Literatura

El mundo de la cultura despide al poeta cubano, considerado como uno de los grandes escritores de la isla y de Hispanoamérica.

“El exdirector de la Academia Cubana de la Lengua don Roberto Fernández Retamar ha fallecido en La Habana, a la edad de 89 años. Su legado como maestro, en el sentido más alto del término, es extraordinario, no solo por el valor de la obra literaria que nos deja y en la que siempre vivirá, sino también por su coherencia ética, por su fidelidad a los más altos valores de la cultura cubana y latinoamericana, por su sensibilidad e inteligencia, por su bondad y vocación de servicio”. Con estas palabras iniciales la Academia Cubana de la Lengua registró la muerte el sábado 20 de julio del poeta e intelectual cubano Roberto Fernández Retamar.

Por su parte, la Casa de las Américas, institución cultural con sede en La Habana que él presidió desde 1986, consideró su muerte como «una pérdida irreparable para la cultura cubana», y dijo que desde su aparición en la literatura en 1950 «fue abriendo cauces y marcando hitos en la poesía de lengua española».

Retamar escribió libros de poesía y ensayo, entre los cuales se destacan Caliban, reflexión sobre la cultura de Latinoamérica y el Caribe, y Para una teoría de la literatura hispanoamericana. Fue colaborador de la revista Orígenes y en 1965 comenzó a dirigir la revista Casa, labor que mantuvo de manera ininterrumpida hasta su fallecimiento.

Fue Profesor de Mérito de la Universidad de La Habana en 1995, obtuvo el Premio Nacional de Literatura en 1989, así como otras condecoraciones y premios en Cuba y en el extranjero, entre ellos el premio Alba de las Letras 2008.

Entre sus obras figuran: Cinco poemas griegos (2006); Lo que va dictando el fuego (2008); Conversa. Antoloxía 1951-1996 (2009); Nosotros los sobrevivientes. Antología poética (2010); Vuelta de la antigua esperanza (2010); Una salva de porvenir. Nueva antología personal (2012); Circonstances de la poésie (2014) e Historia antigua (2015)

 

Con las mismas manos

Con las mismas manos de acariciarte estoy construyendo una escuela.
Llegué casi al amanecer, con las que pensé que serían ropas de trabajo,
Pero los hombres y los muchachos que en sus harapos esperaban
Todavía me dijeron señor.
Están en un caserón a medio derruir,
Con unos cuantos catres y palos: allí pasan las noches
Ahora, en vez de dormir bajo los puentes o en los portales.
Uno sabe leer, y lo mandaron a buscar cuando supieron que yo tenía biblioteca.
(Es alto, luminoso, y usa una barbita en el insolente rostro mulato.)
Pasé por el que será el comedor escolar, hoy sólo señalado por una zapata
Sobre la cual mi amigo traza con su dedo en el aire ventanales y puertas.
Atrás estaban las piedras, y un grupo de muchachos
Las trasladaban en veloces carretillas. Yo pedí una
Y me eché a aprender el trabajo elemental de los hombres elementales.
Luego tuve mi primera pala y tomé el agua silvestre de los trabajadores,
Y, fatigado, pensé en ti, en aquella vez
Que estuviste recogiendo una cosecha hasta que la vista se te nublaba
Como ahora a mí.
¡Qué lejos estábamos de las cosas verdaderas, Amor, qué lejos —como uno de otro—!
La conversación y el almuerzo
Fueron merecidos, y la amistad del pastor.
Hasta hubo una pareja de enamorados
Que se ruborizaban cuando los señalábamos riendo,
Fumando, después del café.
No hay momento
En que no piense en ti.
Hoy quizás más,
Y mientras ayude a construir esta escuela
Con las mismas manos de acariciarte.

 

 


Canción actual
Title
Artist