Walt Whitman, dos siglos después

Por: José María Baldoví
@HJCKradio Foto: Cortesía

Literatura

Una mirada a la obra del poeta que puso en vigor el verso libre, apeló al lenguaje popular y creó una expresión poética netamente estadounidense.

Naturaleza y libros, y no menos la oratoria de los profetas bíblicos, fueron las grandes seducciones de aquel hijo de un carpintero pobre y enfermo. Nacido el 31 de mayo de 1819 en Long Island, vivió, como en el verso rubendiariano, hambriento de espacio y sediento de cielo. Por eso en su imaginación recorrió la inconmensurable tierra de los libres y hogar de los valientes, como predica el himno de los Estados Unidos de América. La América heroica de sus composiciones enérgicas, optimistas, libre de la métrica tradicional. Aquel hijo era Walter Whitman, que también moriría pobre, aunque venerado por la fama.

Descendiente de dos sangres vigorosas: por el lado paterno de labradores ingleses y de marineros holandeses por su “madre perfecta”, la familia Whitman se traslada, en 1823, a Brooklyn, por entonces una aldea que empezaba a crecer. Junto a rocas y árboles y frente a las aguas del East River, Walt recitó de memoria versos de la Ilíada, de la Divina Comedia, de Shakespeare. La Biblia, naturalmente, también inflamó su canto y su memoria. Pero su familia no crecía económicamente, y antes de cumplir la edad de 13 años, Walt abandona la escuela pública para dedicarse a trabajar en los más variados oficios a lo largo de su vida: mensajero en un despacho de abogados, tipógrafo, periodista –fue director del Eagle de Brooklyn-, maestro de escuela, empleado público, ayudante de carpintería, incluso curó heridas en la Guerra de Secesión.

Antes de 1855 no había publicado nada memorable. Una novela y unos versos parejamente mediocres. Pero ese año apareció, casi de manera clandestina, la primera edición de Leaves of Grass, Hojas de hierba, obra impresa por él mismo y a la que le entregaría el resto de sus días, pues la ampliaría en una docena de ediciones. A la altura de la octava, el volumen ya alcanzaba ochocientas páginas y sobresalía el Canto a mí mismo, uno de los capítulos más conmovedores.

Fueron treinta y siete años dedicados a edificar una obra orgánica y descomunal, años durante los cuales ríos, montañas, praderas, bisontes, ciudades, “multitudes de hombres y mujeres de una generación o de muchas generaciones futuras” se multiplicaron hasta conformar lo que para el autor era la epopeya democrática de América. Democrática –no por sus maniobras y doctrinas- por sus formidables accidentes geográficos, por el paisaje asombroso, por la naturaleza infinita y sus gentes del martillo, de la caldera, de los trigales, de los ingenios azucareros, de los balleneros, del ferrocarril y del vapor. Esta era para Whitman la “Raza de veteranos-raza de vencedores”. “Raza de la pasión y la tempestad”.

Saludadas estas hierbas por Emerson –que buscaba un poeta que encarnara la belleza de los “dioses liberadores”- en una carta citada mil veces, el autor de Naturaleza declara que el libro de Whitman “es la creación más extraordinaria de ingenio y de sabiduría que los Estados Unidos han producido hasta ahora”. En sus Hojas se respiraba el furor del Nuevo Mundo. El júbilo del músculo. La inmaculada desnudez del cuerpo.

El talento de Whitman consistió en que no repetía los trasnochados modelos de la poesía inglesa, adoptaba el verso libre e incluía el lenguaje popular. El inglés callejero. No faltó en sus líneas la abierta alusión erótica, lo que le causaría censuras, ataques y envidias. Y seguiría la pauta de los Salmos del Antiguo Testamento, porque los de Whitman fueron himnos y cantos de carácter mesiánico; es decir, salmos, que en el caso de las Escrituras, profetizaron la vida y la pasión de Jesucristo, y en el caso de viejo Walt profetizaron el ascenso, el triunfo y la dilatación de “la sal de la tierra”: esa nación providencial, como lo es toda nación juvenil e imperial.

En su Salut au monde, otra estación de sus Hojas, especie de Aleph, imagen planetaria, anticipación del cristal borgeano, mira para estos lados sudamericanos:

Veo al vaquero brasileño,
Veo al boliviano que sube al monte Sorata
Veo al gaucho que cruza las llanuras, veo al incomparable
domador de caballos con su lazo en la mano,
Veo en las pampas, la persecución del ganado salvaje.

Whitman fue el poeta de América: la novedad prodigiosa. Y Poe el representante de aquellos que veían en América la continuación de Europa.

Amante de los animales, como San Francisco de Asís y Fernando Vallejo, de ellos escribió así en Canto a mí mismo:

Creo que podría volverme a vivir con los animales.
¡Son tan plácidos y tan sufridos!
Me quedo mirándolos días y días sin cansarme.
No preguntan,
ni se quejan de su condición;
no andan despiertos por la noche,
ni lloran por sus pecados.
Y no me molestan discutiendo sus deberes para con Dios…
No hay ninguno descontento,
ni ganado por la locura de poseer cosas.
Ninguno se arrodilla ante los otros,
ni ante los muertos de su clase que vivieron miles  de siglos
antes que él.
En toda la tierra no hay uno solo que sea desdichado o venerable.

La “autobiografía de todo el mundo”, como dijera Gertrud Stein de Hojas de hierba, es una sucesión retórica y enumerativa de rítmicas oleadas; una galería de imágenes míticas; una refundación del Edén. Su estilo poético fue cercano a la prosa, o fue prosa cercana a la poesía. Influyó en García Lorca, Neruda, Cardenal, Borges, Ginsberg. Influyó en la forma en que soñamos a América.

Escribió Whitman –que moriría el 26 de marzo de 1892 en Camden, Nueva Jersey- que “la prueba del poeta es que su país lo absorba sentimentalmente de la misma forma que él absorbió a su país”. El proceloso viaje del capitán no ha terminado.

 

José María Baldoví es docente universitario, autor de Recortes. Textos de periodismo literario. Alcánzame las gafas (novela sobre Fernando Pessoa) y de El capitán Blake y otros cuentos demoledores.


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