Literatura

El barrio era uno de esos clásicos y antiguos de la ciudad. Alabado por mitos y reseñas constantes de los periódicos. Afuera, la calle estaba desierta. Ningún comensal parecía tener el valor para salir y buscar algo de comer.

Sigo teniendo el mismo sueño. Una y otra vez me encuentro como los mismos compadritos, agarrados a golpes, mentándose la madre y desenvainando, sin tribulaciones, cada uno a navaja. Metal con el que al final del sueño terminan asesinándose el uno al otro, mientras mi impávida mirada sigue perpleja. Único espectador y al parecer juez.

Cuando despierto, la sensación de pertenecer a algo único, me embriaga. Una excitación indómita continúa por mis venas.  Tras el subidón la respiración inicia su retroceso a la normalidad. Reconozco el cuarto en el que me había acostado, es el mismo de siempre, en el que me he despertado por más de 10 años. Sus paredes, descascaradas y sucias, me recuerdan lo cotidiano, lo simple: es la misma casa de siempre. Levanto un poco mi cuerpo, la pesadez del sueño se ha disipado, pero el cansancio de la realidad física, del cuerpo hecho materia, regresa. A mi izquierda, una mesa de noche con cuatro pocillos con sobras de café, tres libros semiabiertos, con indeterminables separadores en su interior. En el borde de la mesa, a punto de caerse, un libro abierto en la mitad; son las obras completas de Borges. La página, un número grandilocuente para cualquier libro, la 1 1 2 3, tiene señalado el titulo del cuento: Hombre de la esquina rosada. Esta debe ser la causa de mi sueño, –pienso–. Saco el brazo derecho de la cama y tomo el libro. Releo unas cuantas líneas. Me golpeó la hoja de la puerta al abrirse. De puro atolondrado me le juí encima y le encajé la zurda en la facha… No veo un carajo, resoplé. Arrojé el libro hacia la mitad de la cama y busqué las gafas, tenía un recuerdo fugaz de haberlas arrojado al suelo la noche anterior. Tengo que pararme y mirar si están en el suelo. Con los pies en tierra, alcancé las gafas y decidí pararme a la cocina. Necesitaba un vaso de agua.

Atravieso la sala, en el suelo hay sinnúmero de botellas; algunas aún tienen el liquido que originalmente poseían. Ahora de dónde coño voy a sacar más vino, –me pregunté en voz alta–. La cocina estaba impecable, hacía varios días que no la usaba para nada. Era el único lugar que respetaba. La comida se me había acabado hace cuatro días. El enclaustramiento por la cuarentena me había tomado de improvisto. No alcancé a comprar nada, ni siquiera una bolsa de arroz. Apuro un vaso de la alacena y lo lleno con agua de la canilla. Lo bebo de un sorbo y dejó el vaso donde estaba.

De nuevo en la sala me quedo viendo la ventana que da hacia la calle. Se alcanzaban a ver otros edificios. El barrio era uno de esos clásicos y antiguos de la ciudad. Alabado por mitos y reseñas constantes de los periódicos. Afuera, la calle estaba desierta. Ningún comensal parecía tener el valor para salir y buscar algo de comer. Creo mejor, que tampoco tiene la plata para hacerlo. Entre las botellas del suelo, busco alguna que tenga el suficiente veneno para un sorbo. Con una pesquisa concienzuda, talvez podría obtener por desayuno, el gélido sabor del vino barato.

Un golpe fuerte suena en la puerta, por reflejo, giro el cuerpo y me quedo mirando hacia la entrada. Cuatro golpes más le sucedieron a los anteriores. ¿Quién es? Pregunto. Nadie responde.  Debe ser la vecina de enfrente, –me digo–. La pobre señora no oye bien y siempre hay que repetirle las cosas dos o tres veces más. Abandono en la mesa del comedor una de las botellas que había alcanzado a levantar. Mis pasos retumban en el apartamento, como si del andar de un gigante se tratara. Recuerdo el canto IX de la Odisea, en la que aparece el cíclope. ¿Por qué putas estaré pensando en eso? Ya voy, digo mientras me acerco a la puerta. El eco de mis pasos es borrado por el retumbar de los nuevos golpes. Esta vez fueron ocho, seguidos, ininterrumpidos, la madera recibió la misma fuerza una y otra vez, sin la preparación del ataque gradual. Vieja hijueputa si es fastidiosa, –refunfuño entre dientes mientras tomo el pomo de la puerta–. En la entrada, en lugar de la anciana de enfrente, un hombre, con un sombrero café desteñido, sobre el pecho, un poncho viejo, deshilado, marcado por las viruelas del tiempo. En su mano derecha, un puñal, igual ancho que su mano. Lo último que alcanzo a ver son sus dientes, o la falta de ellos. El cuchillo ya había hecho lo suyo, había alcanzado el punto más profundo.


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