Arte

Como un ejercicio de resistencia, protesta y denuncia, artistas y ciudadanos han puesto el cuerpo, la voz y las palabras para exigir respeto por las vidas y contar las historias de las que han sido arrebatadas.

Desde el primer respiro, cada nuevo ser está embebido por la posibilidad. Con el inicio, con el primer pálpito, la vida empieza y así va escribiéndose. Para la mayoría de las personas en América Latina, supone un esfuerzo máximo hacerse una vida,  por lo menos, decente. Cada paso es más bien un arañazo, una meta que se cruza y no hay tiempo de celebración o descanso, porque la vida es, sobretodo, una cuesta arriba que ninguno termina de conquistar. Después de todo ese trecho, a nadie se le ocurre que, de repente, por voluntad y orden de uno o unos pocos, la vida de esa persona se convierta en una cifra. Un titular en mayúscula con letras rojas. Una página de periódico impresa cientos de veces, hasta inundar la ciudad con un nombre. Una pared pintada en la calle que pregunta de manera tácita “¿dónde está?”. Un cuerpo que no aparece por más que se visiten casas, calles y hospitales. 

Entonces regresa el cuerpo, a veces por el cauce del río o el descubrimiento de un hueco en la tierra que alberga en él los huesos de quienes son extrañados. Una vida arrebatada es también una familia rota, el principio de una ausencia perenne y honda que se funde en el tiempo con un duelo inacabado. Con una justicia inexistente. Lea también: “¿Quiénes son?: una acción ciudadana por la paz“.

Dentro de los muchos matices que existen entre los países de América Latina, hay un rasgo terrible que nos hermana: nuestros relatos sobre la desaparición y la violencia. Desde el momento de fundación de nuestros pueblos hasta la actualidad, nos han inscrito en la historia como espectadores de la muerte. A todos la guerra nos ha robado algo, sin embargo, es innegable reconocer que han sido los grupos históricamente vulnerados quienes han cargado con el peso de la violencia sobre ellos, sus familias y territorios. Le puede interesar: “Un periódico de ayer, un podcast sobre la huella del pasado en el presente“.

Ante la incapacidad estatal de proteger a las comunidades, garantizar justicia reparación y no repetición, el arte ha sido un punto de encuentro en el que la víctimas logran sentir alivio. A través del tejido, la música, acciones performáticas y diferentes expresiones artísticas, se abre un camino para tramitar el dolor que, si bien no termina el ciclo de duelo o búsqueda, es un medio de construcción de memoria que permite aprender a vivir con la herida. Las obras e incluso los cuerpos de quienes participan se convierten en medios, ceden su piel, voz y movimiento para que tomen forma quienes no están y vuelvan al encuentro de quienes los buscan, aunque sea por un momento.

Estas apuestas políticas por parte de los artistas, son indispensables para narrar el presente y abrir un espacio para contar las historias que no hacen parte de la agenda noticiosa, para seguir exigiendo respeto por las vidas. Aquí recordamos algunas de las muestras más recientes que van desde el Cauca hasta República Dominicana, pasando por ríos, cuerpos y cantos.

After School 

Desde su primera entrega en el mundo de las letras y la música, Rita Indiana ha generado el mismo efecto es quienes la leen y escuchan: necesidad de repetir. Hay que volver sobre lo que canta para entenderla y permitir que todas las verdades que enuncia, se agolpen en la memoria. Así lo hizo con “El Juidero”, su primer álbum en estudio y diez años después, La Montra regresa con “Mandinga Times”, un disco compuesto por 10 canciones, tres de ellas conforman el performance After School. 

A lo largo de 13 minutos, La Montra transita entre el bolero y el afro punk para hacer memoria sobre tres episodios dolorosos que han marcado el continente.  “The Heist”, inaugura la sesión. Se trata de una melodía inspirada en el spaghetti western – un subgénero cinematográfico – sobre el robo de un depósito de Wells Fargo  que tuvo lugar en 1983 por Los Macheteros, un grupo guerrillero urbano de Puerto Rico que ha buscado desde 1976, la independencia de Puerto Rico de los Estados Unidos.

“Hay un dolor peregrino que nunca va a descansar, es el dolor de una madre que a su chamaco quiere encontrar. Hay una voz prodigiosa que no se cansa de hablar, la voz airada y hermosa del estudiante de una normal”. Sentada frente al micrófono, acompañada de una guitarra, Rita Indiana cierra los ojos y aprieta la garganta al cantar “Pa ‘Ayotzinapa”, un bolero grunge que ha escrito en honor a los 43 estudiantes de la escuela rural de Ayotzinapa, México, que fueron secuestrados  y desaparecidos a manos de la policía municipal de Iguala, Guerrero, entre el 26 y 27 de septiembre del 2014. “Y aquí en el pecho tatuado, traigo sangriento un 43”.

Finalmente, una descarga con la única fuerza de La Montra cierra el episodio con “Mandinga Times”, la canción principal del nuevo álbum de la artista, una advertencia en clave afro punk para dejar claro que el tiempo se acaba. After School fue grabado en agosto del 2020, en un aula de La Goyco, una de las más de 300 escuelas públicas cerradas en Puerto Rico por el exgobernador Ricardo Roselló. Cuenta con la dirección de Noelia Quintero Herencia y con la participación de Eduardo Cabra, MIMA y Kiko el Crazy. Véanlo aquí.

Ríos rojos: eje ambiental 

De acuerdo con el Instituto de Estudios para el Desarrollo y la Paz (Indepaz), en lo corrido del 2020, 215 personas han sido asesinadas en 55 masacres perpetradas en el país. En cañaduzales, a la entrada de sus casas, en medio de reuniones familiares, la falta de presencia del Estado ha dejado un trecho libre para que los que todavía se oponen a la paz, arrebaten la vida de los más inocentes. Ante la negativa de verdad y justicia por parte de las instituciones encargadas, y de acuerdo con las declaraciones del Alto Comisionado para la Paz, Miguel Ceballos, el presidente Iván Duque y el ministro de Defensa Carlos Holmes Trujillo, la única causa de esta oleada de la violencia es el narcotráfico. Mientras extienden condolencias en redes sociales, la sangre de los vulnerados, olvidados y varias veces desterrados sigue derramándose y, de nuevo, ante la situación sanitaria del país, solo nos queda lamentarnos desde la distancia porque la crudeza de la muerte no llega de esa forma a la ciudad. No llega.

Pero como en otras ocasiones, las aguas, los ríos, han sido el medio para contar esa verdad que nos ocultan. La mañana del lunes 7 de septiembre, las aguas del Eje Ambiental, un corredor ubicado en el centro de la capital del país, se tiñeron de rojo como una metáfora ante el derramamiento de sangre de los últimos meses en el país. Con betaína de remolacha, desde hace tres días el agua ensangrentada fluye entre la carrera primera y la tercera. 

Sin embargo, por aterradora y cruel que parezca la imagen, siguen sin haber respuestas. En el peor de los casos, esta acción – de autor aún desconocido – puede convertirse en paisaje, como sucede con los titulares que reúnen los nombres de los fallecidos, como una formalidad del lenguaje.

“Un país que siembra cuerpos”

Durante el Paro Nacional, en noviembre del 2019, la creatividad y el arte se tomaron las calles en todo el país. Arengas, danzas y escudos narraron la inconformidad de miles de Colombianos que se apropiaron de las calles para exigir condiciones dignas, defensa de la vida y cumplimiento de los acuerdos de paz. En la ciudad de Medellín, un colectivo realizó una performance en honor a los más de 700 líderes sociales que fueron asesinados durante ese año.

La acción fue cruda. De un puente colgaban tres cuerpos mutilados, sangrando y pendiendo en las alturas entre telas rojas. Sobre los artistas se leía un letrero que decía “Un país que siembra cuerpos”, inscrita en letras ensangrentadas sobre una bandera del país.  

Lea también: “Todo el poder para la gente: el paro sigue con música y cacerolas“.

¿Quién los mató? 

Detrás de los “cinco cuerpos” hay un nombre, una familia y una historia interrumpida por la violencia. Jair Andrés Cortés, Jean Paul Cruz, Luis Hernando Preciado, Arturo Montenegro y Leider Hurtado fueron encontrados muertos la noche del martes 11 de agosto, en inmediaciones de un cañaduzal cercano al barrio Llano Verde, oriente de Cali. Aunque el hecho está en investigación, nos negamos a caer en el discurso de criminalización de estos jóvenes. Sus vidas importan y por eso hay que nombrarlos.

Las voces de cantaoras y artistas de la región acompañaron la despedida de Jair Andrés Cortés, Jean Paul Cruz, Luis Hernando Preciado, Arturo Montenegro y Leider Hurtado. Al ritmo de alabaos, toda la comunidad de Llano Verde dió el último adiós a los jóvenes, en medio del parque del barrio. Los nombramos y recordamos para no olvidarlos, para que las vidas de los niños y niñas del país reciban la importancia que merecen.

“Madre, no llegaré a la hora de la cena. Aparecí en un lugar que no era mi hogar”. Un reclamo en forma de pregunta es el que hacen en esta canción Hendrix, Nidia Gongora, Junior Jein y Alexis Play.


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