Cine

Se cumplen 45 años de esta obra maestra de Martin Scorsese, una cinta que ya convertida en todo un clásico del séptimo arte, es una temprana radiografía sobre la violencia subterránea en la sociedad contemporánea.

“Algún día vendrá lluvia de verdad y hará desaparecer toda esta escoria de las calles”. Así y entre los dientes refunfuña Travis Bickle, el hombre que encarnado por Robert De Niro recorre las calles de Nueva York en su taxi, adentrándose en el vientre de la ciudad y siendo testigo de aquellas cosas que suceden en la oscuridad de una calle fría y que la gente no ve nunca. Pese a que la provocadora cinta que no tuvo una gran acogida en su estreno, acabaría por reflejar todos los defectos de la sociedad norteamericana, ahora convulsionada por una generación que se opone a la guerra en el Vietnam y la poca confianza política que envuelve a la clase dirigente en el escándalo de Watergate. Lea además: Susana Boreal: la batuta de la protesta

En el primero de sus alabados papeles como protagonista y bajo la dirección de Martin Scorsese, De Niro es ahora un hombre aturdido, invisible e impotente. Psicótico. Un hombre que más que escandalizado ante la decadencia social, se siente frustrado de sí mismo. Un hombre atormentado por los deseos y las cosas que él mismo dice despreciar. Sin embargo, aunque asqueado de su propia existencia y en un intento por redimirse desesperadamente en la sociedad, en el violento guion de Paul Schrader, es demasiado tarde. No hay salida para este veterano de guerra. Era una provocación hostil.

El descenso de Bickle, que en un comienzo parece doloroso de ver, acaba por destrozar los nervios e inspirar lástima. Travis empieza a cortejar a Betsy (Cybill Shepherd), una hermosa muchacha que colabora en una campaña política. Cuando ve que sus insinuaciones son rechazadas inevitablemente, su alienación y resentimiento se vuelven más intensos. Pese al intento de reintegrarse, el rechazo de esa sociedad que le da la espalda es ahora el motivo para destruirla. Quiere asesinar a un candidato presidencial, pero el plan fracasa. Pero en un último y desesperado intento por redimirse, Travis emprende una misión suicida: rescatar a una prostituta menor de edad de las garras de un proxeneta que la explota.

Travis: una criatura de la noche

Es difícil imaginar otro retrato de anomia y de malestar social más sombrío y deprimente que el que revela Taxi Driver, catalogada por muchos como la obra maestra de Scorsese. La cinta, acompañada de una partitura jazzística y aterciopelada a cargo de Bernard Herrmann (su última obra para el cine antes de morir), de recurrentes diálogos, voces en off del protagonista y de otros elementos tan propios del cine negro, consiguen ubicar a un desconocido anónimo ante la escena de un asesinato. ¿Qué pasa por la cabeza de Travis?

Scorsese, Schrader y De Niro parecen lanzarnos la misma pregunta. Durante la película, el ambiente se vuelve claustrofóbico. Sombrío. Nos envuelve en el desquicio de su cabeza. En la asfixiante y lúgubre ciudad que no irradia esperanza. Travis es “el hombre subterráneo” de Dostoievski, ese que sale a la superficie con una pistola empuñada en su mano dispuesto a matar, un antihéroe con el deseo de limpiar la sociedad a sangre fría: “He aquí un hombre que no estaba dispuesto a seguir aguantando”, dice con sorna. “Un hombre que se enfrentó a la escoria, a los indeseables, a los perros, a la porquería. A la mierda”.

Sin embargo, Bickle acaba por convertirse en una criatura de la noche que desafía todos los axiomas morales al convertirse en un héroe que ha emprendido una cruzada, cuyo triunfo es a la vez una tragedia y que en una redención irónica de que el fin justifica los medios, el espectador acaba por buscar desesperadamente respuestas imposibles. Lea: Sixto Rodriguez: el héroe desconocido del Apartheid

 


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