Reseña

El documental reconstruye la vida de la cantante antes y durante su estadía en el escenario. Narra, en su propia voz, los anhelos profundos que la motivaron a entregarle su vida entera a la música.

“Yo nací cantando” sentencia con la voz firme que la inmortalizó en la historia de la música latinoamericana María Isabel Anita Carmen de Jesús Vargas Lizano, conocida como Chavela Vargas, en los primeros minutos del documental que lleva su nombre y recorre, a lo largo de una hora y media, el tránsito de una mujer que desafió el “deber ser” con convicción y encanto.  

Su voz y sus canciones, fueron el único medio para adentrarse en la búsqueda de autonomía que la motivó a huir de casa siendo una niña. Siempre se supo distinta a las mujeres que la rodeaban, ajena a un entorno en el que era señalada y por eso, antes de saber muchas cosas de la vida, el rechazo de su familia motivó un escape definitivo. Ante la negativa de su “diferencia”, huyó a México, un lugar en donde construyó un nombre, un hogar y del que no regresó nunca. Sin saberlo, ser de otra manera se convirtió en su único camino posible y en una posibilidad para todas las que también se habían sentido extrañas, raras y exiliadas.

Chavela supo demostrarlo todo en el escenario, desde la fuerza del reclamo que habita algunas de sus canciones, hasta el silencio en las canciones que era a su parecer, “el sonido del desgarramiento”. 

Al menos tu recuerdo ponga luz sobre mi bruma,
pues desde que te fuiste no he tenido luz de luna.

El haberse convertido en su madre, su padre y su único lugar seguro, le hizo entender el amor como un mundo para compartirse y no para quedarse. Quiso tanto como pudo, pero Chavela vivió yéndose, fue siempre pasajera en el corazón de todas las mujeres que amó, como la artista Frida Kahlo o la escritora Elena Pérez Duarte, su última compañera sentimental.

Asegura Pérez Duarte que “era imposible atarle a la vida de nadie” porque cuando más cercana la sentían, Chavela estaba preparando su partida. El alcoholismo, que parecía acentuar su soledad, detonó el abandono que sintió desde niña y la apartó de los escenarios por 12 años. Su cuerpo quedó abandonado a la bebida y Chavela enterrado en el mejor de los recuerdos de todos los que, alguna vez, la escucharon cantar. El silencio, a oídos de todos los que coreaban sus canciones, la dio por muerta y sepultada en un lugar profundo y oscuro para su propia voluntad, regresó de la mano de Elena Pérez con un solo propósito: Cantar. 

Volver a los escenarios fue volver a la vida. Poco a poco, la gran Chavela  se abrió paso de nuevo en los bares de todo México y quienes a su encuentro iban, lo hacían con escepticismo, con el presentimiento de estar asistiendo a un show en homenaje, pero ahí estaba ella, “La Chamana”, la Señora de la canción mexicana. Como ella misma dijo, “Yo desde que puse los pies en el escenario los puse bien puestos, como los toreros”. 

Luego, vino el mundo entero. Su encuentro con Pedro Almodóvar fue la entrada a los grandes escenarios: París, España y de regreso, Bellas Artes. Los conciertos de Chavela se convirtieron en ceremonias, ritos, bastaba una canción para que el auditorio llorara, riera y saliera del concierto con la sensación de liviandad que produce la cura de un mal.

Chavela vivió lo suficiente para hacerse inmortal, quizás haya quien reclame que se fue demasiado pronto, pero nunca estamos preparados para asistir a la despedida de quienes con su música nos han acompañado.

Bajo la dirección de Catherine Gund y Daresha Kyi, el documental está disponible en la plataforma de Netflix y se suma al catálogo de audiovisuales dedicados a contar la vida de los artistas que hemos escuchado siempre. 

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