«Juliana»

Por: Ánderson Alarcón Plaza
@HJCKradio Ilustración: Brett Manning

Literatura

No he estado aún en el infierno, mas también allí estás tú.
Agustín de Hipona

 

Ahora que lo pienso, Juliana tenía dos grandes cualidades que la hacían ser una buena mujer: sabía inglés y se dejaba coger las tetas. Pese a ello esas no eran sus únicas virtudes, pues también era tan divertida como yo nunca pude ser y tenía una barriga y unos brazos monumentales que nos protegían a ambos de los embates que nunca nos faltaron. Estudiábamos en el mismo colegio y vivíamos bastante cerca. Nos encontrábamos cada mañana y regresábamos en la tarde juntos; a veces íbamos a cine y a veces jugábamos Xbox en su casa. Fuimos un buen par de amigos, aunque cuando todo empezó las cosas se dieron de manera distinta.

Lo nuestro, en principio, fue una unión conveniente, un negocio tácito con dos condiciones de base: si yo pasaba la materia (Juliana se sentaba conmigo cuando teníamos inglés) la dejaba cogerme de la mano al salir de clase y la llevaba hasta casa, en donde ella me dejaba cogerle las tetas negras y blandas y yo me hacía pasar como su novio frente a dos albinos, sus padres gringos, que no entendían ni una palabra de lo que yo decía.

Los viejos eran bastante superficiales: creían en la posición social, en las cenas con amigos y en el club de golf, aunque no supieran un carajo sobre ese juego burgués. Por eso mismo era importante tenerme a mí como “amigo” de su hija adoptiva, pues rechazaban el hecho de que la bebé hermosa que habían sacado de una casa pobre, se hubiera convertido de apoco en una masa informe, en un globo andante al que le había puesto por nombre Juliana.  Yo funcionaba bien como edecán, como contraste a esa fealdad creciente.

Ella también lo sentía así, y me usó durante algún tiempo para construir un castillo fuerte, con murallas y dragones a su alrededor. Yo era algo así como una catapulta que resguardaba toda esa estructura compuesta por el miedo que ella se encargaba de infundir. No puedo negar que nos divertíamos. A veces, cuando sus papás estaban presentes, nos gustaba  lanzarles palabrotas que no surtían ningún efecto. Decíamos “hijueputa” con una sonrisa en los labios cuando nos servían el almuerzo, o cada vez que  nos despedíamos, movíamos la mano y les decíamos “maricas”, con una naturalidad que llegaba a sorprendernos.

En el colegio, por el contario, no la pasábamos del todo bien. Yo apenas alcanzaba la estatura que podría considerarse normal para mi edad, mientras Juliana medía unos cuarenta centímetros más que la mayoría de los estudiantes. Ambos tratábamos de escabullirnos en el tumulto, pero los papeles volaban y le atinaban a Juliana en la cabeza. A mí me reprochaban mis amigos, me decían “tienes un gusto de mierda”, o “deja a tu puerca en la casa si quieres jugar”. Yo me acostumbré, pero Juliana nunca pudo con eso. Varias narices rotas y uno que otro moretón en la cara de los más insistentes eran buena prueba de ello. Yo le decía calma, Juli, nadie entiende, pero ella me decía “que se joda el puto mundo” y terminaba sin falta, una o dos veces a la semana, en la oficina del coordinador y rara vez, también, en la enfermería.

Las cosas empezaron a joderse un viernes en casa de Juliana, mientras yo le cogía las tetas y ella me lamía el glande. Me quiero casar contigo, dijo mientras se apartaba, con la mirada fija y los dedos firmes apretándome el escroto. Yo le dije está bien, cuando salgamos del colegio nos casamos. Pero ella dijo no, ya, mañana, la otra semana si necesitas tiempo para pensarlo. Yo le dije está bien, lo voy a pensar, y ocho días después le dije que no podría casarme con una puta hija adoptada por albinos retrasados y que, de ahora en adelante, le prohibía sentarse a mi lado cuando empezaran las clases de inglés. Ella se puso de pie, levantó una mano (creí que me iba a lanzar un bofetón) y me dijo puto o perro o algo por el estilo, mientras se daba la vuelta y se alejaba despacio, llevando consigo sus ochenta kilos de furia.

Juliana tomó cartas en el asunto. Durante días miré de reojo los callejones cuando caminaba de regreso a casa y me cuidé de no andar solo por la calle, pues temía un par de golpes anónimos a su nombre. Nunca pasó nada eso. Su partida casi inmediata a Estados Unidos fue un gran sello que lo dejó todo claro. Malditos albinos ricos, dije, y nunca volvimos a hablar de ella, aunque yo la recordaba a ratos, sobre todo cuando pasaba noches enteras estudiando el Tobe o los verbos irregulares para llenar el vacío que ella dejó.

Yo apenas me estaba adaptando a la fonética y a toda la mierda gramatical que nos metían para aprender algo de inglés, cuando pasó lo de mamá. Una mañana me sacaron del salón y me dijeron que estaba en el hospital. Corrí tanto como pude pero no me dejaron verla. Pasó algún tiempo para que los médicos salieran. Vamos a ser honestos, dijeron: la bici se le clavó en la espina y ya nunca va a poder caminar. ¿Ni tener hijos?, dijo papá. Nada, respondieron. Esa sí que fue una mala noticia para él, a pesar de que nos dijo que no pasaba nada, que seguiríamos unidos. Yo le creí, pero después me di cuenta de la gran mentira. Mamá, por el contrario, mientras estaba comiendo montones de chocolate y demás mierda que la hacía engordar día a día, lo veía como si fuera un gran héroe o un pedazo de curandero capaz de levantarla de su miseria y convertirla en una atleta olímpica.

Unos días después volvimos a casa. Lo del porno en el teléfono de papá fue un buen indicio para pensar que se iría pronto. Algunas mujeres era bastante feas, otras eran famosas y unas cuantas tenían caras infantiles. No tiene nada de malo, me dije, y no le di mucha importancia. Luego vi las primeras caras conocidas. Tía Lola estaba allí y también la pelirroja que vendía perfumes franceses y hacía manicuras a domicilio. Al final de todo eso vi la cara de papá, en un espejo, sonriente y con las piernas de una mujer tapándole la barbilla y la mejilla izquierda. Pensé durante un rato. No le iba a mostrar esa mierda a mi mamá y eso estaba claro, pero algo tenía que hacer. Se las mostré a mi papá y le ordené, le grité, que borrara todo y se pusiera a trabajar para pagarle unas buenas terapias a su esposa. Él agachó la cabeza, mientras asentía y botaba el celular contra una pared.

Al día siguiente se me acercó despacio y me ofreció el cigarrillo que llevaba en los dedos.

No fumo, le dije

Me voy para la USA

Qué bien. Mamá encontrará buenos médicos.

Me voy solo

Ese fue el clavo final. Mamá lloró durante un rato pero luego sonrío, pues el viejo prometió que volvería por nosotros. Yo sabía que no era cierto. Dejé el colegio y busqué trabajo en una fábrica de papeles y recipientes metálicos. Allí me relacioné con gente, conocí mujeres, gané algo de plata. No puedo decir que esa fue la mejor etapa de mi vida, pero sí una en la que aprendí mucho más de lo que pude haber aprendido en el colegio.

Allí conocí a Miguel, un mecánico empírico que  me enseñó lo suficiente para arreglar máquinas y lamer con prudencia algunos zapatos ingenieriles. También le pagué unas terapias a mamá. La vi mover las piernas algunos centímetros, con un esfuerzo superior al de cualquier pesista profesional. Me corté el cabello, me crecieron los bíceps, y los tríceps. Todo transcurrió como debía, hasta que un día me llamaron y me dijeron que debía viajar a Arizona para traer máquinas nuevas, unas de esas grúas gigantescas que mueven toneladas y pesan menos que un adolescente.

Comida, estadía, todo iba por cuenta de la fábrica. Allí me di cuenta de que ni el Tobe  ni los verbos irregulares servían para algo. Pasé días y días encerrado en el hotel, bajando a comer miserias congeladas y a beber cervezas tan insípidas como las de Bogotá. Pensé que me iba a morir de frío o de aburrimiento, así que pronto me decidí a caminar un poco. Tratando de aplacar los impulsos que me llevaban a querer interactuar con las rubias, pude ver la nieve. Saqué unos dólares, compré chucherías, tomé algunas fotos. En una de esas quise ponerme frente a un pino gigantesco que estaba adornado con bolas de colores e intenté comunicarme con la primera persona que pasó. Muchos me ignoraron pero alguien al fin, una mujer de piernas largas y labios pálidos, tomó la foto.

Qué mierda haces aquí, preguntó mientras me devolvía el celular.

Supuse que al fin empezaba a entender lo que me decían. Eso de pensar en inglés al fin se me estaba dando.

Que qué mierda haces, repitió la mujer.

No mucho, soy colombiano.

Eres una puta mierda

¿Juliana?

Era ella.

Vi la pantalla del celular y noté que mi cara no había cambiado mucho desde que dejé el colegio y empecé con el trabajo. Luego levanté la mirada, temiendo las pupilas redondas de Juliana clavándose en las mías. Intenté hablarle, pero ella se marchó de inmediato. Noté que había bajado de peso, que conservaba sus tetas monumentales y que tenía un culo nada despreciable. Caminé tras ella durante algunos minutos, hasta que temí perderme y me devolví al hotel, con las manos congeladas y sin poder sentir los dedos de los pies.

¿Está duro el invierno, no? dijo el portero. Por su acento supe que era de alguna parte de Latinoamérica.

Mucho. Usted también es colombiano. ¿Quiere tomar una cerveza?

El hombre aceptó y, sacando unas latas azules de la nevera, me dijo que había pensado en hablarme antes, pero se había arrepentido, pues yo tenía toda la pinta de ser un marica.

No salías de la habitación y pedías puras pendejadas. Aquí hay muchas mujeres. Cuando un latino no sale a intentar tirárselas es porque seguro es marica, me dijo.

Lo refuté contándole lo que me había sucedido esa tarde. El tipo se rió, sacó dos cervezas, me anunció que esas iban por su cuenta. Bebimos durante toda la noche hasta llegar a una única conclusión: a la mañana siguiente yo debía buscar a Juliana.

Así lo hice. Poniéndome sendos guantes, salí hasta encontrar el árbol decorado. Luego intenté orientarme, seguí algunos de mis recuerdos y llegué hasta un barrio de casas grandes y jardines frontales. Varias veces creí haber visto a mis antiguos suegros albinos, pero de a poco me fui dando cuenta de que todos los que vivían en ese lugar eran iguales.

Encontré un cafecito abierto, pedí un espresso, me senté a esperar. Lo que me había dicho el portero era cierto: la cantidad de mujeres era innegable y todas me miraban con esos ojos caníbales de conquistador con los que solo Juliana solía verme. Esperé unas dos horas. Nunca apareció. Regresé al hotel. El portero me vio llegar con la cabeza gacha y las manos en los bolsillos. Supo que no había tenido éxito, de nuevo nos emborrachamos.

Al día siguiente volví a probar suerte. Pude verla contoneando sus nalgas por una de las calles del barrio elegante. Sin que se diera cuenta, la seguí hasta su casa. Los viejos albinos habían envejecido, parecían un par de hojas secas sin un milímetro de tinta. No me atreví a timbrar, solo miré durante un rato por la ventana. Regresé al hotel y nuevamente tomé cerveza y un poco de whiskey con el portero. A la mañana siguiente, por primera vez, me dolió la cabeza. La boca me sabía a mierda, las manos me temblaban, no podía sostenerme solo. Pese a ello, me lancé de nuevo a la calle, llegué a la casa de Juliana y toqué el timbre. Nadie abrió. Confiaba en que la encontraría, pues al día siguiente debía regresar a la fábrica. Esperé tantas horas como el frío me lo permitió, pero finalmente regresé de nuevo al hotel y tomé tantas cervezas que, al día siguiente, en el avión, vomité como nunca el pasillo estrecho, salpicando también a alguna gente que tenía trajes elegantes. En la primera escala tuve que salir afuera y tomarme un somnífero. El resto del viaje fue más bien de tinte cósmico, pues dormí como nunca lo había hecho.

Al llegar busqué a Juliana en Facebook. No pude encontrar si quiera su antiguo perfil, lleno de fotos oscuras con los mensajes motivacionales que sus padres le hacían repetir cada mañana. Trabajé duro en la fábrica, vi a mamá levantarse de la cama. Un día me dijo que quería conocer el mar antes de morir y accedí. Fuimos a Cartagena, nos alejamos en un hostal, visitamos las esculturas, el castillo, la ayudé a meterse al mar.

Nos pasamos una semana inmersos en una rutina intermitente: íbamos del hostal a la playa, de la playa a un restaurante y de allí de nuevo al hostal. Para entonces mamá se arrastraba gracias a unas muletas. Yo siempre le cogía los brazos, se los apretaba con fuerza y le decía que ahora tenía unos músculos del carajo, mejores que los míos. Ella no se reía, solo agachaba la cabeza y se arrastraba con más fuerza.

Yo le estaba diciendo tranquila, mamá, mientras le besaba la frente, cuando vi pasar una sombra a nuestro lado, rápida, impulsada por un par de tacones que la hacían parecer una gran escalera. De inmediato solté a mamá, la dejé sentada en una silla y me fui tras la sombra. Ella sabía que la estaban siguiendo, pero no hizo nada para evitar que la alcanzara.

Hola, me dijo.

La miré durante un rato. Tenía la cabeza rapada y los labios pintados de un color oscuro. Sus piernas eran un poco más flacas que las de mamá, por lo que era sorprendente que estuviera de pie.

Te estuve buscando, Juliana

Estoy enferma, respondió. Cáncer.

No sabía si decir que lamentaba oír eso, o que conocía a un buen par de médicos que seguro la podían ayudar. La recorrí de arriba a abajo y me di cuenta de que sus tetas se habían ido, ya no estaban, se habían esfumado.

De seno, dije, y luego lamenté haber dicho semejante estupidez.

Ella asintió. Se despidió de mí dándome un beso en la mejilla, me pidió mi número, afirmó que llamaría. Yo no dije una sola palabra. Solo vi cómo se alejaba dando largas zancadas y se metía por una calle lateral. En el horizonte el sol hacía que el cielo se tornara rojo. Volví a la silla en la que había dejado a mamá, sabía que no estaría contenta. Me recibió en silencio, fuimos al hostal. Al día siguiente regresamos a casa.

Mamá murió. Todo pasó como ella lo había soñado. Ni dolor, ni lágrimas, ni reuniones familiares a su alrededor. No tuvo nada que ver con su invalidez, solo murió en su cama, después de acostarse a dormir. Yo me sentí satisfecho, pues pocos meses atrás habíamos hecho el viaje que ella había soñado siempre. Al entierro solo vinieron los más cercanos. Me negué a pegar la publicidad que me ofrecieron en la funeraria. Un par de tías religiosas se encargaron de las oraciones y de las velas. Yo compré una corona tejida con claveles. Manuel, mi antiguo jefe, me ayudó, junto con otros empleados, a cargar el cajón.

Después del entierro papá apareció durante un rato. Venía de la mano con una negra monumental a la que seguro le llevaba más de una década. Yo lo saludé con un movimiento de cabeza, él se acercó a la tumba y se esforzó por llorar durante algunos minutos. Fui el último en salir del cementerio. Los demás formaron pequeños grupos y se alejaron mientras arrastraban los pies.

Sobra decir que nunca pude aprender a hablar inglés, por eso no entendí ni una palabra de lo que Juliana me dijo la última vez que la vi. Se me acercó y me tocó el hombro con el índice.

Will you marry me, dijo.

Por encima de la ropa de invierno que llevaba pude ver su clavícula marcándole la piel.

Perdona, respondí. No entendí una mierda.

Que si te quieres casar conmigo, dijo, llevando su mano hasta la cremallera de mi pantalón y apretando tan fuerte como, supongo, podía hacerlo.

Le tomé la mano e hice que de a poco fuera disminuyendo la presión. No puedo casarme con una puta hija adoptada por albinos retrasados. No vuelvas a hablarme y ahórrate tu mierda de inglés, le dije. Luego caminé durante un rato. Sentí que, por fin, todo había acabado.

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