Literatura

Controvertido, sucio, seductor y maldito, Charles Bukowski se ha convertido en el gran referente de la literatura independiente del último siglo.

Heinrich Karl Bukowski nació el 16 de agosto de 1920 en Andernach, una pequeña localidad a orillas del Rhin que había sucumbido ante la inminente derrota del ejército alemán en la Primera Guerra Mundial, y que luego se vio gravemente afectada por la crisis económica que sobrevino sobre esa nación ya despedazada. Su padre, un estadounidense de origen polaco, y su madre, decidieron en 1923 subirse a un barco en la costa de Bremerhaven que los llevaría a Baltimore, pero en 1930 se mudaron a un suburbio de Los Angeles.

Cuando cumplió la mayoría de edad, Charles (ahora americanizado) viajó a Nueva york e hizo sus estudios en literatura y arte. Sin embargo, pese a la mala relación que sostenía con su padre, quien lo golpeaba frecuentemente, tuvo que interrumpir sus estudios para después abandonarlos definitivamente. Iniciada la Segunda Guerra Mundial y bajo la sospecha de ser un inmigrante que no presentó servicio militar, en 1944 estuvo preso 17 días en Filadelfia. Tras ser sometido a una prueba psicológica que determinó que no estaba capacitado para las filas del ejército, Bukowski se dedicó a la literatura: su absolución.

Aunque a muy corta edad intentó publicar sus primeros textos en revistas y círculos independientes que no tenían mucha difusión, se entregó a la bebida. Dejó de escribir. Durante esos años, regresó a Los Angeles y desempeñó varios oficios muy mal pagados. Trabajó como cartero hasta que una úlcera hemorrágica lo confinó durante algún tiempo en el hospital. Aunque la década de los cincuenta fue caótica para Charles, el éxito le sobrevino en la siguiente. Después de casarse y separarse, decidió empezar a publicar sus poemas. A finales de los sesenta, la editorial Black Sparrow Press se fijó en sus letras y su estilo y decidieron publicar su obra. Ese día, nació su controvertida leyenda.

En 1967 escribía para Los Angeles Open City, un diario independiente. Tenía su propia sección: “Notas de un viejo sucio”. Escribía inspiraciones de su propia vida y a la vez, toda incorrección fuera de los decálogos de la buena conducta. “Me convertí en otro borracho pensando en el suicidio, sentado en pequeñas habitaciones durante días con todas las persianas bajas, preguntándome qué había allí y qué estaba mal, sin saber si culpar a mi padre, a mí o a ellos”, era lo que publicaba en sus columnas.

En una carta a John Martin, su primer editor, escribió: “Lo que duele es la pérdida de humanidad en aquellos que pelean por mantener trabajos que no quieren, pero que temen ante una alternativa peor. La gente simplemente se vacía. Cuando era joven no creía que existieran personas que dieran su vida por esas condiciones. Ahora que soy viejo, sigo sin creerlo. ¿Por qué lo hacen? ¿Sexo? ¿La televisión? ¿Un automóvil en pagos mensuales? ¿O los hijos? Hijos que sólo harán lo mismo que ellos hacen”.

Tal vez sea «El Cartero», novela de 1971, su obra capital. Con su obra se alzó entre los pilares del realismo sucio que definía Bill Bufford, crítico literario de la revista Granta. “Escriben sobre el vientre de la vida contemporánea: un marido abandonado, una madre soltera, un ladrón de coches, un drogadicto, y lo hacen con un distanciamiento inquietante, a veces rayando en la comedia. Comprensivas, irónicas, a veces salvajes, pero compasivas, estas historias constituyen una nueva voz en la ficción”, señalaba Bufford.

Su estilo narrativo, corto de frases y adjetivos pero a la vez, minimalista y descriptivo, se introduce en un inframundo concebido solo en las mentes de los escritores que como Bukoswki, sabían qué era aplacar la tristeza en un bar de mala muerte. El nihilismo de su estilo se ve marcado en un absoluto desinterés en el progreso para convertirse en un reflejo preciso sobre la decadencia de una sociedad fragmentada y confundida. En su poesía se ve con mucha más claridad. “No es mi muerte lo que / me preocupa, es mi esposa / sola con esta / pila de nada. / Quiero que sepa / que todas las noches / durmiendo a su lado. / Incluso las discusiones / inútiles / fueron cosas / espléndidas”, escribe en «Confesión».

Charles Bukowski, en el programa ’Apostrophes’, en 1978.

Incluso, hay algunos que se atreven a denominarlo un “escritor maldito”, un autor que como otros tantos, pese a su genio, es rechazado. Quizás lo llaman así por el exceso marginal de sus personajes (casi autobiográficos), con los que rompió todos los cánones literarios y cualquier protocolo de conducta. Seres para los cuales el único placer real es el sexo, el alcohol, y la suciedad misma en que se narra lo cotidiano. En sus letras, se escriben como seres que desprecian la vida con rabia.

En algunos de sus escritos como «La máquina de follar», «Factótum», «Erecciones, exhibiciones e historias generales de locura ordinaria» o «El amor es un perro del infierno», la caricaturización narrativa a la que somete sus textos solo pueden concebirlo como un verdadero autor disruptivo. “La mayoría de la gente va del paritorio a la tumba sin que apenas les roce el horror de la vida”, decía. Tras su repentina muerte en 1994 víctima de leucemia, alcanzó un reconocimiento mundial, traduciéndose sus obras a varios idiomas y convirtiéndose en un ícono que transgredió la literatura del siglo XX y en el precursor de una prosa escueta, contundente y precisa, dura y descarnada. “No seas como tantos escritores, / no seas como tantos miles de / personas que se llaman a sí mismos escritores, / no seas soso y aburrido y pretencioso, / no te consumas en tu amor propio”, escribía.


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