Lanzamiento

Lanzamos Fragmentos, un espacio para leer en voz alta algunos capítulos de libros. Nuestra premisa: La voz es el conducto de los sentimientos y no hay otro sentimiento más allá del amor.

 

No vengo de una familia lectora, pero sí con una tradición oral envidiable. Mi mamá tiene el don de convertir cualquier anécdota en una legendaria historia, solo tenía que comenzar con un imagínate y entonces las palabras brotaban como personas o montañas o nubes o soles. No salían palabras de la boca de mi mamá, no. Me clavaba los ojos entre el pecho, como si fueran chamizos secos y yo no podía dejar de mirarla, luego soltaba una risa y entonces la luz ambarina se le reflejaba en esos ojos verdes que tiene. Mi mamá me contaba, sobre todo, historias de su infancia. Creció en una montaña de El Peñol, Antioquia, y caminaba descalza por los bosques.

Solía imaginármela como un tigrillo desnutrido, amarillo por el sol y con los ojos opacos. Ella añoraba volver al pasado, como yo lo añoro hoy: el vicio de la nostalgia se lo heredé, pero no la culpo, esa ha sido nuestra trinchera. Mi mamá hablaba de cómo su abuelo Julio la montaba a caballo y les llevaba del pueblo unos confiticos rojos con rayas blancas y de cómo su abuela hacía arepas en las mañanas, pero la historia que más disfrutaba escuchar era la de los viernes en la vereda.

Cuenta mi mamá que los viernes la gente no esperaba a que oscureciera para llegar a la casa de los Builes. En ese entonces, hace más de 40 años, no había luz en la finca: solo dos lámparas de petróleo “y las estrellas, porque el cielo es una sábana que cubre al sol: los rayos se le escapan por cualquier huequito y a eso le decimos dizque estrellas”. La casa era una finca tradicional, con un corredor lleno de matas y unas bancas en madera. Llegaban primos, tíos y vecinos, entonces mi abuelo sacaba una guitarra y otro tío llevaba un parqués. Las mujeres se trenzaban el cabello y hablaban toda la noche de sustos en el monte o de máquinas o de maíz o de personas. |

Mi mamá y mi tía se quedaban despiertas oyéndolos. Si la felicidad es una mezcla de expectación y certidumbre, ellas eran felices. Cuando mi mamá contaba esas historias yo me quedaba quieta, ambas suspendidas dentro de una caverna, que es lo que siempre ha sido nuestra relación. El refugio. Ella siempre me decía que la infancia pasaba muy rápido y yo no le creía, porque lo único que yo quería cuando era niña era dejar de serlo. De manera que siempre que pienso en el campo, pienso en alguien con los ojos verdes que no quiere que yo muera.

Nadie leía en mi casa, como les dije, pero todos contaban historias. Era como si algún misterioso maestro omnisciente hubiera dado a cada uno de la familia un manto de narrador para lo que llevaran y ellos lo hubieran aceptado sin rechistar. El maestro había dictaminado: “son personas que cuentan historias”. Ellos se habían examinado sin notar que nada contradijera el dictamen; vieron, de hecho, que lo confirmaban sus vecinos y sus tíos y sus primos. Todas las miradas. “Sí, tiene usted razón”, dijeron. Y tomaron en sus manos las historias, se las echaron encima como una capa y se fueron por el mundo con ella. Cada uno lo manejó a su manera. Aníbal, mi abuelo fue el más dramático y mi mamá la más teatral.

En mi familia nadie leía, pero mi mamá me enseñó hacerlo cuando yo tenía 5 años. Entonces me dijo una frase que retumba en mi cabeza como una sentencia macabra: “La voz es el conducto de los sentimientos y no hay otro sentimiento más allá del amor”.

Cuando comencé a leer, ya de grande, disfrutaba —disfruto— que me leyeran lo que yo estaba leyendo. Era para mí una liturgia íntima. El compromiso de la voz, el conducto del amor. El amo. Por eso quise leer en voz alta, con esta voz que no es mía. Esta que oyen es una representación de mi cuerpo en un espectro que no veo y que no entiendo. No soy yo la de la voz, es la voz de la acompañante, de la sola. No sé porqué lo hago, en estos tiempos donde hay de todo en todas partes. Supongo que por eso. No importa la sangre derramada en la tierra, una gota encima de la otra, porque siempre habrá más sangre y esa sangre también es nuestro llanto y nuestro canto.

 


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