Escribirás novelas muertas

Por: Juliana Muñoz Toro*
@julianadelaurel Ilustración: Brett Manning

No Ficción

La escritora bogotana le escribe una carta a su yo pasada, una periodista que en las noches se dedicaba a escribir azarosamente, llena de vértigo.

Digamos que a esta hora, hora sin sol, te veo en mi reflejo. Te veo cansada y pequeña. Cerraste la puerta, tus padres duermen. Tecleas tan fuerte que puedes despertarlos, tecleas para entender que tienes algún tipo de ritmo. Tu escritura aún es tan intuitiva, tan visceral, tan ingenua. Dices que de día eres una, la estudiante, la aprendiz de periodista, y en la noche otra, la escritora platónica.

Vives sin gastos, pero también sin dinero. Apenas dos billetes en el bolsillo, uno para ir a la universidad y otro para regresar. Tomas ese curso que aplazaste toda la carrera porque creías que no serviría para nada. Te lo digo ahora, diez años después: no, no sirvió para nada, pero debías hacerlo, así como debías leer lo que leíste, intentar los ensayos mediocres que escribiste y los cuentos que jamás tuvieron un lector. Cada letra sirve, aunque ahora no lo creas. No son los párrafos publicados la base de una escritura, sino el cementerio de palabras que hay debajo de ellos.

Sobre todo tenías que vivir tanto desamor, tanto malestar de mundo, de gente, de ti misma. Lo sé, aún te veo en el reflejo: tu cabeza rumiante, los dedos con la piel herida, el hambre que no se quita. Tenías que incomodarte porque solo así se llega a un refugio. El refugio de la ficción: respuestas imaginarias a preguntas imposibles, historias resucitadas de tu madre y tu padre y tu abuela y de la niña que fuiste.

Te lo digo ahora: escribirás novelas muertas y poemas que aún hoy en día no han salido de tu archivo. Escribirás cinco versiones del mismo manuscrito, no sabrás a dónde ir, no tendrás una estructura, ni mucho menos un plan. No escribirás ocho horas al día, como dicen los verdaderos escritores que hay que hacer. Pero tampoco esperarás a que llegue la musa, no esperarás riqueza, no esperarás más felicidad que la de escribir en tu soledad al ritmo del tecleo. Oh, pero la musa llegará cada vez que estés sentada, cada día, cada noche, frente a la pantalla. La encontrarás en esos libros que tanto te gustan: en Evelio Rosero, en Afonso Cruz, en Clarice Lispector. Estará sonriéndote en los segundos pisos, en las hojas secas que coleccionas, en los apuntes sueltos de tus decenas de cuadernos. Y sí, podrás vivir de eso, porque para ti, aún desde que eras pequeña, la única vida posible era una vida sin horarios, sin cubículos, sin manuales de escritura o formatos para llenar. Una vida para pensar en historias y poesía.

¿Tienes más preguntas? Será mejor que no las responda, sino que caigas y saborees el error. Lo harás. Todo pasa siempre. Soy yo la que ahora tiene preguntas al reflejo que también soy, que alguien más mira. Cómo seguir, cómo renovarme, cómo enseñar, cómo seguir escapando del tedio. No sé y por eso escribo. Cierro la puerta, mi compañero duerme. Me dejo guiar por el sonido del tecleo.

*Escritora bogotana. Autora, entre otras novelas, de “Los últimos días del hambre” y columnista de libros de El Espectador. Profesora de la Maestría de Creación Literaria de la Universidad Central. 



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