Matar a un perro, matar a un hombre

Por: Luisa Fernanda Calderón
@_Ludo_vica Foto: AFP

Reseña

¿Qué hace a un hombre un asesino? La escritora argentina, Samanta Schweblin hurga en lo profundo del alma. A través de la locura de sus personajes, Schweblin relaciona la violencia humana con la supuesta inconciencia animal.

Hace algo así como un año que conocí los cuentos de Samanta Schweblin. Comencé con relatos que encontré en Internet como Perdiendo velocidad Mariposas, y desde ahí me fui enamorando. Leí uno tras otro sus libros de narrativa breve, perdiéndome en sus personajes y sintiéndolos cercanos. Samanta Schweblin escribe sobre la locura, sobre cosas cotidianas en las que se guarda una que otra rareza. Escribe sobre mujeres, pero considerando lo femenino sin el juicio de lo femenino, como ella mismo lo dijo en una de sus conferencias. Escribe sobre lo sórdido que se esconde bajo las capas de la normalidad. Sigue la tradición de Carver, de O’Connor, de Berlín; la enunciación de una hiperrealidad que de tan real se vuelve fantástica.

Samanta Schweblin es capaz de hacernos sentir angustia, miedo: recorrer los pasajes del peligro. Algo así pasa en relatos como Pájaros en la boca, en el que los padres se enfrentan al horror de ver a su hija morder la yugular de pequeñas aves enjauladas para seguir viviendo. O como en Mujeres desesperadas, en el que las mujeres, después de bodas no planeadas (casi todas por embarazos no deseados), son abandonadas en la ruta; pero las mujeres se levantan contra los maridos que las han dejado, porque después del llanto viene la venganza. Una venganza fantasmal, pues no son solo mujeres abandonadas, son mujeres asesinadas.

La autora argentina hurga en lo profundo del alma. A través de la locura de sus personajes logra retratarnos un mundo enigmático; un mundo que mezcla ficción y realidad. Y eso es lo que pasa en Matar a un perro. Es el viaje de un hombre hacia el fondo de la existencia con un tren directo llamado violencia. Es un viaje que se nos hace cercano en América Latina. El recorrido que un hombre debe hacer para tocar fondo, soñando no ser un héroe sino un villano; cuán jodida está nuestra percepción axiológica.

El topo dice: nombre y yo contesto. Lo esperé en el lugar indicado y me pasó a buscar en el Peugeot que ahora conduzco.

Así se nos presenta el personaje sin nombre, ese hombre que nos cuenta su historia en un relato en primera persona a través de las calles de Buenos Aires:

Matar a un perro a palazos en el puerto de Buenos Aires es la prueba para saber si uno es capaz de hacer algo peor. Ellos dicen: algo peor, y miran hacia otro lado, como si nosotros, la gente que todavía no entró, no supiéramos que peor es matar a una persona, golpear a una persona hasta matarla.

Pero no es solo el personaje quien está en la narración: también estamos nosotros del otro lado de los malos siendo, presuntamente, los buenos. Pero los buenos que se ven tentados a entrar en el bando oscuro, los buenos que no están en su lado porque quieran sino porque no saben si tienen el coraje de matar. Porque lo malo no es la muerte, es la inseguridad.

Cuando la avenida se divide en dos calles opto por la menos transitada. Una línea de semáforos rojos cambia a verde, uno tras otro, y permite avanzar rápido hasta que entre los edificios surge un espacio oscuro y verde. Pienso que quizá en esa plaza no haya perros y el Topo ordena detenerse.

¿Quién es el Topo? Ese hombre de los ojos pequeños del que nos habla el personaje. El hombre que esconde su mirada tras unas gafas oscuras gruesas; que se ríe de soslayo. Un hombre sin escrúpulos que examina si tenemos la piel dura para matar.

Matar a alguien en especial, a alguien ya elegido, es fácil. Pero tener que elegir quién deberá morir requiere tiempo y experiencia.

¿Y no es eso lo que pasa en la guerra o en ámbitos de violencia? Matamos sin saber a quién ni por qué. Matamos; banalizamos la violencia porque no ha sido nuestra decisión sino la de otro; porque estamos cumpliendo con un trabajo. Dicen los asesinos que cumplían órdenes, que hicieron lo que tenían que hacer. Nos piden no juzgarlos porque ellos no juzgaron a nadie; tan solo mataron. Como si estuvieran sacrificando cerdos y caballos.

Levanto la pala y el golpe cae sobre las costillas del manchado que, aullando, cae. Está quieto, va a ser fácil transportarlo, pero cuando lo tomo por las patas reacciona y me muerde el brazo, que enseguida comienza a sangrar. Levanto otra vez la pala y le doy un golpe en la cabeza. El perro vuelve a caer y me mira desde el piso, con la respiración agitada, pero quieto.

Podríamos recordar ahora el papel del animal en la sociedad humana. Aunque ahora se ha venido fraguando un movimiento que defiende los derechos de los animales, uno de los pensadores más importantes de la historia occidental, René Descartes, sublimó la posición del hombre en el mundo dándole el alma que no les dio a los animales. Esto dice Milan Kundera al respecto en La insoportable levedad del ser:

Descartes dio un paso decisivo: hizo del hombre el “señor y propietario de la naturaleza”. Pero existe sin duda cierta profunda coincidencia en que haya sido precisamente él quien negó definitivamente que los animales tuvieran alma: el hombre es el propietario y el señor mientras que el animal, dice Descartes, es sólo un autómata, una máquina viviente, “machina animata”. Si el animal se queja, no se trata de un quejido, es el chirrido de un mecanismo que funciona mal. Cuando chirría la rueda de un carro, no significa que el eje sufra, sino que no está engrasado. Del mismo modo hemos de entender el llanto de un animal y no entristecernos cuando en un laboratorio experimentan con un perro y lo trocean vivo.

Pero aquí sabemos que los animales no solo han sido los seres distintos a nosotros fisiológicamente. En la Segunda Guerra Mundial, los judíos eran asimilados como ratas que debían eliminarse de la faz de la tierra. Yo no creo que Samanta Scweblin hable solo del perro; habla del hombre que ya no es hombre, o mejor dicho, el que ya no es tratado como hombre, porque la civilización lo ha barbarizado; lo ha hecho creer que no tiene alma.

El borracho que se asoma dice que eso no se hace, que después los perros saben quién fue y se lo cobran.

Estos perros hombres tienen alma; recuerdan. Y lo mejor, van a tener su venganza. Decía Foucault que las relaciones de poder se daban solo cuando la acción de poder tenía una reacción, es decir, cuando hay resistencia. Cuando la acción de poder es una fuerza unidireccional, por lo que no genera una reacción de resistencia, no hay relación de poder; hay violencia. Y si esto sucede es porque el hombre no es concebido como hombre sino como animal; porque se le quita su libertad de resistir, deshumanizándolo. Pero estos perros hombres deshumanizados tienen memoria y podrían generar una resistencia. Cuidado, dice el borracho, el sujeto que sería ahora el menos racional por estar alicorado; el hombre que nos advierte desde un sistema axiológico limpio; porque con Samanta los más locos son los más cuerdos.

En el baúl, el cuerpo golpea contra algo y después se oyen ruidos, como si el perro todavía tratara de levantarse. El Topo, creo que sorprendido por la fuerza del animal, sonríe y señala a la derecha. Entro por Brasil frenando, las ruedas chillan y, con el coche de costado, otra vez hay ruido en el baúl, el perro tratando de arreglárselas entre la pala y las otras cosas que hay atrás. El Topo dice: Frená. Freno. Dice: Acelerá. Sonríe. Acelero. Más, dice, acelerá más. Después dice: Frená, y freno. Ahora que el perro se golpeó varias veces, el Topo se relaja y dice: seguí. Sigo. Y no dice nada más.

Los animales tienen fuerza. Y la fuerza es golpeada a través de acciones de poder desiguales. El Topo es quien manda, quien piensa; nuestro hombre solo obedece. La ciudad empieza a configurarse a través del tránsito de un Peugeot por las calles; una ciudad en la que hay hombres perros, hombres que asesinan sin pensar, y hombres que piensan desde la irracionalidad para asesinar. En la ciudad estamos todos. La violencia es nuestro carro.

Cuando lo toco, cuando junto las patas para bajarlo del auto, abre los ojos y me mira. Lo suelto y cae contra el piso del baúl. Con la pata delantera raspa la alfombra manchada de sangre, trata de levantarse y la parte trasera del cuerpo tiembla. Todavía respira y respira agitado. […] Si nadie se entera de que maté un perro nadie se entera de nada.

El hombre perro no quiere morir. Sigue luchando por la vida que los dos hombres que está viendo han cercenado. El hombre que asesina sin pensar ve el dolor del perro hombre y en lo único que piensa es en que la muerte de un perro es menos importante que la de un hombre. Si no sentimos que algo se encoge dentro de nosotros ante el dolor de los demás, ¿qué nos hace ser humanos? ¿Qué será eso que llamamos humanidad?

Me asomo por la ventanilla y le pregunto qué va a pasar ahora. Nada, dice: Usted dudó. Enciende el motor y me doy cuenta de que me dejó en la plaza. En la misma plaza. Desde el centro, cerca de la fuente, un grupo de perros se incorpora, poco a poco, y me mira.

El hombre dudó; y para matar se necesitan hombres irreflexivos, irracionales, pero decididos. Ahora viene la justicia, ¿o acaso será venganza? Schweblin deja abierta una pregunta a sus lectores: y ahora, ¿qué deben hacer los perros frente al hombre que asesinó a uno de los suyos? ¿Matarlo? ¿Desgarrar sus carnes hasta desprenderla de los huesos? ¿O estos hombres perros harán justicia? ¿Qué es la justicia? ¿Cómo lograr que el hombre cumpla con su condena asegurando la paz? Parecen preguntas lejanas, pero están más cerca que nunca de nuestra realidad.



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