Cine

La ópera prima del cineasta caleño Colbert García está cimentada sobre una historia de amor juvenil en la que detrás se recrea los asesinatos sistemáticos realizados por miembros de la Fuerza Pública contra civiles.

Ronald (Francisco Bolívar), a sus 20 años, es un joven que día a día lucha por un mejor porvenir para su familia. La falta de oportunidades educativas y labores hace que este adolescente tome la decisión de autoemplearse. ¿Cómo? Construyendo un triciclo con el que recorre las calles polvorientas de su barrio: El Paraíso, un suburbio enclavado en la parte más alta del sur de Bogotá, con la única idea de ofrecer servicios de publicidad a los diferentes establecimientos comerciales por medio de un megáfono.

En este lugar, agobiado por la miseria, las pandillas, las guerrillas urbanas y donde cuyo único lujo que tienen sus habitantes es la espectacular panorámica de Bogotá a sus pies, Ronald se las arregla para conseguir el sustento diario para su hogar y, al mismo tiempo, conquistar a Lady (Linda Baldrich), una joven que no le presta mucha atención, pero que poco a poco la va enamorando a través de cartas de amor escritas en hojas de cuaderno.

Sin embargo, la vida de Ronald se ve truncada cuando un teniente del Ejército colombiano (Pedro Palacio), a través de Susana (Esmeralda Pinzón), una mujer que se dedica al oficio de la prostitución, decide montar un local en esta zona, con el fin de ofrecerle a los jóvenes puestos de trabajo en lugares recónditos de Colombia, bajo la excusa de sacarlos de la pobreza.

A través de la historia de vida del personaje principal, los espectadores comienzan a ponerse en los zapatos de las personas que habitan en el barrio El Paraíso. Las pandillas juveniles, las vacunas que cobran los insurgentes, una miseria apabullante y una política de aniquilamiento por parte de agentes del Estado colombiano, con el objetivo de lograr ascensos y obtener cuantiosas sumas de dinero, hacen de esta realidad –que en Colombia se vivió en muchas partes– un atentado contra la dignidad humana.

Leidy, amor mío. Me daba miedo que me pusiera a leer como el otro día. Claro que ahora que lo pienso puede ponerle cualquier voz a esto, incluso la mía. No sé por qué estoy lleno de oscuros presagios, y como esperando un destino desconocido, pero temible a veces. Casi siempre no puedo creer en tanta dicha que me da, como si no la mereciera, como si mis pecados se sumaran a los de muchos. Creo que por ser quienes somos, y nacer de donde hemos nacido, no tenemos derecho a la felicidad, y apenas tenemos derecho a los sueños. Pero de verdad, de verdad, creo que volveré pronto, y que todo será maravilloso, le dice Ronald en su última carta a Leidy.   

A nivel audiovisual, la película contiene una buena dosis de riqueza en escena y fotografía. La cámara suele ser utilizada para incurrir en planos generales, creando un efecto sublime entre los personajes y el entorno que lo rodea. Los diálogos, por su parte, son cortos, lo cual hace que el filme tenga una gran fluidez.

La actuación de Ronald (Francisco Bolívar) en Silencio en El Paraíso genera en los asistentes admiración, sensibilidad y ternura por sus incontables formas de superarse y conquistar a la chica de la que está perdidamente enamorado; como también tristeza, agonía y desdén por la manera en la que termina su vida.

El cineasta Colbert García ha sabido narrar muy bien una de las épocas más oscuras de la historia de Colombia: Las ejecuciones extrajudiciales –o también conocidas con el eufemismo de ‘Falsos positivos’–, una serie de asesinatos sistemáticos cometidos por miembros del Ejército colombiano contra jóvenes de los barrios más excluidos del país, para presentarlos ante la prensa colombiana como “guerrilleros dados de baja en combate”.

Las cifras, por donde se miren, son escalofriantes. La Fiscalía, según documenta la película, informa que fueron 1.800. Algunas Organizaciones No Gubernamentales (Ong’s) afirman que el número asciende a 6.000 y el libro ‘Ejecuciones extrajudiciales en Colombia 2002–2010: Obediencia ciega en campos de batalla ficticios’, de Fabián Leonardo Benavides Silva y Omar Eduardo Rojas Bolaños, dice que fueron 16.000 civiles asesinados durante los ocho años de gobierno del entonces presidente Álvaro Uribe.

La película cobra una mayor vigencia en estos tiempos, debido al crucigrama sociopolítico por el que atraviesa el país. Ante la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP), varios militares de rango medio han confesado, en audiencias reservadas y confidenciales, cómo el Ejército colombiano tenía una política de asociación con grupos paramilitares para decirle a Colombia que estaban ganando la guerra contra las Farc. Lo cuenta, con gran precisión, el columnista Yohir Akerman en su texto ‘La JEP sigue funcionando’, sobre las prácticas que ejercía el batallón La Popa de Valledupar, señalado de ser la cuna de las ejecuciones extrajudiciales, bajo la comandancia del coronel Publio Hernán Mejía Gutiérrez.

Silencio en El Paraíso no ahonda en discursos ideológicos ni es una afrenta contra las víctimas. Para nada. Es un testimonio audiovisual en el que se realiza una denuncia pública sobre las prácticas asesinas orquestadas por un Estado corrupto.

El filme ha sido galardonado con la Biznaga de Plata al mejor largometraje en la sección Territorio Latinoamericano del decimoquinto Festival de Cine Español de Málaga en España

En el epílogo de esta producción cinematográfica se exhiben los rostros de las Madres de Soacha y Bogotá relatando el desenlace de la vida de sus hijos. En últimas, para esto sirve el cine, ¿no? Para preguntarnos qué fue lo que nos pasó y, a su vez, –como una contraposición al título– para que estas voces no queden silenciadas.

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