Amado Nervo: el nacimiento y la muerte de una época

Por: Jaime García Saucedo   
@HJCKradio Foto: Archivo

Literatura

Un breve recorrido por la obra del poeta mexicano hoy en el centenario de su muerte.

Sin duda, Amado Nervo marcó época y con su muerte también sepultó una época. No podemos, no debemos consentir que el signo de la muerte sea el que consagre y descubra a los grandes hombres como suele suceder muy a menudo.

No he conocido a otro lírida como Amado Nervo para hablar del dolor del llanto derramado en París en aquel año aciago de 1912 cuando fallece su Anita, la bella chica francesa que conoció en sus tiempos de diplomático en la ciudad luz, de ahí surge La amada inmóvil, desgarrador testimonio lírico que ha inmortalizado a aquella criatura cuyo nombre, Ana Cecilia Dailliez, aún reserva para la eternidad. Desde la primera hasta la última etapa de su poesía, Nervo supo mantenerse fiel al sentimiento místico y a lo sensible.

Mis periplos por la ciudad de México estuvieron empeñados en buscar algo de las huellas del poeta. La hemeroteca de la universidad donde hacía estudio de Magíster en Literatura me desplego un valioso arsenal del poeta que ya conocía cuando inicié la carrera de profesor de español en Panamá.

Descubrí que su prosa periodística gozó de un vibrante deseo por desenredar todo lo que acontecía en la metrópolis. Supe que fue novelista de obras breves y que su admiración por el místico Kemfis al cual le dedicó un poema.

El día que me quieras es una canción que inmortalizo el argentino Carlos Gardel, pero es también un poema de Amado Nervo. Se ha dicho que la canción surge de la inspiración del poeta mejicano. En mis pesquisas, el universo de Nervo me desveló su otro amor por la argentina que conoció cuando el ejercicio diplomático lo condujo a Sudamérica. Me refiero a Carmen de la Serna quien lo acompañó hasta su deceso en Buenos Aires en 1919.

Sumergido en la búsqueda de Amado Nervo, me entero que su encuentro en París con otro inmortal, Rubén Darío, dio paso a una entrañable amistad. Fue, precisamente, Amado Nervo quien enseño a leer y escribir a una joven española llamada Francisca Sánchez por petición de Darío. Aquella jardinera fue el gran amor del poeta nicaragüense quien la llamaba su princesa Paca.

Las fotografías que nos muestran los periódicos publicados en 1919 sobre el traslado del féretro del poeta a México poseen un raro y singular halo de nostalgia.

Los contemporáneos de Amado Nervo jamás imaginaron que en este 2019 su figura continuaría viva, aún a riesgo de que sólo sea recuperada como un apéndice del establecimiento académico.

 

 

 


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