El montacargas

Por: Jimmy Arias
@HJCKradio Foto: AFP

Resumiendo: soy electricista, sepulturero y luzco como astronauta, flotando entre placas y placas de algodón y plástico, y todo acompasado al ritmo de mi propia respiración, como áspera y soporífera sinfonía.

Este texto hace parte de nuestra serie #DesdeCasa, una iniciativa que emprendimos en nuestras redes sociales para que las personas que estén escribiendo en medio del confinamiento puedan publicar sus textos, ideas, reflexiones. En la escritura nos encontramos.

Plástico contra plástico, demasiado resbaloso, demasiado aparatoso, demasiado peligroso. Me desplazo sobre una alfombra de difuntos. La frase: “eso no está en mi contrato” me atravesó la mente como un navajazo, pero son tiempos difíciles, y por eso guardé silencio ante las órdenes de mi jefe. Ahora, en lugar de estar reparando fallas eléctricas, trabajo hombro con hombro con la muerte. La Calaca. La Parca. Se me paga por apilar bolsas cargadas con los despojos humanos que deja la epidemia, por almacenarlas en los contenedores que han ensamblado, de emergencia, otros con más suerte que yo, porque la morgue ya no da abasto. Resumiendo: soy electricista, sepulturero y luzco como astronauta, flotando entre placas y placas de algodón y plástico, y todo acompasado al ritmo de mi propia respiración, como áspera y soporífera sinfonía. Necesito el trabajo, mi familia también. Misma ecuación que rige por estos días: una vida por otras. Monto cuatro o cinco cuerpos en las aspas de mi montacargas, procesamiento industrial de existencias. Activo la palanca, presiono el botón, el aparato vibra, y el último de la torre de cuerpos cae al piso con un ruido apagado.  Apago la máquina, maldigo mi suerte, y alguien tose y gime adentro. El bulto se mueve, primero ligeramente; luego, convulso. Nadie me entrenó para esto. Sin medir las consecuencias, me lanzo en picada y corro la cremallera, de la que asoma la cabeza despeinada y ansiosa de una muchachita no mayor que la Yolanda, mi hija. Da grandes bocanadas agónicas como pez fuera del agua. Con mi dedo, forrado en una doble capa de látex verde, enjugo una gorda lágrima que le resbala por la mejilla.

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