. La azafata no tardó en volver a nuestra fila, donde el pasajero dormido había vuelto a estirar las piernas en el pasillo.

—¿Señor? —dijo—. Disculpe. ¿Señor?

Él levantó la cabeza y miró alrededor desorientado. Al ver a la azafata, que se había parado con el carrito, retiró las piernas despacio y con esfuerzo para dejar el paso libre. Ella lo miró apretando los labios y levantando las cejas.

—Gracias —dijo, sin disimular apenas su sarcasmo.

—No es culpa mía —contestó el pasajero.

La azafata se quedó un momento mirando a mi vecino con una expresión fría en los ojos maquillados.

—Solo intento hacer mi trabajo —señaló.

—Ya lo sé. No es culpa mía que los asientos estén tan juntos —respondió él.

Se miraron unos segundos sin decir nada.

—Eso tendrá que hablarlo con la compañía —replicó la azafata.

—Lo estoy hablando con usted.

La azafata cruzó los brazos y levantó la barbilla.

—Casi siempre viajo en business y normalmente no tengo problemas —dijo el pasajero.

—No ofrecemos clase business en este vuelo. Pero hay muchas compañías que sí lo hacen.

—¿Me está sugiriendo que vuele con otra empresa?

—Eso es.

—Genial. Muchas gracias.

Y soltó una carcajada amarga cuando ella ya se marchaba. Estuvo un rato sonriendo con afectación, como quien sale por error a un escenario, y luego, para disimular su sensación de vergüenza, se volvió hacia mí y me preguntó el motivo de mi viaje a Europa. Dije que era escritora y que iba a participar en un festival literario. Adoptó al momento una expresión de interés cortés.

—Mi mujer es una gran lectora —dijo—. Pertenece a uno de esos clubs de lectura.

Hubo un silencio.

—¿Qué tipo de cosas escribe? —me preguntó al cabo de un rato.

Dije que era difícil de explicar, y asintió con la cabeza. Empezó a darse golpecitos con los dedos en los muslos y a marcar un ritmo deshilvanado con los zapatos en la alfombra. Movió la cabeza a un lado y a otro y se la fro- tó enérgicamente con los dedos.

—Si no hablo volveré a quedarme dormido —dijo.

Hizo este comentario con pragmatismo, como si estuviera acostumbrado a resolver problemas a expensas de los sentimientos de los demás; pero me volví a mirarlo y me sorprendió su gesto de súplica. Tenía el borde de los párpados enrojecido, las córneas amarillas y el pelo de punta en la zona donde se había frotado.

—Por lo visto, antes de despegar reducen el nivel de oxígeno en la cabina para adormecer a la gente —me explicó—. Así que no deberían quejarse cuando da resultado. Tengo un amigo que pilota estas máquinas. Fue él quien me lo contó.

Lo raro de este amigo, siguió diciendo, era que a pesar de su profesión era un ecologista acérrimo. Tenía un coche eléctrico, diminuto, y en su casa todo funcionaba con placas solares y molinos de viento.

—Cuando viene a cenar a nuestra casa —dijo—, se va a los contenedores mientras los demás se emborrachan, a clasificar los envoltorios de la comida y las botellas vacías. Y su idea de las vacaciones perfectas consiste en coger los bártulos, subir a una montaña de Gales y pasarse dos semanas metido en una tienda de campaña bajo la lluvia, hablando con las ovejas.

Pero el mismo hombre se ponía el uniforme a diario, subía a la cabina de mando de una máquina de cincuenta toneladas que vomitaba humo a chorros y pilotaba un avión lleno de borrachos que iban de vacaciones a las islas Canarias. Costaba imaginar una ruta peor, pero su amigo llevaba años haciéndola. Trabajaba para una línea de bajo coste que recortaba brutalmente los gastos, y, por lo visto, los pasajeros se comportaban como animales de zoo. Se los llevaba de color blanco y los traía de color naranja, y aunque ganaba menos que nadie en su círculo de amigos, donaba la mitad de sus ingresos a causas benéficas.

—El caso es que es un tipo estupendo —añadió mi ve- cino con perplejidad—. Lo conozco desde hace muchos años, y casi da la impresión de que cuanto peor se ponen las cosas mejor se vuelve él. Una vez me contó que en la cabina de mando tienen una pantalla para vigilar lo que pasa en el avión. Me dijo que al principio no soportaba mirarla, porque era de lo más deprimente ver la conducta de los pasajeros. Pero al cabo de un tiempo empezó a obsesionarse con eso. Se ha pasado cientos de horas mirando esa pantalla. Dice que es como una especie de meditación. Aun así, yo no soportaría trabajar en ese mundo. Lo primero que hice cuando me jubilé fue cortar en pedazos mi tarjeta de puntos aéreos. Juré que no volvería a subirme a uno de estos chismes.

Le dije que parecía muy joven para estar jubilado.

—Tenía una hoja de cálculo en el ordenador que se llamaba «Libertad» —dijo, con una sonrisa sesgada—. Eran simples columnas de números que debía ir sumando hasta alcanzar una cantidad determinada, y entonces podría dejarlo.

Había sido director de una compañía internacional de gestión, dijo, un trabajo que le obligaba a estar siempre fuera de casa. No era raro para él, por ejemplo, viajar a Asia, América del Norte y Australia en un plazo de dos semanas. Una vez fue a una reunión a Sudáfrica y volvió directamente en cuanto terminó el encuentro. Varias veces había calculado con su mujer el punto medio entre dos destinos para pasar unos días de vacaciones juntos. Y, en otra ocasión, cuando iban a fusionarse las sucursales de Asia y Australia, y él tuvo que encargarse de supervisar el proceso, había estado tres meses sin ver a sus hijos. Empezó a trabajar a los dieciocho años, ahora tenía cuarenta y seis, y esperaba disponer de tiempo suficiente para pasar el resto de su vida haciendo justamente lo contrario. Tenía una casa en Cotswolds que apenas había podido pisar, y un garaje lleno de bicis, esquís y material deportivo casi sin estrenar; se había pasado dos décadas sin decir poco más que hola y adiós a su familia y sus amigos, porque siempre estaba a punto de salir de viaje y tenía que prepararse y acostarse temprano, o porque volvía agotado. En alguna parte había leído algo sobre un método de castigo medieval que consistía en encarcelar al prisionero en un espacio diseñado de manera que no pudiera estirar las extremidades en ninguna dirección, y, aunque se ponía a sudar solo de pensarlo, eso resumía bastante bien la vida que había llevado.

Le pregunté si librarse de esa prisión había estado a la altura del título de su hoja de cálculo.

—Es curioso que diga eso —contestó—, porque desde que dejé de trabajar no paro de discutir con todo el mundo. Mis hijos se quejan de que intento controlarlos, ahora que estoy todo el tiempo en casa. No han llegado a decir que les gustaría que las cosas volvieran a ser como antes, pero sé que lo piensan.

Le parecía increíble, por ejemplo, lo tarde que se levantaban. A lo largo de todos esos años, cuando salía de casa antes de que amaneciera, la imagen de sus hijos dormidos en la oscuridad le hacía sentirse útil y protector. Si hubiera sabido lo vagos que eran, probablemente no lo habría visto de la misma manera. A veces no se levantaban hasta la hora de comer. Había empezado a entrar en los dormitorios para abrir las cortinas, como hacía su padre todas las mañanas cuando él era joven, y le asombraba la hostilidad con que reaccionaban sus hijos. Había tratado de programar sus comidas —descubrió que todos comían a distintas horas del día— y establecer una rutina de ejercicio, e intentaba convencerse de que la magnitud de la rebelión que estas medidas provocaban era precisamente la prueba de su necesidad.

—Paso mucho tiempo hablando con la asistenta —dijo—. Llega a las ocho. Dice que lleva años lidiando con situaciones parecidas.

Me contó todo esto avergonzado, con una confianza tan natural que me di cuenta de que hablaba para entretener y no para provocar consternación. Una sonrisa de reproche jugueteó en sus labios, que al abrirse mostraron una hilera de dientes blancos, fuertes y uniformes. Se había animado mientras hablaba y había cambiado el gesto de desesperación y los ojos de loco por la máscara del narrador brillante. Tuve la sensación de que no era la primera vez que contaba estas cosas y de que le gustaba contarlas, como si hubiera descubierto el poder y el placer de revivir los acontecimientos desprovistos de su aguijón. Vi que su habilidad consistía en acercarse lo más posible a lo que parecía verdad sin permitir que su interlocutor llegara a sentirse abrumado por las emociones que pudiera inspirarle. Le pregunté cómo era que había vuelto a subir a un avión, después de aquel juramento. Sonrió de nuevo, ligeramente avergonzado, y se pasó la mano por el pelo castaño y fino.

—Mi hija actúa en un festival de música —dijo—. Está en la orquesta del colegio. Toca el… oboe.

El plan era hacer el viaje con su mujer y los chicos el día anterior, pero el perro se puso malo y tuvo que dejarles que se fueran sin él. Por ridículo que pudiera parecer, el perro era probablemente el miembro más importante de la familia. Añadió que se había pasado la noche en vela, cuidando de él, y después se había ido directo al aeropuerto.

—Si le soy sincero, no debería haberme puesto al volante —murmuró, apoyando el codo en el reposabrazos de mi asiento—. Casi no veía nada. Pasaba por delante de esos carteles en la carretera, esos que repiten continuamente lo mismo, y al final empecé a pensar que los habían puesto expresamente para mí. Ya sabe cuáles digo: están en todas partes. Tardé una eternidad en descifrar qué querían decir. Hasta pensé —dijo, con su sonrisa avergonzada— si me estaba volviendo loco de verdad. No entendía quién los había elegido ni por qué. Me parecía que se dirigían a mí personalmente. Naturalmente, leo periódicos, pero estoy un poco desfasado desde que no trabajo.

Le dije que era cierto que todos, en privado, nos hacíamos con frecuencia la pregunta de si irnos o quedarnos, hasta el punto de que casi se podía decir que ese era el núcleo esencial de la libre determinación. Quien no conociera la situación política de nuestro país podía creer que lo que estaba presenciando no eran las intrigas de la democracia, sino la rendición definitiva de la conciencia personal al dominio público.

—Lo curioso es que tenía la sensación de que llevaba haciéndome esa pregunta desde que tengo memoria —dijo.

Le pregunté qué le había pasado al perro. Al principio pareció desconcertado, como si no supiera de qué perro le hablaba. Luego arrugó la frente, hizo un puchero y soltó un suspiro hondo.

—Es una historia un poco larga —respondió. El perro se llamaba Pilot y era muy mayor, aunque a primera vista no lo pareciera. Su mujer y él tenían a Pilot desde poco después de casarse. Se compraron una casa en el campo, y les pareció el sitio perfecto para tener un perro. Pilot era un cachorrito, pero ya entonces tenía unas zarpas enormes: aunque sabían que esa raza podía llegar a ser muy grande, no esperaban que Pilot alcanzara un tamaño tan descomunal. Cuando pensaban que ya no podía seguir creciendo, el perro daba otro estirón. A veces hasta les hacía gracia lo desproporcionadamente pequeño que parecía todo a su lado: su casa, su coche, incluso ellos.

—Yo soy mucho más alto de lo normal —añadió—, y a veces uno se cansa de ser más alto que los demás. Pero al lado de Pilot me sentía normal.

Como su mujer estaba entonces embarazada de su primer hijo, fue él quien hizo de Pilot su proyecto personal: en aquella época no tenía que viajar tanto, y pasó varios meses dedicando la mayor parte de su tiempo libre a entrenar a Pilot, sacándolo a pasear por el monte y modelando su carácter. Nunca lo mimaba ni le consentía nada; lo entrenaba sin descanso y le daba muy pocas recompensas, y un día que Pilot, cuando aún era joven, se puso a perseguir a un rebaño de ovejas, le zurró con tanta severidad y tanta determinación que él mismo se sorprendió. Generalmente cuidaba mucho su comportamiento cuando estaba delante de Pilot, como si el perro fuera humano, y lo cierto es que cuando alcanzó la madurez el animal tenía una inteligencia extraordinaria, además de un ladrido feroz y un cuerpo gigantesco y musculoso. Trataba a la familia con una sensibilidad  y una consideración que asombraban sinceramente a los extraños, aunque ellos se habían acostumbrado con el tiempo. Por ejemplo, el año anterior, cuando su hijo estuvo muy enfermo de neumonía, Pilot se pasaba el día y la noche sentado a la puerta de su dormitorio e iba a buscarlos automáticamente si el niño pedía algo. También se sincronizaba, casi como un espejo, con los episodios de depresión periódicos de su hija, de los que a veces solo se daban cuenta porque Pilot se volvía taciturno y retraído. Pero cuando un desconocido llamaba a la puerta, Pilot se transformaba en un guardián implacable. Quienes no lo conocían le tenían pánico, y con razón, porque no habría dudado en matarlos si representaban una amenaza para cualquier miembro de la familia.

Cuando Pilot tenía tres o cuatro años, continuó mi vecino, fue cuando se produjo el mayor salto en su carrera profesional y empezó a pasar largas temporadas fuera de casa, pero tenía la sensación de que podía marcharse tranquilo, sabiendo que su familia estaría a salvo durante su ausencia. A veces, dijo, mientras estaba fuera, pensaba en el perro y casi se sentía más cerca de él que de ningún otro ser humano. Por eso no podía dejarlo solo en aquel momento de necesidad, a pesar de que su hija era la solista del concierto y llevaba semanas ensayando. El concierto formaba parte de un festival internacional y se esperaba mucho público: era una oportunidad magnífica. Pero Betsy no quería perder de vista a Pilot. Le había costado una barbaridad convencerla de que se fuera tranquila: como si no le creyera capaz de cuidar de su propio perro.

Le pregunté qué obra iba a interpretar su hija y volvió a frotarse la cabeza.

—No lo sé exactamente —contestó—.

Su madre evidentemente lo sabría. En realidad, no se había dado cuenta de que su hija tocaba tan bien el oboe, añadió. Había empezado a dar clases a los seis o siete años, y, francamente, siempre sonaba fatal, tanto que tuvo que pedirle que ensayara en su habitación. El chirrido le daba dentera, sobre todo después de un viaje largo. Cuando intentaba dormir para compensar el jet lag y oía aquel sonido insinuante y aflautado detrás de la puerta cerrada, le sacaba de quicio. Un par de veces se había preguntado si Betsy no lo haría para fastidiarle, aunque por lo visto practicaba igual cuando él no estaba en casa. Alguna vez, incluso había llegado a sugerirle que quizá fuera mejor para su salud practicar menos y dedicar más tiempo a otras cosas, pero su opinión se topó con el mismo desprecio que sus intentos por imponer disciplina en los horarios de la familia. Y, sinceramente, cuando su hija le preguntaba qué creía que tenía que hacer con su tiempo, a él solo se le ocurrían las cosas que él hacía cuando tenía la misma edad —socializar y ver la tele— y que en cierto modo le parecían más normales. En su opinión, casi nada en Betsy era normal. Por ejemplo, padecía de insomnio: ¿qué porcentaje de niñas de catorce años no pueden dormir? En vez de cenar, se ponía delante de los armarios de la cocina y se tomaba los cereales secos, a puñados, directamente de la caja. Nunca salía de casa y, como su madre la llevaba en coche a todas partes, rara vez andaba. Le habían dicho que cuando él no estaba en casa era Betsy quien sacaba a Pilot todos los días, pero como nunca lo había visto le costaba creerlo. Llegó un punto en que empezó a pensar si su hija se iría de casa alguna vez o si tendrían que mantenerla eternamente, como una especie de experimento fallido.

Luego, una noche que Betsy iba a tocar en un concierto del colegio, fue a verla con su mujer, y se sentó en el auditorio con los demás padres, apretujado en una silla pequeña y convencido de que se aburriría como una ostra. Se encendieron las luces, y delante de la orquesta apareció una chica a la que tardó un buen rato en reconocer como Betsy. Para empezar, parecía mucho mayor; pero había algo más, algo que le produjo un alivio extraordinario: tal vez fuera que Betsy no daba la impresión de necesitarlo ni de reprocharle los problemas de su existencia. Y, cuando por fin aceptó que era ella, lo que sintió fue un miedo aterrador. Estaba totalmente seguro de que Betsy iba a pasarlo mal, y se aferró a la mano de su mujer, creyendo que ella sentía lo mismo. El director salió al escenario, vestido con unos vaqueros negros y un polo negro, y él se predispuso de inmediato para que aquel hombre le cayera mal. La orquesta empezó a tocar y Betsy se sumó poco después. Se fijó en lo atenta que estaba al director y en cómo respondía a la más leve señal que este le hiciera, asintiendo con la cabeza y llevándose el instrumento a los labios sin parpadear. Nunca había creído a su hija capaz de semejante hazaña de intimidad y obediencia, porque ni siquiera era capaz de convencerla para que se sirviera los cereales en un cuenco. Solo después de unos minutos consiguió conectar un poco más con el sonido sinuoso y mágico de aquel instrumento: había ido a los conciertos suficientes para reconocer que aquel oboe era fascinante, hipnótico, y por fin consiguió escuchar de verdad. Lo que oyó le hizo soltar tal cantidad de lágrimas que la gente se volvía a mirarlo. Después, Betsy le dijo que lo había visto llorar desde el escenario, por lo alto que era, y que le había dado mucha vergüenza.

Le pregunté por qué creía que había llorado, y de pronto puso un gesto muy triste con los labios y trató de ocultarlo con una mano grande.

—Sinceramente, supongo que siempre me ha preocupado que a Betsy le pasara algo raro.

Le contesté que a la gente normalmente le resultaba más fácil pensar eso de sus hijos que de sí misma, y me miró un momento como si considerara en serio esta teoría, antes de negar enérgicamente con la cabeza.

Betsy era distinta de los demás desde muy pequeña, dijo, y no en el buen sentido. Era increíblemente neurótica: cuando iban a la playa, por ejemplo, no soportaba tocar la arena con los pies, y tenían que llevarla en brazos a todas partes. No soportaba el sonido de ciertas palabras, y cuando alguien las decía, empezaba a gritar y se tapaba los oídos. La lista de cosas que no comía, y sus correspondientes razones, era tan larga que no había forma de llevar la cuenta. Era alérgica a todo, se ponía mala continuamente y además tenía insomnio, como ya había dicho. A veces, su mujer y él se despertaban a media noche y veían a su hija a los pies de la cama, como un fantasma en camisón, mirándolos fijamente. Cuando se hizo mayor, el problema más grave de todos era su extraordinaria sensibilidad a lo que ella llamaba «mentiras», aunque a él le parecían las convenciones y las pautas de conversación normales entre adultos. Betsy afirmaba que la mayoría de las cosas que decía la gente eran falsas, hipócritas, y cuando él le preguntaba cómo podía saberlo, contestaba que lo sabía por el sonido. Como ya había dicho, el sonido de ciertas palabras le resultaba insoportable desde muy pequeña, pero cuando creció y empezó a ir al colegio, el problema se agravó en lugar de atenuarse. La cambiaron a un colegio especial, pero Betsy seguía complicando un poco las relaciones familiares y sociales cuando se marchaba corriendo y apretándose las orejas con las manos porque una de sus invitadas había dicho que estaba tan llena que no podía tomar postre, o que el negocio iba disparado a pesar de la mala situación económica. Su mujer y él se esforzaron mucho por comprender a su hija, hasta el punto de que cuando se quedaban hablando, después de que los niños se hubieran ido a la cama, intentaban inculcarse la sensibilidad de Betsy, estaban muy atentos para detectar la falsedad de las frases del otro, y terminaron por descubrir que era cierto, que buena parte de lo que uno decía en realidad seguía un guion estereotipado y cuando uno se paraba a pensarlo bien terminaba por reconocer que muchas veces no llegaba a expresar lo que realmente sentía. De todos modos, Betsy los sacaba de quicio muy a menudo, y cuando empezó a notar que su mujer estaba cada vez más callada creyó que era por culpa de su hija, que había convertido la comunicación en un campo de minas, y a la vista de eso era más fácil no decir nada de nada.

Quizá por eso —porque no podía hablar y, por tanto, mentir—, Betsy sentía por Pilot una adoración tan desmedida que a veces lo desconcertaba. No hacía mucho había ocurrido un incidente que lo llevó a cuestionarse, por primera vez, la definición de verdad de su hija y su tiranía en cuestión narrativa. Salió con ella a pasear a Pilot, y el perro se escapó de repente. Estaban en los terrenos de una mansión y, al parecer, él no se dio cuenta de que allí había ciervos y no podía dejar a Pilot suelto. Normalmente el perro obedecía ciegamente cuando había ganado cerca, pero esa vez se comportó de un modo completamente impropio de su carácter. Iba andando tranquilamente con ellos y, en un segundo, desapareció.

—No se imagina la velocidad que alcanzaba ese animal —dijo—. Era un perro enorme y, si le daba por correr, no había forma de cogerlo. Simplemente alargó la zancada y cambió de marcha. Antes de que nos diéramos cuenta estaba a cincuenta metros de nosotros, y nos quedamos parados, viendo cómo volaba por el parque. Los ciervos salieron en estampida al verlo, aunque ya casi no tenían tiempo de escapar. Había cientos de ciervos. No sé si habrá visto alguna vez algo parecido, pero es un espectáculo maravilloso, por horrible que parezca. Corrían como una corriente de agua. Los vimos derramarse por el parque, con Pilot pisándoles los talones, y a pesar de la situación yo estaba casi hipnotizado por lo que veía. Empezaron a girar y a volver sobre sus pasos formando un ocho enorme mientras Pilot los perseguía, aunque en realidad daba la sensación de que los estaba guiando, obligándolos a dibujar cierta forma que tenía en la cabeza. Siguieron así unos cinco minutos, dando vueltas y trazando esas líneas amplias y fluidas, hasta que pareció como si Pilot se aburriera de pronto, o decidiera que ya era hora de terminar. Sin el menor esfuerzo, duplicó la velocidad, atravesó el cuerpo del rebaño, escogió a uno de los cervatos y lo abatió. Una mujer que estaba cerca de nosotros se puso a gritar y a decir que iba a denunciarnos, que se encargaría de que alguien viniese a matar al perro, y yo estaba intentando tranquilizarla cuando de repente oímos un ruido por detrás y vimos que Betsy se había desmayado. Estaba tirada en la hierba, rígida y sangrando por la cabeza, porque se había dado contra una piedra al caer. Sinceramente, creí que estaba muerta. Pilot se había adentrado para entonces en el bosque, y la mujer estaba tan preocupada por Betsy que se olvidó de matar al perro, me ayudó a llevar a Betsy al coche y nos acompañó al hospital. Betsy estaba bien, claro.

Soltó una carcajada triste y movió la cabeza. Le pregunté qué había pasado con el perrosol.

—Ah, volvió esa noche —dijo—. Oí que estaba en la puerta y cuando fui a abrir no entró; se quedó fuera, mirándome. Venía completamente sucio y cubierto de sangre y sabía lo que se le venía encima. Lo esperaba. Pero a mí no me gustaba pegarle —dijo con pena—. Solo he tenido que hacerlo dos o tres veces en la vida. Los dos sabíamos que de no haber sido por eso nunca habría llegado a ser como era. Pero Betsy se negaba a perdonarlo por lo que había hecho. Estuvo varias semanas sin tocarlo y sin hablar con él. A mí tampoco me hablaba. Simplemente, no era capaz de entenderlo. Le dije: Oye, a un perro no se le educa enfadándose con él y poniéndose de mal humor. Así solo consigues que se vuelva ladino y falso. Y sabes que si te sientes segura cuando yo no estoy en casa es porque tienes claro que, si alguien intentara hacerte daño, Pilot le haría lo que le ha hecho a ese ciervo. Puede sentarse a tu lado en el sofá, traerte lo que le pides y tumbarse a los pies de tu cama cuando estás enferma, pero si un desconocido llama a la puerta, está dispuesto a matarlo si es necesario. Es un animal, le dije, y necesita disciplina, mientras que si le impones tu sensibilidad estás interfiriendo en su naturaleza. Mi compañero se quedó un rato callado, con la barbilla alta, mirando el pasillo gris donde la azafata seguía empujando el carrito entre el mar de pasajeros. Se volvía a derecha e izquierda, doblando la cintura sobre las hileras de asientos, con las comisuras de los ojos y los labios levantadas y tan bien perfiladas que casi parecían talladas a propósito en sus facciones suaves y ovaladas. Sus movimientos automáticos resultaban fascinantes, y me pareció que mi vecino se quedaba adormilado observándola. Al cabo de un rato, se le empezó a caer la cabeza, hasta que dio una cabezada tan fuerte que se enderezó con una sacudida.



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