Perfil

La vida de Leonardo da Vinci se apagó el 2 de mayo de 1519 en Francia. Su mecenas, Francisco I, lloró la muerte de quien consideraba el mayor sabio en una época de sabiduría.

A diferencia de Miguel Ángel y de Rafael, Leonardo no pintó mucho, su obra no suma más de veinte cuadros. Su principal ocupación en la vejez descansó en ordenar su legado: el libro de anatomía, el libro sobre el agua, sus observaciones sobre el arte de la pintura, sus reflexiones sobre el aire, sus dibujos sobre las turbulencias y las tantas invenciones, las dragas y las máquinas para pulir espejos, el podómetro y una ballesta gigantesca, el equipo para bucear y el paracaídas en forma de pirámide. Quedaban los miles de dibujos, las caricaturas, los paisajes y los bocetos de sus pinturas. También quedaron sus aforismos, las fábulas y las notas personales: el inventario de cuántos libros y cuántas palmatorias tenía por allá en Milán (116 libros y 5 palmatorias). La nota de cuánto dinero había robado Salai, uno de sus ayudantes. La conjugación de algunos verbos en latín y, desde luego, la lista de nuevos proyectos.

En 1651 se publicó El Tratado de la pintura. En 1797 Giambattista Venturi publicó algunas observaciones de Leonardo sobre física. En los próximos siglos fueron apareciendo los demás papeles de Leonardo, papeles sueltos, cuadernos y códices. Se conservan 7000 páginas y se estima que escribió más. Nadie lo duda, su arte trascendió los siglos. Sin embargo, el destino quiso que su obra científica quedara en su mayoría oculta, sin alterar el curso de la ciencia. A pesar de las numerosas biografías y los artículos y estudios, se intuye que todavía queda mucho por saber del genio italiano. En la biblioteca nacional de España, en 1964, se descubrieron dos de los códices más importantes. Quizá en algún archivo aparezcan más papeles de Leonardo. De cualquier modo, cuanto se conserva es abrumador y quizá la lectura que se ha dado encuentre nuevas claves de interpretación en el futuro. Durante años, por ejemplo, se pensó que Leonardo había diseñado un automóvil, ya de por sí algo fabuloso, hasta que Mark Elling Rosheim estudió con más cuidado el diseño y nos contó que no se trataba de un carro solamente, sino de un robot.

Quizá la costumbre de anotar cada cosa Leonardo la adquirió de su padre, notario, que anotó el momento exacto del nacimiento de su hijo: sábado 15 de abril a las 10:30 pm de 1452. Hijo natural, esta condición marcó de manera decisiva su educación. Mientras los demás niños de procedencia legítima aprendían según la pedagogía convencional de la época, Leonardo aprendió en los caminos de la Toscana, al pie de los arroyos y los bosques. Su padre reconoció el talento de su hijo y lo llevó al taller de un artista de gran reconocimiento, el escultor y pintor Andrea del Verrocchio.  Su aprendizaje comprendió cada una de las tareas del oficio: los niños preparaban los colores, servían de modelos, cuidaban a los animales, ayudaban a construir los andamios, aprendían de dibujo, escultura, pintura e iconografía. El maestro acompañaba al discípulo y a medida que crecía su talento, lo hacía partícipe dentro de los encargos en algún detalle menor de la obra. Leonardo participó en dos pinturas de Verrocchio: en Tobías y el Ángel, pintó un perrito que parece deshacerse de puro afán; y en el Bautismo de Cristo, pintó un ángel de una belleza tan sublime que, según Vasari, cuando el maestro lo vio, abandonó la pintura para dedicarse únicamente al oficio de escultor.

Ya pintor inscrito en la cofradía de San Lucas en Florencia, Leonardo recibió varias comisiones que no tardó en aceptar. A la perspectiva que practicaban con tanta destreza los pintores del renacimiento, añadió otra, la de plasmar cómo los colores cambian con la distancia, así pinta los paisajes que se asoman en los caminos y en las ventanas de la mayoría de sus obras. Su estilo es el detalle y dentro del detalle, el movimiento y la profundidad: es el viento que agita las cintas de un casco, es la tela que envuelve un cuerpo y cae en dobleces, es la mirada entornada y perdida de una mujer melancólica, son las ondas de una manga recogida sobre el brazo, son las hojas de un árbol y la bruma que envuelve las montañas en la distancia. Semejante trabajo deja clara la balanza para quienes quieran contratar a Leonardo: la maestría a un lado, al otro la tardanza. Este sino afecta su reputación desde la juventud.

A mediados de los setenta en Florencia, en medio de las conjuras entre las distintas familias que buscan deponer a los Medici, aparece una denuncia que acusa a Leonardo de comportamientos sodomitas. Mientras llega el momento de enfrentar a sus acusadores, Leonardo pasa un tiempo en el presidio. Su intimidad ha sido uno de los temas más inquietantes. Según los testimonios y los biógrafos de la época, Leonardo gozaba de una belleza física incomparable, era fuerte, saludable e ingenioso, “bien proporcionado”, la sutilidad de la pintura le parecía más noble que los tropiezos y el ruido que envuelven al escultor. Escribió aforismos y fábulas para el goce de las cortes. Sabemos que diseñó varios instrumentos y los interpretaba con habilidad. Con el paso de los años se dejó la barba y el cabello le caía en bucles hasta el pecho. Andaba con una bata rosa, cuando la mayoría usaba bata blanca. Cuando subía a las montañas cerca de Milán, usaba anteojos de lentes oscuros, para que el reflejo en la nieve no afectara su mirada. Cuando llegó el momento de enfrentar las denuncias no apareció ninguna persona que las respaldara. Desde el siglo XVIII se pensó que Leonardo era homosexual. A medida que más se conoce sobre Leonardo la pregunta se torna más compleja: en medio de las mil ocupaciones y de las decenas de proyectos y los encargos y los inventos y las caricaturas y el aprendizaje y la lectura, ¿tenía tiempo Leonardo para una relación de cualquier índole?

En la década de los ochenta, en la corte de Ludovico Sforza en Milán, Leonardo dio rienda suelta a sus capacidades. La observación era la clave. El conocimiento no debía buscarse solo en los libros de los clásicos, era preciso consultar a la naturaleza tanto como se pudiera, convertirse, en suma, en el principal discípulo de su maestría. Era preciso aprender los patrones de sus dinámicas, ya fuera en el agua o en el viento. Era fundamental analizar el cuerpo humano, escenario donde participaban las fuerzas del mismo cosmos. Había que comparar, contrastar, experimentar, anotar, probar. Convertirse en el anatomista a hurtadillas que mira con asombro el cuerpo de una mujer embarazada, en cuya muerte se guarda la semilla del misterio de la vida. Convertirse en el ingeniero que después de analizar las libélulas y los murciélagos, imaginó una máquina para surcar los cielos. Saber del agua y revelar sus misterios en aras de crear utensilios para caminar en la profundidad de los ríos. Recorrer las montañas y recolectar fósiles, con el fin de desentrañar los misterios de las edades de la tierra. Asistir a la corte del Moro y pintar la dulce mirada de sus amantes. Deambular por las calles y dibujar en un par de trazos los rostros más curiosos. Inventar una nueva técnica para pintar con más tiempo un fresco, La última cena.

Hubo triunfos incontestables, hubo triunfos secretos que solo su entendimiento apreciaba, también hubo derrotas, íntimas y públicas. Donde su maestro triunfó como escultor, Leonardo también quería triunfar, pero en lugar de realizar una escultura ecuestre a la manera tradicional, Leonardo quería que la suya, que honraría la estirpe de los Sforza, desafiara las técnicas del pasado de principio a fin. Después de numerosos estudios sobre la fundición, después de elaborar el modelo de arcilla, Milán entró en guerra. El bronce se destinó a la fundición de proyectiles. Los franceses invadieron. Leonardo y sus discípulos huyeron de la ciudad. Los soldados practicaron tiro al blanco con el modelo de arcilla. La gran escultura ecuestre no nació. Además las técnicas que había urdido para La última cena fracasaron también. El deterioro comenzó su tarea en el fresco tan pronto se terminó.

Luego vendrían los años deambulando por Italia, su regreso a Florencia, donde la estrella de Miguel Ángel brillaba como ninguna. Su periodo trabajando al lado de César Borgia elaborando planes y mapas. Vendrían los años de la Mona Lisa, donde su maestría en el “sfumato” alcanzó la cúspide más alta. Vendrían los años de la enfermedad, la apoplejía que afectó su mano, los años del exilio, el ánimo de darle término a los tantos trabajos de su curiosidad. Sus apuntes están llenos de misterios. En una página aparece el enigmático: “El sol no se mueve”; en otra aparece, al pie de varios apuntes matemáticos, “La sopa se enfría”; y uno, quizá el más revelador, sea “Dime si alguna vez se ha hecho algo…”

Fernando66.com

 

 

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