Entrevista

Hablamos con Alejandra Algorta sobre el miedo, el olvido y la necesidad de malos poetas. Esta es una historia que "nuncaseolvida":

El olvido es siempre involuntario. Por lo general, querer huir de un recuerdo es invocarlo al presente y tener que lidiar con aquello que solo hace ruido. Sin embargo, olvidar no es perder para siempre un recuerdo sino trasladarlo a un lugar recóndito de la memoria, dotarlo de un silencio inconsciente que por algún azar o magia, regresa de repente como todo lo que uno cree perdido para siempre.

Alejandra Algorta es escritora y editora, además es fundadora de Cardumen Libros, una editorial independiente que publica poesía. Hablamos con ella sobre “nuncaseolvida”, una historia sobre el miedo, el movimiento y el olvido. Su proceso de escritura y los cambios de piel que fueron necesarios para escribir sobre fuerzas que son, sobre todo, imágenes.

Se dicen muchas cosas al rededor de la literatura infantil, ¿estableces un límite de distinción entre la “literatura universal” y la “literatura infantil”? ¿Cómo fue el proceso de escritura de este libro?

“En lo que escribo la división entre literatura infantil y literatura universal nunca estuvo muy claro. Lo primero que escribí seriamente fue un cuento que se llama “Pez quiere ir al mar” (2011) que publicó originalmente Editorial SM por un premio, pero entonces yo no sabía si era infantil o no. Lo adapté para el concurso que no gané, pero me publicaron y esa adaptación consistió en hacer el lenguaje un poco más claro y que el final fuera esperanzador. Eso es algo que para mí tiene que tener la literatura infantil, que no quite la fe que tiene que tener uno apenas llega al mundo.

nuncaseolvida” empezó en el 2013, estaba escribiendo un cuento de 8 páginas del que tenía el comienzo y el final: hay un niño al que se le olvida cómo montar en bicicleta y se deprime, se hace amigo de su vecina y terminaba más o menos igual. Entonces volví a presentarme al mismo concurso – y se preguntarán por qué presentarse dos veces y un años tras otro, pues el premio eran veinte mil dólares – y volví a quedar en segundo lugar, aunque lo extendí a treinta páginas. En ese momento, la editora de SM me hizo un comentario como “te vas a presentar hasta que te lo ganes” y me sentí mal, me dediqué a trabajar en ese cuento por años y no significa trabajar 8 años seguidos que fue el tiempo que pasó, significa leerlo muchas veces, dárselo a leer a mucha gente, pensar 80 historias paralelas y hubo un punto en el que yo estuve medianamente satisfecha con él y se lo mandé a María Osorio, editora de Babel Libros. Ella me dijo que sí, pero que tenía que haber una ciudad, fue ella como editora quien me llevó a que el libro hablara de la ciudad y ese fuera el centro de todo.

Me tardé un año haciendo las correcciones, de hecho ella creyó que se lo había dado a otra editorial, no me creía que me pudiera demorar un año en esas porque normalmente los autores son mucho más afanados, pero creo que por el asunto de ser autora-editora yo sé que los libros son para siempre y uno se va a morir, pero el libro va a quedar ahí. Mejor que sea con algo con lo que yo pueda vivir y que me pueda morir y quede.

Volví, María se sorprendió y ahí empezó un proceso de edición en el que nos demoramos otro rato y salió el año pasado, fue hermoso para mí. María dice una cosa que a mí nunca se me va a olvidar y es que los libros infantiles tienen que ser tan buenos que a los niños les guste, esa es la única diferencia con la “literatura universal” porque no creo que haya temas que no se puedan tocar, ni grandes tabúes, es una cosa de claridad del lenguaje, honestidad y meterle trabajo”.

Escribir desde un lenguaje sencillo implica una honestidad brutal y se dicen cosas de forma pura. Es muy fácil encontrar metáforas, descripciones barrocas, pero ¿cómo se sincera un escritor? ¿Cómo concibes el lenguaje de esta historia?

“Para mí la voz de Fabio, personaje central de la historia, es un espacio muy libre. Hay mucha gente que al escribir se pone el sombrero de escritor como “Oh sí, voy a escribir como un escritor” y se ponen a hacer todas estas cosas del siglo de oro, a crear grandes figuras y a tratar de hacer literatura a partir del artefacto, que es una forma de hacerlo. Lo fantástico de la voz de Fabio para mí, es que es un niño de ocho años y para mí no hay mayor déspota que un niño hombre a esa edad. El mundo es de un niño de 8 años. Él le daba definición a las cosas, muy pocas veces preguntaba, solo en el momento en el que se deprime cuando no es el rey del mundo, pero la mayoría él sabe que está en la cima y lo que hace es observar para definir, no lo hace a partir de preconceptos en tanto tiene 8 años, sino a partir de lo que ya conoce.

Hay que saber muy poco y eso suena fácil, pero la gente se preocupa mucho con la idea de decir “no tienes que ser un escritor, tienes que poder observar las cosas como lo haría alguien que las ve por primera vez”. Y es muy liberador, ahora estoy escribiendo para adultos y siento que tengo que ser inteligente. Es una trampa, eso no está en la literatura infantil y los escritores que no han hecho nunca nada así por momentos dicen “no, no, escribir para niños es muy difícil” y yo pienso ¡claro! porque tendrías que dejar de sentir que eres un escritor, habría que quitarse el sombrero y decir: vamos a ponernos claros.

Además, tu lector ya no te van a alabar, lo máximo que va a hacer es quererte. Yo me acuerdo con el primer libro que estaba en plan lector, visitábamos muchos colegios y muchos niños me decían como: “no me gustó, sigue intentándolo” y a mí me encantaba porque imagínate que tú escribiendo para adultos y que alguien te diga que no le gustó, pues te destruye. En cambio un niño solo te dice “mmm, no es lo mío””.

Hablemos de las nociones que guían el libro y la historia del Fabio: el olvido es central, el miedo aborda a los personajes desde diferentes momentos y, de manera muy particular, el movimiento siempre está presente

“La premisa del movimiento del libro es que necesitamos movernos para vivir y el que no se mueva, no está vivo. Entonces la mamá de Fabio baila mientras cocina, el papá es busetero y es el que más se mueve en toda la ciudad porque ayuda a la gente a moverse, los ayuda a vivir. Fabio tiene su bicicleta y ese es el poder que pierde, pienso yo que por arrogancia pero no sé, mucha gente me pregunta “¿por qué se le olvidó?”, y no sé. Está ese momento de la infancia en el que nos damos cuenta que no todo nos cabe en la cabeza y yo creo que yo sigo ahí porque creo que a uno le cabe cada vez menos cosas en la cabeza, pero hay un pico en el que a uno le cabe todo lo que ha vivido, que uno dice “yo lo recuerdo todo”, antes de empezar a olvidar las cosas.

El hecho de que Fabio haya olvidado lo más importante para él, lo hace dudar de todo. Yo pensé en un niño tirano, que también soy yo tirana, así tenga miedo es el peor momento de un tirano que es el mejor también, cuando está abajo, cuando no tiene poder. En su momento yo dije, va a montar bicicleta cuando no necesite, en un trayecto arrogante, realmente va a usar sus poderes hacia nada, sin sentido y eso va a hacer que los dioses le quiten su poder que es moverse en su bicicleta.

Y luego está el miedo que es temer por no tener el control, no poder moverse cuando quiere hacerlo, a que se le olviden aún más cosas. Es un miedo infantil, por una parte, y a la vez muy humano, es un niño que se esconde debajo de la cama y luego cuando habla con su papá respecto a sus miedos, el papá le confiesa que también siente miedos y lo que hizo fue aprender a vivir con eso porque no se va a ir”.

Esta historia no podría ser sin sus imágenes y en ese sentido, hay una noción del libro como objeto, ¿cómo nace la intención creativa de llevar la ciudad al dibujo?

“Ahí el crédito es de Babel que es de las mejores editoriales del mundo. María Osorio creó un formato que no es novela gráfica ni novela, es un punto medio entre muchas cosas que es “Frontera Ilustrada”, son libros que empiezan con ilustración, luego viene el texto completo y el final de la historia es ilustrada.

Yo me sentí muy aliviada de no ser la editora, María me dijo “ya sé qué vamos a hacer, esto va a ser un recorrido de bus. El comienzo del libro es un recorrido del papá de Fabio” y ahí llegó Iván que hace unos dibujos en carboncillo y lápiz que parecen hiperrealistas o fotografías, pero no son ningún paisaje específico. Uno reconoce ciertos edificios, como el Bacatá, pero está visto desde un lugar donde hay una montaña en el que realmente Fabio no puede estar porque no hay nada ahí, es una composición artificial de los que sería la ciudad y eso me parece tan poético, que componga a partir de lo que existe imágenes hiperrealistas de algo que no es específicamente así, me parece muy bello.

Tuvimos un par de reuniones con él en las que yo quedaba maravillada, la única cosa que yo pedí era que no se vieran los personajes porque yo tengo una imagen indibujable de ellos, cualquiera que fueran sus ilustraciones no iban a hacer las mías. Yo creo que es algo de lo que el autor tiene que deshacerse, por supuesto, pero a la vez terminó no siendo necesario.

Lo que sí pasó, y siento que Iván me ahorró trescientos millones de terapia, es que para mí el libro termina relativamente triste, pero él lo cura con la última imagen, ese último dibujo sana y termina convertido en una nota de esperanza y amabilidad. Durante toda la novela Fabio se pregunta si el mar existe o no existe y todo parece indicar que no, porque el mundo le miente, porque olvidó cómo montar en bicicleta, todo lo que le han dicho de él mismo y respecto al mundo en el que vive es mentira. Esa segunda parte de frontera es él yendo en bicicleta al mar y cuando vi esa imagen, entendí el libro, yo no podría haber escrito esto porque el mar es una imagen, todo el mundo trata de escribir el mar, tal vez la literatura existe para que escribamos el mar y no podemos porque es una imagen. Creo que ese es el regalo que me dio el libro, ese formato”.

Llega un punto de la escritura en el que uno siente que tiene que borrarlo todo. Puede ser el delirio del editor, porque son quienes viven diciéndole a los escritores cómo va su libro, pero ¿cómo escribe una editora su propio libro? ¿cómo juegas con esa piel de autor-editor?

“Realmente creo que es con otra parte del cuerpo, porque es otro papel muy diferente y son otros poderes los que se juegan. Hay una parte emocional en ser autor muy fuerte, que es poner las tripas ahí y hay una parte de editor, la visión y el querer que funcione como un todo, que esté en un engranaje. Como editora me sirve mucho saber que yo estoy jugando en ese engranaje con la tripa del autor y que si halo la tripa, al autor le duele. Como autora, me sirve mucho saber que necesito confiar en los tiempo y en la forma en que el editor ve ese engranaje porque yo no lo puedo ver, es mi tripa, porque cuando uno siente muy fuerte no ve ciertas cosas y el trabajo del editor al final del día no es diagramar, ni coser el libro, es poder verlo todo y saber si va o no a funcionar junto.

Me pasa mucho con Cardumen que las poetas terminan corrigiendo hasta el día que entramos a imprenta, ellas mismas dicen “un cambio más”, entonces yo les digo “tienes un cambio más antes de la máquina” y ese cambio va a ser arbitrario, no hace la diferencia, pero siempre lo hacen. Un título, una coma, porque es no terminar nunca. Me pasó con el primer libro que publicamos incluso después de impreso, en una lectura Amalia, la autora, le cambió el final al libro y yo me quería morir y le decía “¡Deje de escribirlo!”, pero claro, es un vicio continuar.

Como autora-editora también sé que tengo que soltarlo porque siempre voy a querer cambiarle cosas, por eso no lee sus propias cosas porque uno no termina.

Alejandra Algorta tiene la disciplina del escritor y la paciencia del editor, habla de la escritura como un proceso que siempre se transforma, a veces cuesta y otras fluye, cuando eso pasa se convierte en un ejercicio placentero, en sus palabras “Ese momento en lo que la mitad de lo que uno escribe es una porquería, pero un 20% va a quedar escrito, es lo máximo. Creo que abrir y cerrar el grifo lo oxida a uno mucho, si uno no está todo el tiempo sentado escribiendo, sino con la mirada del escritor, eso es lo que hace la diferencia, observar las cosas y tratar de escribirlas, así se te vaya a olvidar esa frase, para mí eso es escribir. Realmente, escribir es observar”.

“El día en el que Fabio olvidó todo hacía un sol inclemente”, ese es el inicio y la sentencia de la primera página de “nuncaseolvida”,  y aunque “su cuerpo dejó de hacer lo que ya tantas veces había hecho y ahora sus rodillas no hacen sino raspar el suelo” Fabio aprenderá – y con él todo aquel que lea el libro – que el cuerpo tiene todo, menos mala memoria.


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