Literatura

Más allá de sus poemas y libros, García Lorca estuvo habitado por un corazón leal y amoroso, ese es el costado de su vida que hemos querido contar.

“No te conoce el toro ni la higuera, / ni caballos ni hormigas de tu casa. / No te conoce el niño ni la tarde / porque te has muerto para siempre”. Así empieza “Alma ausente”, uno de los cientos de poemas escritos por Federico García Lorca, poeta fallecido el 18 de agosto de 1936. Resulta imposible resumir su obra e importancia como miembro de Generación del 27, pero reparar en su paso por el mundo y sus vínculos más cercanos con artistas parece ser un buen inicio para homenajearlo, para recordar su vida. 

La literatura española del siglo XX está permeada por la prosa de García Lorca. El teatro, por ejemplo, alcanzó un nivel máximo a través de la pluma del poeta que lo puso bajo la lupa de los intelectuales de la época. Su nombre era un presagio de éxito, sin embargo, la guerra civil española le arrebató la posibilidad de brillar aún más. Más allá de sus poemas y libros, García Lorca estuvo habitado por un corazón leal y amoroso, ese es el costado de su vida que hemos querido contar.

El camino de un hombre que se supo poeta siempre 

Desde su nacimiento, García Lorca supo que todo en su vida sería un tránsito. Vino al mundo en Fuente Vaqueros, un municipio de Granada, España, y sus padres le dieron como nombre Federico del Sagrado Corazón de Jesús García Lorca. Su primer encuentro con los libros fue en casa, gracias al fervor literario de su madre, Vicenta Lorca Romero, quien también era maestra. La casa como espacio fue importante en los primeros años de vida de García Lorca, pues los pasó en un museo que acomodaron como hogar. 

Años después se mudaron a Granada. Con el paso del tiempo aumentó su amor por los libros y la música, aunque tocaba piano, la literatura consumía la mayor parte de sus días, de su vida.  La adolescencia vino con las ganas de escribir y sus primeros relatos evocaban el hogar, su antigua vida en el pueblo y el paisaje que no dejaba de extrañar, de allí salió su primera publicación, un ensayo autobiográfico. 

Mi infancia es aprender letras y música con mi madre, ser un niño rico en el pueblo, un mandón”. Así, García Lorca empezó a construir una forma de narrar. Un estilo, unas figuras a las que volvería ya consagrado en el oficio de escribir. Las letras lograron superar su devoción por la música. De niño pasó horas escuchando y aprendiendo de memoria obras para piano de Beethoven, Chopin y Debussy, pero en un punto optó por la escritura.

De Granada a Madrid: un lazo con el mundo artístico

El pueblo empezó a encogerse ante las inquietudes del joven escritor. Inmerso siempre en la atmósfera de la academia y los intelectuales, García Lorca era un visitante frecuente de “El Rinconcillo”, un espacio de tertulia en el que se reunían jóvenes enamorados de las letras y la cultura en general. Su entrada a la universidad terminaría por ampliar su visión no solamente en el universo de las letras, sino del socialismo español.

En búsqueda de respuestas viajó por diferentes lugares de España. Ese movimiento quedó consignado en su primer libro publicado “Impresiones y Paisajes” (1918), lleno de referencias políticas y religiosas en las que el poeta plasmó su perspectiva de país. Luego vino conquistar la capital.

En 1919, en compañía de los miembros de “El Rinconcillo”, García Lorca se mudó a Madrid. Este fue el inicio de una prolífica carrera en el círculo de las letras, pero también fue el encuentro con grandes figuras del arte y el teatro que, sin saberlo, sería el aflorar del amor en la vida del poeta.

Todos coincidían en la admiración del talento del joven escritor, quien supo dar espacio a su escritura en medio de los encuentros sociales. Poco a poco, la amistad con Salvador Dalí se hizo estrecha y confidencial, y entre los encuentros, caminatas y tertulias, floreció el amor. 

El lado frágil de su corazón

Para Federico García Lorca, el amor estuvo marcado por el silencio, no solamente por la incomprensión de su sentir, el rechazo de su familia, sino la amenaza que significaba su orientación en medio del contexto político de la época. García Lorca apostó siempre por su corazón, así tuviese que amar desde el susurro, bajo la sombra. Sin embargo, pocas veces fue correspondido, hecho que lastimó profundamente su ser y atravesó su prosa.

Uno de sus amantes, quizás el más extravagante, fue Salvador Dalí. Para 1922 habían consolidado un vínculo tan cercano y estrecho que sus universos artísticos se fundían en conversaciones, poemas y postales que se enviaban con frecuencia. Así inmortalizó el poeta su sentir: “¡Oh, Salvador Dalí, de voz aceitunada! / No elogio tu imperfecto pincel adolescente / ni tu color que ronda la color de tu tiempo, / pero alabo tus ansias de eterno limitado”. conservaron por más de cinco años. El poema “Oda a Salvador Dalí” fue publicado en la Revista Occidente en 1926. 

Ausencia y desaparición

Hablar de García Lorca es invocar un desaparecido. Un poema a medio verso, una vida sin punto final. Un relato al que le arrancaron la posibilidad de contarse libremente.  


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