Literatura

Uno de los poetas más importantes del país, regresa a las librerías para dar unos buenos sustos. Lean aquí un adelanto del libro.

El poeta y escritor colombiano Darío Jaramillo Agudelo, ha sido un pluma indispensable en la renovación de la poesía colombiana de la segunda mitad del siglo XX. La ferocidad de su escritura ha mudado de formato e intención, para asentarse en un terreno mucho más oscuro, tenebroso y crudo. Lea también: “11 poemas para conocer el corazón de Dario Jaramillo Agudelo“.

Con la mirada puesta en este nuevo paisaje, Jaramillo Agudelo presenta “Veinte historias de fantasmas”, un compendio de textos dirigidos a un público juvenil en los que el autor explora las posibles relaciones de cercanía que podrían existir entre fantasmas y leyendas urbanas que todos hemos escuchado alguna vez.

¿Imaginas cómo sería si un día despertaras y descubrieras que eres un fantasma? Estos y otros relatos se compendian en estos veinte cuentos breves que narran historias de fantasmas desde diferentes perspectivas: de miedo, de humor, de misterio, en los que prima, sobre todo, la experimentación narrativa que invita al lector a imaginar y crear su propia historia de fantasmas.

Lean aquí, un pequeño adelanto del nuevo libro:

Una nota antes de las historias

Esta es una nota que el lector se puede saltar: pero nadie le asegura que no se perdió algo. Acaso aquí esté lo principal del libro que tiene entre las manos. O acaso no se encuentre aquí. Acaso este libro no tenga nada principal en ningún lado. Acaso solo contenga fantasmas. Lo que tengo que contar es que nunca he visto un fantasma. No lo he oído, ni lo he percibido con ninguno de mis cinco o seis o ene sentidos. No me consta que los fantasmas existan. Y tampoco me consta que no existan.

Mi abuelo me contaba cuentos de fantasmas. Y con mis amigos de diez, de once años, jugábamos a asustarnos relatándonos horripilantes historias de fantasmas. Fueron noches con jinetes sin cabeza, con huesos sonoros espantando asesinos, con hirientes carcajadas que salían de casas abandonadas, con apariciones de monstruos, de ángeles vengadores, de mujeres con cuatro manos, de seres temblorosos y brillantes como llamas. Luego, y durante toda mi vida, he leído y leído historias de fantasmas; tantas historias leí, oí, imaginé, que ahora no sé si las que he escrito son variaciones de las que antes conocí en libros o en narraciones orales. A la confusión contribuye otro hecho que, además, apuntaría a aceptar que es muy probable que los fantasmas sí existan.

Se trata de que, de cultura a cultura, de siglo en siglo, se repiten ciertos esquemas alrededor de los fantasmas: su gusto por la noche, por los cementerios, su afición al deporte macabro de asustar humanos, la repetición de argumentos como los de la casa embrujada, la falta de adecuadas honras fúnebres de un difunto que no cejará hasta lograr que se celebre el rito necesario para su descanso eterno. También la presencia de fantasmas cerrando algún episodio de su vida anterior con una venganza que ejecutan en su estado fantasmal.

Toda esa repetición de argumentos, además de justificar los que yo repito en mi versión personal, que mezcla lo que recuerdo con lo que imagino, demuestra que efectivamente existen los fantasmas y que los fantasmas tiene ciertos hábitos y comportamientos que convierten cualquier colección de historias de fantasmas en la corroboración de que existen por la simple razón de que todo el que se las imagina, termina imaginándose lo mismo.

Un poeta colombiano que se llamaba León de Greiff, repetía con frecuencia una historia procedente de la China en los tiempos de Chuan Tzu: Chu Fu Tze, negador de milagros, había muerto; lo velaba su yerno. Al amanecer, el ataúd se elevó y quedó suspendido en el aire, a dos cuartas del suelo. El piadoso yerno se horrorizó. “Oh venerado suegro” suplicó, “no destruyas mi fe de que son imposibles los milagros”. El ataúd, entonces, descendió lentamente y el yerno recuperó la fe.

Protocolo fantasmal

No es obligatorio, pero sí es usual. Los fantasmas se visten de ciertas maneras para aparecer en público. Es una forma fácil de volverse legendario. Me explico: si me pongo en una casaca verde y siempre me aparezco en el mismo lugar, un siglo después se recordarán toda clase de cosas sobre mí.

Al respecto, puedo contar de fantasmas estrafalarios para disfrazarse: nadie sabe el nombre de “el descabezado”, un estrambótico fantasma que se aparece en varias partes. Pocos han logrado provocar tanto terror. Algún fantasma ocurrente le añadió un toque genial: aparecía sin cabeza, pero la cabeza era llevada como un paquete, como una bolsa del mercado, agarrada por el pelo con su mano derecha; el que veía aquello, se imaginaba los añadidos: que la cabeza goteaba sangre, que salió un grito de la cabeza, que iba con los ojos desorbitados.

María, una fantasma que mezclaba la ingenuidad con el terror, se presentaba como una niña. Luis, un fantasma algo festivo, siempre se mostraba como un enano vestido con colores chillones, camisa amarilla como un girasol; pantalón rojo como un pimiento; gorro verde loro: parecía dibujado con una caja de colores.

A Zulma, una fantasma algo extravagante, le encantaban las monstruosidades humanas; un día era el fantasma de dos cabezas; otro día, aparecía con tres ojos; más tarde, era una hermosa y perfecta mujer, perfecta salvo por un detalle: en su frente, encima de los ojos, le salía un cuerno de toro. En un supermercado abierto veinticuatro horas, desfilaba Zulma ciertas noches de sábado siempre con la misma apariencia: la mujer de cuatro manos. Se decía que los sustos que provocaban las apariciones de Zulma habían producido paros cardíacos, desmayos, gritos e histerias.

Un fantasma llamado Aristarco presumía de clásico y solo salía a asustar en forma de calavera. La gente quedaba aterrorizada. Sobre todo cuando se dejaba ver de los perros. Lo que las horrorizadas víctimas veían era una calavera suspendida en el aire rodeada de una jauría de perros saltando infructuosamente tratando de apoderarse de los huesos del burlesco Aristarco.

¿Puede un fantasma asustar a otro fantasma?

Hay fantasmas solitarios que desde que son fantasmas no se meten con nadie, simplemente viven su vida de fantasmas en absoluto silencio, en quietud absoluta. Si fueran a encarnarse, estos misántropos de la fantasmería se materializarían en piedras. Hay fantasmas que viven cerca de otros fantasmas.

Ninguno depende de los demás, cada uno es completamente independiente, pero aún así habitan en un vecindario en donde hay otros fantasmas. A veces ocurre que se encuentran el fantasma del abuelo con el de la abuela, y estos dos con los fantasmas de varios hijos y de varios nietos. Entonces se reúnen de nuevo sin necesidad de que ninguno tenga que cuidar o dar órdenes a los otros.

Aquí es donde cabe la pregunta: ¿puede un fantasma asustar a otro fantasma? Y la respuesta es que no. Los fantasmas son impasibles y están curados de fantasmas. A muchos fantasmas les gusta asustar y por eso buscan seres humanos para ejercitar esa afición. Pero fracasan cuando intentan asustar a otro fantasma. A veces se da el caso, uno entre mil, de fantasmas que se atemorizan, pero con los ratones o con algún humano. Óscar, un fantasma muy solitario que se enterraba entre los vericuetos de las montañas para no ver a nadie, detestaba tropezar con hombres y mujeres. Y, cuando esto ocurría, quedaba tan trastornado que no podía dormir durante la noche siguiente.—No entiendo por qué los humanos nos temen. Si los fantasmas somos inofensivos —decía—. A mí ellos me parecen mucho más peligrosos. Como prueba tenemos que nunca un fantasma ha matado a otro fantasma, en cambio los hombres se la pasan matando y hasta se organizan para hacer guerras. Les tengo pánico


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