Érase que se es… Fernando del Paso, poeta

Por: William Pascagaza Jiménez
@hjckradio Fotos: AFP

Literatura

El año pasado, a los 85 años murió en un hospital de Guadalajara el escritor mexicano: Fernando del Paso, autor de prolíficas novelas históricas, poeta y diplomático. Homenaje.

Las muertes, todos lo saben, suceden furiosamente rápido -para un mundo que ya lo es de por sí- y nos llegan con precipitación, dejándonos un peso particular y, en muchas ocasiones, sordo. Para este caso, tanto el primer sustantivo en plural como el peso particular no son gratuitos. Se habla de “muertes” porque pareciere que hay mortales que tienen una forma singular de irse, más aún si se llaman Fernando del Paso y que dejan, a su vez, gran agobio, quizá por poseer una de las vidas más fascinantes de la cultura literaria latinoamericana.

Fernando del Paso, 1986. Foto: Despatin & Gobeli/Opale/Leemage

Mucho se ha dicho del artista mexicano. Las palabras de escritores de renombre como Elena Poniatowska, Juan Villoro o Jorge Volpi, lo sitúan como uno de los grandes escritores de la narrativa mexicana, mencionando incluso que con su muerte se cierra una Edad de Oro de ésta. Su colorida extravagancia en el uso de ropas y palabras, la magnitud histórica y literaria de sus tres novelas, y la anécdota de la camisa heredada del poeta José Carlos Becerra, han querido acercarnos la genialidad de su persona. Sin embargo, poco se ha dicho de su poesía.

Abrir, para espantar el silencio, las páginas de Sonetos del amor y de lo diario, publicados en 1958 los primeros nueve y cuarenta años después los restantes, en 1997, es encontrarse frente a otro cariz del universo literario de Del Paso. Si bien la imagen que el mexicano siempre mostró fue la de un hombre extrovertido, en ellos nos encontramos a un poeta sereno e íntimo, quien parece ir tras las maneras más sencillas del amor y la vida, justamente, encontradas en el día a día.

Sereno pero no pasivo (ni paciente), el ímpetu de sus palabras tiende a la transformación de la normalidad de las cosas y el cuerpo en acontecimientos mayores y majestuosos. Esto se siente, especialmente, en la búsqueda de un lenguaje que no diga sino cante el amor y el erotismo, logre la insondable turbación que en sí poseen la pasión y el deseo, y poder comunicar. 

La fuerza literaria de su percepción mundana del mundo (que es decir del cuerpo), nos ofrece la posibilidad de interpretar de una manera diferente lo que consideramos cotidiano y ritual, como es la concepción católica de lo virgen. Asimismo, en el clamor de acariciar a la amada “como rezar las cuentas de un rosario” desdibuja, para dibujar de nuevo, un símbolo que nos pertenece a todos como descendientes de una sociedad religiosa.

Esa indagación es también la apertura a un decir profundo del amor sencillo, transfigurándolo en elemento vital de la sencillez de las cosas del mundo. Del Paso es un poeta que encuentra los signos de la pasión en las frutas, los paraguas, los manteles, las yeguas y se vuelca a extraer de ellas las medidas de sus sentimientos. Para hallar las dimensiones de algo grande, se aboca a la cercanía de lo pequeño:

“Te me das tan de lejos, tan de lado
que son pocos y necios los enseres
con qué hacer a la siembra y al hilado.
Cuéntame de la cosas que me quieres:
si son tierra o embriones, da el arado,
o la tela y el hilo, si alfileres”.

Dice Juan Villoro que Fernando del Paso consideraba poeta, no sólo a quien se da “a la hechura de poemas”, sino a toda persona dedicada al oficio de la palabra. En ese sentido, con Palinuro de México o Noticias del Imperio él puede reclamarse -y ser reclamado- como tal. Sin embargo, ¿no lo hacen estos sonetos un auténtico y grandioso poeta en el sentido tradicional del oficio? La renovación del lenguaje alcanzado en este poemario, haciendo uso de una de las estructuras métricas de más desarrollo, lo posicionan como fundamental. Todos los mortales pueden considerar el amor como algo diario, pero no todos pueden comunicar esa cotidianidad de forma tan magistral. Todos pueden considerarse bochornosamente apenados por amar un día cualquiera, pero no todos pueden cantar que llueve

“Y llueve, y llueve y llueve y de repente
la lluvia se hace nieve: esta mañana
que nieva tanto en Londres, y ha nevado
luminosa y nupcial y blancamente
en jirones, tu piel, por mi ventana,
ningún sol, como yo, tan desolado”.

Aun en el uso de analogías y metáforas, el mexicano acude a la simplicidad para hacerla grandiosa y sin necesidad de ornamentaciones. Parece encontrar que el cuerpo monótono de la mujer semeja el rutinario ser de los paisajes, pero que esto no lo apoca sino que lo abre a la posibilidad de la revisión y la reinvención. Por eso, sus metáforas, aunque parecen revestidas de cierta llaneza, toman vitalidad en su apego irreductible al mundo de las cosas:

“La estrella es un secreto de tu pelo,
tu pelo es una llama que delira,
y la llama un espejo en que se mira
con la lengua de fuera, un toro en celo».

Los Sonetos del amor y de lo diario, que son los sonetos de lo diario del amor, amplían nuestra mirada sobre el extraordinario escritor que el 14 de noviembre tuvo una muerte, para ponerlo en términos de Mario Benedetti, “lisa y llana”, es decir, inexistente: no muere realmente quien, al estilo gelmaniano, “tira contra la muerte” por medio de las palabras, de la manera en que lo hace el mexicano, y diariamente.

Érase y es, Fernando del Paso, uno de los poetas más atrevidos y renovadores de nuestra lengua en el último medio siglo. Por eso ningún homenaje pesa demasiado. Por eso cualquier homenaje hacia él debiera ser todos los días.

 

 

 

 



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