Literatura

Lea en la HJCK un fragmento del libro de ensayos sobre feminismo, arte y ciencia de la escritora que hoy recibió el premio Princesa de Asturias de las Letras.

La escritora y poeta estadounidense Siri Hustvedt fue distinguida con el Princesa de Asturias de las Letras por su larga y variada carrera, con la que contribuyó al “diálogo interdisciplinario entre las ciencias y las humanidades”, indicó el jurado.

Siri Hustvedt, de madre noruega, y padre hijo de inmigrantes noruegos, nació en 1955, es autora de novelas y ensayos:

 Leer para ti (1982)

Los ojos vendados (1992; Seix Barral, 2018)

Todo cuanto amé (2003; Seix Barral, 2018)

Una súplica para Eros (2005)

Elegía para un americano (2008)

La mujer temblorosa o la historia de mis nervios (2009)

 Ocho viajes con Simbad: palabra e imagen (2011)

 El verano sin hombres (2011)

Vivir, pensar, mirar (2012)

El mundo deslumbrante (2014)

En el 2017 la editorial Seix Barral publicó La mujer que mira a los hombres que miran a las mujeres. Ensayos sobre feminismo, arte y ciencia. La traducción de esta obra al inglés estuvo a cargo de Aurora Echevarría:

Este es un fragmento de dicha publicación:

El arte no puede ser la aplicación de un canon de

belleza, sino la aplicación de lo que el instinto y el

pensamiento pueden concebir independientemente del

canon. Cuando amamos a una mujer no empezamos

a medir sus formas; amamos con nuestros deseos y, sin

embargo, hemos hecho lo imposible por introducir

el canon hasta en el amor.

Pablo Picasso

 

Lo importante es tener un amor verdadero por el

mundo visible que está fuera de nosotros mismos, así

como conocer el profundo secreto de lo que sucede en

nuestro interior. Pues el mundo visible en combinación

con nuestro yo interior proporciona el terreno donde

podemos buscar infinitamente la individualidad de

nuestra propia alma.

Max Beckmann

 

En esa fase temprana quizá pintara la mujer que hay

en mí. El arte no es una ocupación completamente

masculina, ¿sabes? Soy consciente de que algunos

críticos podrían interpretarlo como una confesión de

homosexualidad latente. Si yo pintara mujeres bellas,

¿me haría eso aparecer como no homosexual? A mí

me gustan las mujeres bellas. De carne y hueso;

incluso las modelos de las revistas. Las mujeres a veces

me impacientan. En la serie Mujeres he pintado esa

impaciencia. Eso es todo.

Willem de Kooning

Las declaraciones de los artistas sobre su propia obra son fascinantes porque nos revelan algo acerca de lo que creen estar haciendo. Sus palabras nos dan una idea u orientación, aunque ésta nunca es completa. Los artistas (de toda índole) sólo son parcialmente conscientes de lo que hacen. Una parte considerable de la creación artística tiene lugar a nivel inconsciente. Sin embargo, en estos comentarios, Picasso, Beckmann y De Kooning relacionan su arte con un sentimiento —con el amor en los dos primeros casos y con la impaciencia en el tercero— y, en los tres casos, las mujeres están involucradas de alguna manera en el proceso. Picasso se sirve de la metáfora de amar a una mujer para hablar de la pintura. Su «nosotros» es claramente masculino; Beckmann da consejos a una «pintora» imaginaria, y De Kooning intenta explicarnos, aunque a la defensiva y preocupado, que sus «mujeres» han sido creadas a partir de la evocación de la mujer que hay en él. Los tres afirman que entre su estado interior y la realidad del lienzo existe una relación fundamental basada en sentimientos y que, de un modo u otro, en su creatividad ronda una idea de la feminidad.

¿Qué estoy viendo? En la exposición «Mujeres», en la que sólo hay cuadros de estos tres artistas sobre el tema de las mujeres, estoy delante de una imagen tras otra de mujeres pintadas por artistas a los que hay que llamar modernistas y cuya representación de la figura humana ya no se halla constreñida por las nociones clásicas de similitud y naturalismo. Para los tres pintores, mujer parece abarcar mucho más que la definición de diccionario: «persona de sexo femenino adulta». En El segundo sexo, Simone de Beauvoir sostenía que no se nace mujer, sino que se llega a serlo. Es indudablemente cierto que los significados de la palabra se acumulan y cambian incluso en el transcurso de una sola vida. A partir de la década de 1950 se hace una distinción entre sexo y género. El primero marca la diferencia biológica entre cuerpos masculinos y femeninos, y el segundo engloba las ideas elaboradas por la sociedad de feminidad y masculinidad que varían con el tiempo y la cultura. Pero incluso esta división se ha vuelto, en teoría, complicada.

En el arte no recurrimos a los cuerpos vivos. Estoy mirando espacios ficticios. Los corazones no bombean. La sangre no fluye. Los marcadores biológicos de la hembra humana —los senos y los genitales que veo en estas imágenes (cuando los veo)— son representaciones. El embarazo y el parto no figuran de forma explícita en estos cuadros, aunque a veces lo que no está presente es igualmente poderoso. Estoy contemplando a habitantes del mundo imaginario, del juego y de la fantasía, creados por pintores que ahora están muertos pero que en el siglo XX hacían arte. Sólo perduran los rastros de los gestos corporales del artista: los trazos dejados por un brazo que se movió violentamente o con cautela en el espacio, una cabeza y un torso que se inclinaron hacia delante y luego hacia atrás, unos pies plantados uno al lado del otro o en ángulo, unos ojos que captaban lo que había y lo que no había aún en el lienzo, y los sentimientos y los pensamientos que guiaron el pincel, que revisaron, modificaron y establecieron los ritmos del movimiento, y que siento en mi propio cuerpo cuando miro los cuadros. La percepción visual también es motora y táctil.

No me veo a mí misma mientras miro un cuadro. Veo a la persona representada en el lienzo. Yo no he desaparecido de mí misma, pues soy consciente de lo que siento —sobrecogimiento, irritación, angustia, admiración—, pero por el momento mi percepción está llena de la persona pintada. Ella es parte de mí mientras la miro y, más tarde, cuando la recuerdo. En mi memoria quizá no aparezca exactamente igual que cuando estoy delante del cuadro, sino más bien una versión que tengo en la mente. Mientras la percibo, establezco una relación con esa mujer imaginaria, la Mujer que llora de Picasso, la Máscara de carnaval, verde, violeta y rosa (Columbine) de Beckmann, el inocente monstruo Mujer II de De Kooning. Como ustedes, les doy vida. Sin un espectador, un lector o un oyente, el arte está muerto. Algo sucede entre yo y ello, un «ello» que lleva incorporado el acto volitivo de otra persona, que está impregnado de su subjetividad y en el que puedo sentir dolor, humor, deseo sexual o incomodidad. Por eso no trato las obras de arte como trataría una silla, pero tampoco las trato como si fueran una persona real.

Una obra de arte no tiene sexo.

El sexo del artista no determina el género de una obra, que puede ser uno u otro, o múltiples versiones del mismo.

¿Cuáles son las fantasías femeninas de estos artistas y cómo las percibo yo?

Mi percepción de los tres lienzos no es exclusivamente visual ni puramente sensorial. La emoción siempre forma parte de la percepción, no es distinta de ella.

La emoción y el arte han tenido una larga y difícil relación desde que Platón expulsó a los poetas de su República. Si bien los filósofos y los científicos siguen hablando de qué son las emociones o afectos, y de cómo funcionan, en la cultura occidental persiste una percepción de la emoción como algo peligroso que hay que controlar, sofocar y someter a la razón.

La mayoría de los historiadores de arte se sienten igual de intranquilos ante la emoción y la evitan escribiendo sobre la forma, el color, las influencias o el contexto histórico. Sin embargo, el sentimiento no sólo es inevitable sino también crucial para comprender una obra de arte. De hecho, sin él una obra de arte pierde el sentido. En una carta a un amigo, Henry James escribió: «En las artes, el sentimiento es significado»…


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