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El arquitecto Ieoh Ming Pei se hizo famoso con el diseño de la Pirámide del Louvre, que tantos quebraderos de cabeza causó al arquitecto antes de convertirse en un emblema del museo

Una apuesta improbable donde las haya. La de vincular a un arquitecto sino-estadounidense que prácticamente sólo había construido en Estados Unidos con un proyecto en un museo que fue palacio de los reyes de Francia y de dos emperadores, y sede del todopoderoso ministerio de Finanzas.

No se habría concretado sin el presidente François Mitterrand. Fue él quien confió a Pei, en julio de 1983, una de las obras más delicadas y simbólicas de su primer septenio. ¿A qué se debe su elección? Durante un viaje a Estados Unidos como secretario del Partido Socialista, Mitterrand quedó impresionado por la nueva ala de la National Gallery de Washington, construida por Pei en 1978.

Ieoh Ming Pei, nacido en la ciudad china de Cantón, tuvo una formación racionalista, primero en el MIT (Massachusetts Institute of Technology) y luego en Harvard, donde fue alumno de Walter Gropius, fundador de la Bauhaus.

Para este hombre de sonrisa pícara y gafas redondas era su primer proyecto en Europa y también su primera intervención en un monumento cargado de historia. Partía con un bagaje excepcional ya que el mismo año del encargo ganó el premio Pritzker, considerado el Nobel de la arquitectura.

Para el Louvre partió de una constatación: “es un museo extraño con una entrada invisible por ser lateral. Hay que darle una entrada central”. Y crea un complejo subterráneo con luz cenital, aunque en su primera versión no incluye una pirámide, sólo un acceso a través de una rampa.

En cuanto presentó la maqueta las críticas se dispararon.

“No estamos en Dallas”

Treinta años más tarde, el exministro francés de Cultura Jack Lang seguía “sorprendido por la violencia de los opositores” en los comienzos. Fue peor que para el Centro Pompidou, otro monumento parisino inaugurado en 1977 y bastante más vanguardista que el Grand Louvre.

“La pirámide se inscribía en un monumento central de la historia de Francia y en un periodo de enfrentamiento ideológico muy fuerte”, según Jack Lang, que dedicó un libro a la historia del proyecto.

Uno de los episodios más penosos para Ieoh Ming Pei fue su paso por la Comisión Superior de Monumentos Históricos en enero de 1984. El ambiente fue tenso y rozó el racismo antichino.

Fue “terrible”, contó Pei, que ni siquiera pudo presentar el proyecto. “¡Aquí no estamos en Dallas!”, le soltó uno de los participantes.

Hubo quien se imaginaba una pirámide como la de Keops, avasalladora. La transparencia era una de las preocupaciones del arquitecto, quien llegó a pedir a la compañía Saint-Gobain que le fabricase un vidrio reservado hasta entonces a las superficies pequeñas.

“Pei había imaginado una entrada bajo la pirámide como un espacio entre la ciudad y las colecciones, una interfaz entre el exterior y las obras”, recordaba el presidente del Louvre, Jean-Luc Martinez, quien recientemente remodeló el lugar con el visto bueno del arquitecto.

El Grand Louvre fue concebido para una frecuentación de 2 millones de personas y actualmente son más de 8 millones. “Los cambios eran necesarios para devolver la pirámide al público”, asegura el director del Louvre.

Es al mismo tiempo “símbolo de la modernidad del museo” y “emblema de París a través del mundo”. Para él, “la obra de Pei acabó en el rango de icono, como La Gioconda, La Venus de Milo o la Victoria de Samotracia”, las tres grandes damas del Louvre.


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